La batalla del cabo Machichaco (5 de marzo de 1937)

George L. Steer: Racista, hispanófobo y falsario. Disponible en Amazon 

La llamada “batalla del cabo Machichaco” fue la acción bélica más importante en aguas de Vizcaya durante la Guerra Civil. Pese a su fama, lo cierto es que fue un enfrentamiento menor. José Manuel Romaña Arteaga, en el estudio más exhaustivo de la batalla, llegó a titular uno de sus capítulos, “Lo de Machichaco no fue un «combate»” (Historia de la guerra naval en Euskadi, Bilbao, 1984, IV, cap. 46). En defensa, de esa interpretación reprodujo el testimonio de uno los protagonistas del combate, Javier Olaveaga Echave, el segundo oficial del Bizkaya:

“El combate del Machichaco no puede llamarse «combate» porque para que exista tiene que haber posibilidades de hacerse daño mutuamente, pero aquí no existía eso, el Canarias poseía tres veces más velocidad que los bous [bacaladeros artillados únicamente dos cañones y dos ametralladoras, que alcanzaban con dificultad una velocidad de 11 nudos, frente a los 33 o 34 del Canarias]; segundo, los cañones del Canarias, los antiaéreos de 120 mm, tenían 12.000 metros de alcance, y no hablemos de las torres de 203 mm que hundieron al destructor Almirante Ferrándiz a 21.000 metros de distancia –la primera salva, la de intimidación, fue a 23.000 metros [a lo que hay que sumar 12 lanzatorpedos, dos cañones de 57 mm y cuatro de 46 mm]. Así el Canarias podía situarse y disparar a la distancia que le convenía, sin exponerse lo más mínimo. Los [dos únicos] cañones de los bous eran de 101.6 mm y viejos, que no alcanzaban los 8.000 metros –6.500 metros reales de alcance medio para sus granadas de cuatro pulgadas–. Es más, en caso de descuidarse o de cometer un error por parte del Canarias, los proyectiles de los bous no le hubieran hecho mella en ninguna parte vital del barco. El peligro para el Canarias era la batería de costa –se refiere a las dos piezas de seis pulgadas de Punta Galea– pero estaba muy lejos de ella” (op. cit., pp. 897-898).

José Javier Olabeaga Echave
(1913-1990), segundo oficial del Nabarra

Que fuera un enfrentamiento desigual y modesto no puede negar que fuese un combate, tampoco que fuera una batalla, dados los significados de esa palabra que recoge el Diccionario de la Real Academia Española, que incluye entre sus sinónimos “escaramuza”. Que se haya negado la categoría de combate al enfrentamiento del cabo Machichaco sólo es una hipérbole con la que se ha pretendido enfatizar la escasa importancia de una batalla que no tuvo ninguna consecuencia en el desarrollo de la Guerra Civil.

El carisma de José Antonio Aguirre y Lecube (1904-1960) está muy acreditado. Prueba de ello es Steer, que quedó completamente abducido por el presidente vasco, quien le dispensó muchas atenciones (le recibió a su llegada en su despacho, le concedió escolta, le permitió moverse con completa libertad y asistir a la dramática reunión de militares y políticos del 13 de junio de 1937 convocada, con el enemigo a las puertas, para discutir si se iba a defender Bilbao hasta el último hombre). Steer no sólo se creyó todo lo que contaba Aguirre, sino que también se convirtió en un nacionalista honorario. En agradecimiento, Steer escribió, en poco tiempo, El árbol de Gernika, que no es sólo un libro de propaganda de guerra, cuya primera víctima es la verdad, sino también “una emotiva defensa del nacionalismo vasco” (Paul Preston), con el objetivo de que sirviera a la causa nacionalista. Eso sí, no se enteró que el árbol de Guernica era de un roble de hoja perenne.  

Quizá sea también una reacción a las exageraciones y falsedades que han escrito los que han querido dar una importancia extraordinaria a la pequeña batalla. El primero de ellos fue el famoso periodista George Lowther Steer (1909-1944), quien, unos meses después de la batalla, escribió que es “extraño que su historia, la más intrépida de la guerra civil, no haya sido contada antes” (El árbol de Guernica, Madrid,1978, p. 154; el capítulo XI está destinado a contar el combate). Luego, un lustro después, José Antonio de Aguirre y Lecube les contaba a sus lectores que “al mismo tiempo que nuestros gudaris peleaban por tierra con indómita bravura, nuestros marinos escribían en el mar unas páginas de heroísmo difíciles de igualar. Me limitaré a relatar el combate que hizo famoso el nombre del Nabarra”(De Guernica a Nueva York Pasando por Berlín,Ekin, Buenos Aires, 1943, p. 47; no sé a qué otras páginas puede referirse).

Para poder sostener semejantes interpretaciones se ha tergiversado y falseado, cuando no mentido, lo sucedido en aquel combate. Es lo que ha ocurrido en la literatura nacionalista, que ha buscado una victoria moral. Aunque también hay una excepción que confirma la regla: “Pero hay otros [relatos] que mueven a risa, como el del profranquista Mauricio Oliveira, quien hace intervenir al [destructor republicano] «José Luis Díez» y convierte a los bous  o algunos párrafos del libro de Sarria [seudónimo de un autor nacionalista], donde se leen cosas tan peregrinas como que el «Nabarra» con uno de los disparos había logrado desmontar una de las baterías (sic) del buque enemigo” (Vicente Talón, Memoria de la guerra de Euzkadi de 1936, Plaza&Janés, Barcelona, 1988, III, pp. 808-809). En este estudio, me centraré en las falsedades propaladas por Steer y Aguirre, por ser personajes relevantes. El primero es el periodista más famoso de la Guerra Civil, cuyo libro El árbol de Gernika es una obra que se utiliza, muchas veces interesadamente, como una fuente primaria, cuando es un texto de propaganda de guerra repleto de falsedades, como he demostrado en dos artículos anteriores publicados en Academia play! [“George L. Steer, un racista hispanófobo” y “La masacre de las cárceles de Bilbao del 4 de enero de 1937 según el relato falaz del periodista Georges L. Steer”]. Pues bien, como ha señalado J.M. Romaña y podremos comprobar, su relato de la batalla del cabo Machichaco “está plagado de errores y exageraciones, hasta el límite de relatar situaciones que sólo han existido en este periodista de «The Times»”, hasta el punto de que “es lo más lamentable de toda la obra”. “su relato de la batalla de Machichaco es lo más lamentable de toda la obra”. Y “lo más lamentable es que muchos autores se han fiado de ese periodista para narrar diversos «detalles» de lo acaecido en el mar el 5 de marzo de 1937” (op. cit., pp. 895, 1083 y 1086).

El árbol de Gernika comienza con una declaración que debería hacer que se sospechara de todo lo que cuenta: “Los vascos, cuyo exterminio es el tema de este libro”. Y es que da cuenta de las entendederas de Steer que no supiera que se encontraba en una guerra civil, también entre vascos, como sucedió en las guerras carlistas. Es más: para Steer, las guerras civiles eran imposibles entre vascos puesto que “llegamos a compromisos y terminamos por bajar el tono de la voz” (p. 367), porque se lo había dicho Leizaola (eran propias de los españoles, unos cainitas). Para entender semejante disparate, hay que tener en cuenta que en el idiolecto de Steer “vasco” significaba “nacionalista”.

Como tantos combates, el del cabo Machichaco fue un enfrentamiento fortuito. Por una parte, el Canarias acababa de entrar por primera vez durante la Guerra Civil en las aguas de Vizcaya, pues no estaba destinado a participar en el bloqueo del Cantábrico, como tantas veces se ha dicho; incluso, Steer, en uno de sus innumerables errores, señala que el crucero estaba destinado al bloqueo (op. cit., p. 148) yque “del 23 al 25 [de agosto], el crucero «Canarias» bombardeó San Sebastián” [op. cit., p. 30]. Por otra parte, los barcos vascos con los que se enfrentó el Canarias el 5 de marzo de 1937 tenían prevista su llegada a Bilbao a las doce del mediodía; el mal estado de la mar, que fue decisivo en el combate, impidió que lo hicieran y provocó que se encontraran con el Canarias, que venía del oeste.  

El 3 de marzo, dos días antes del combate, el Canarias, que se dirigía hacía el Mediterráneo, donde actuaba, se encontraba a la altura de la frontera portuguesa cuando recibió la orden de que regresara a El Ferrol, donde desde el 27 de febrero le habían hecho unas reparaciones. El motivo es que se había tenido noticia de la partida de Veracruz el 19 de febrero del Mar Cantábrico con un importante cargamento de armas (con ocho aviones, incluso) dirigido a puertos del cantábrico, cuya llegada estaba prevista para el 6 de marzo (apenas salido del puerto, el mercante se convirtió en el Adda, un barco matriculado en Newcastle, cuya ruta habitual pasaba por el Cantábrico). Las precauciones no sirvieron de nada porque Indalecio Prieto, ministro de Marina y Aire, envió dos mensajes a Aguirre el 21 de febrero, uno con las instrucciones que llevaba el capitán, enlaces de interés, indicativos de llamada, onda, datos de claves a utilizar, y otro comunicando el embarque. Antes el embajador en Méjico había informado de  salida del barco, con el que comunicó por radio los días 22, 23 y 25. Así, el Canarias partió el 4 de marzo para colaborar con los demás barcos que tenían los rebeldes en la captura del mercante con armas. Concretamente, tenía que situarse a la altura de Bilbao fuera de la vista de la costa (y acercarse únicamente por la noche). Pasadas las diez de la mañana del 5 de marzo, más allá de Santander, el Canarias atrapó a un barco británico con bandera estoniana, el Yorkbrook,  que llevaba armas  y le obligó a seguirle (la idea era entregarlo otro buque de guerra para que lo llevara a Pasajes). Steer, para alargar la duración de la batalla y hacerla más heroica, cuenta que el Canarias fue descubierto en El Abra, la entrada del puerto de Bilbao, a las 11 y que se produjo un intercambio de cañonazos, que no consta en ninguna parte.

El 3 de marzo, Aguirre había dado órdenes para que se formara un convoy que fuera hasta Bayona para proteger la travesía del Galdames, un barco incautado por el gobierno vasco para utilizarlo como correo, que llevaba semanas en el puerto francés. Además, de correspondencia, que incluía mensajes cifrados, el barco transportaba cinco toneladas de moneda fraccionaria de las pesetas de Euzkadi, acuñadas en una ceca de Bruselas. También alojaba a 173 pasajeros, que Steer convirtió en doscientos (op. cit., p. 148) y Aguirre en centenares (op. cit., p. 49).

La misión fue confiada a cuatro pesqueros artillados de la Marina de Guerra Auxiliar de Euskadi, creada, en una de sus muchas usurpaciones, por Aguirre –“superaciones” las llamaba él–, en este caso completamente justificada, dadas las deficiencias de todo tipo de marina republicana en Vizcaya. Eran tres bacaladeros (bous): Gipuzkoa, Nabarra y Bizkaya (antes de la incautación por parte del gobierno vasco se llamaban Mistral, Vendaval y Euzkal Herria). Carecían de blindaje y habían sido equipados con dos cañones, procedentes en su mayoría del acorazado Jaime I (y dos ametralladoras). Había un cuarto barco de características similares, el Araba (antes Hispania), pero no estaba en condiciones de navegar. Por eso fue sustituido por el Donostia, un pesquero, que era más pequeño y estaba peor armado (un cañón de 76 mm y otro de 47 mm). El recurso de armar pesqueros y barcos civiles también fue utilizado por los rebeldes, que tenían menos buques de guerra (aunque no en el Cantábrico). De hecho, el Donostia era el antiguo Virgen del Carmen, cuya tripulación había llevado el barco a Bilbao, tras rebelarse contra sus mandos a principios de diciembre.

El José Luis Díez no pasaba desapercibido en sus largas estancias en el puerto de Bilbao: “Si interiormente, tanto en el aspecto de disciplina como en el de moral y aun aseo de la dotación del Díez, era desastrosa la falta de limpieza y conservación de dicho buque; pues mostraba al exterior un aspecto harto lamentable; era corriente ver en pleno día pendiendo de sus cañones ropa tanto interior como exterior puesta a secar” (Joaquín de Eguía y Unzueta, jefe de la Marina de Guerra Auxiliar de Euskadi, “Informe sobre la Armada Auxiliar de Euzkadi en su constitución, personal etc., y Armada oficial», Bayona, 4 abril 1938).

A estos barcos se debía unir el destructor José Luis Díez, el barco más poderoso de la flota republicana en el Cantábrico. Pero este buque podría tener un capítulo en la historia universal de la cobardía. Dado que apenas salía a la mar, pronto fue conocido por la población como Pepe el del Puerto. Y es que la tripulación provocaba averías en el barco para no navegar. Incluso en una ocasión, aprovechando que se producía un bombardeo en la ría, dispararon contra la chimenea del barco, produciendo daños considerables. Ciertamente, esa acción pudo ser consecuencia de la incompetencia de una tripulación indisciplinada, pues consta que durante otro bombardeo se introdujo un proyectil en un cañón que ya estaba cargado lo que provocó una explosión que mató a un artillero y arrancó el brazo de un cabo. El 4 de marzo, el José Luis Díez no tenía excusa para no partir en busca del Galdames. Pero salió con el objetivo de no correr ningún riesgo. Por ello, partió antes que los demás barcos y pronto los perdió de vista. Luego, navegó muy al norte, lo que disminuía extraordinariamente las posibilidades de encontrarse con un buque enemigo; y con más motivación cuando fue informado por radio de la presencia del Canarias. Al día siguiente, cuando tuvo noticias del enfrentamiento de sus compañeros con el Canarias, el comandante del José Luis Díez alegó el mal estado de la mar, lo que era cierto, y una avería en el ventilador de las máquinas, provocada, para no dirigirse al lugar de la batalla. Y, en dirección contraria, condujo el destructor a Burdeos, con la excusa de hacer unas reparaciones necesarias. Al acceder el puerto francés se encontró con el Aloña Mendi y el Briquetas de Zorroza que salían a la mar, y a los que se le había ordenado escoltar; no sólo no lo hizo, sino que ni siquiera les advirtió de la presencia del Canarias. En Burdeos, el comandante, Carlos Moyá Blanco, alférez de navío (cargo que equivale al de teniente en el ejército de tierra),  aprovechó la ocasión que tanto había buscado para desertar (se había salvado milagrosamente en dos ocasiones de las masacres de la cárcel de Mahón del 2 y 3 de agosto de 1936). Le acompañaron en la fuga otros cinco miembros de la tripulación: un capitán de la marina mercante enrolado forzosamente (un monárquico que se había afiliado a la CNT para no despertar sospechas), el comandante médico, el jefe de máquinas y dos maquinistas (uno de ellos también afiliado a la CNT). Antes de abandonar el barco colocaron limas y varillas de hierro en los engranajes ocultos de las turbinas de propulsión, lo que produjo grandes daños cuando se pusieron en movimiento. Eso obligó al barco a permanecer tres semanas en Burdeos para hacer una primera reparación y luego otros dos meses atracado en la ría de Bilbao mientras se sustituían las piezas dañadas. Volvió al servicio activo el 9 de junio, seis días antes de que abandonara definitivamente Vizcaya, cuando Bilbao estaba a punto de ser conquistado. Otra vez, se dirigió a Burdeos, donde el nuevo comandante del barco, Evaristo López, también desertó, esta vez, acompañado sólo de tres oficiales. No sería la última vez que se producía la deserción de su comandante. En septiembre de 1937, el José Luis Díez huyó el 29 de agosto de Gijón, en cuyo puerto no se sentía lo suficientemente protegido contra los bombardeos, y se dirigió al puerto inglés de Falmouth, donde atracó el día 31. En esta ocasión, la deserción fue masiva, pues se temió que las autoridades republicanas abrieran un juicio si regresaban. En total, fueron 68 los desertores, encabezados por el nuevo comandante, José María García-Presno, el comisario político, Manuel Galdós, y la mayoría de los oficiales.  

Manuel Galdós Uzcanga, comandante del Gipuzkoa, y Alejo Bilbao Beltrán de Guevara, comandante del Bizkaya.

A las nueve de la mañana del 4 de marzo, los cuatro pesqueros artillados partieron del puerto de Bilbao. Avanzaron juntos y sin problemas hasta llegar cerca de Bayona. Fue el Bizkaia el que, hacia las nueve y media de la noche, tomó contacto con el Galdames, que se encontraba esperando a tres millas al noroeste de Bayona, de donde había salido hora y media antes (no se entiende cómo Aguirre op. cit., pp. 48 y 49, pudo afirmar que los barcos salieron de Vizcaya “por la noche” y que el encuentro con el Galdames se produjo “a las ocho y media de la mañana”). Además, le dio instrucciones para hacer el viaje a Bilbao, que, para evitar ser descubiertos, no podía ser en línea recta (70 millas a la capital vizcaína; 120, según Aguirre, quien comete muchos errores de ese género), sino a través de una ruta alejada de la costa, que aumentaba en 20 millas las distancia. El plan era formar un cuadrado con el Galdames en el centro, el Nabarra y el Donostia a su estribor, al norte, y el Gipuzkoa y el Bizkaia a su babor. Se pensaba que así podría llegarse a Bilbao a las ocho de la mañana. Steer, por su parte, cometió el sinsentido de situar la partida del puerto de Bayona en la tarde y de calcular la duración del trayecto en nueve horas (op. cit., p. 148), lo que hubiera supuesto que el convoy habría llegado a Bilbao mucho antes del amanecer y, por tanto, que no hubiera habido combate (otra contradicción en la que no reparó).

Pero la formación se descompuso pronto. A tan sólo ocho millas de Bayona, los barcos se encontraron con una marejada que les obligó a disminuir la velocidad. Y lo peor  es que el Galdames comenzó una deriva hacia el norte que arrastró a los buques que navegaban a su derecha (Aguirre contó que ese barco tenía “una avería en el timón”), a los que también retrasó porque redujo su velocidad a cinco nudos. Además, la noche, con niebla, lluvia y granizo, y el navegar sin luces y con la radio en silencio, para evitar ser descubiertos, propició que los barcos perdieran el contacto.

Así, al amanecer, el Gipuzkoa y el Bizkaia, que habían mantenido el rumbo previsto,comprobaron que no había rastro del resto del convoy. Ambos barcos trataron de localizar a sus compañeros. El Gipuzkoa avanzando hacia el oeste, hasta Santoña, y el Bizkaia retrocediendo en dirección contraria. La búsqueda no tuvo resultado. Y cuando ambos barcos se dirigían a Bilbao por separado apareció el Canarias.

Cinco minutos antes de la una, el crucero avistó a diez millas de distancia al Gipuzkoa, que estaba a la altura de Castro Urdiales. Tanto Steer como Aguirre aseguran que fueron los barcos vascos, que, según ellos, estaban juntos, los que abrieron fuego: “No vacilaron en abrir fuego contra el «Canarias», que replicó con sus cañones de ocho pulgadas” (Steer, op. cit., p. 149); “por entre la densa bruma que cubría el mar aparecieron los diminutos Gipuzkoa y Bizkaya, que con arrojo sin igual abrieron fuego contra el Canarias con sus cañones del 101. Los de ocho pulgadas del Canarias replicaron inmediatamente con todo su poderío” (Aguirre, op. cit., p. 49). Es completamente falso (ni siquiera es cierto que el Canarias comenzara a abrir fuego con sus cañones más potentes, ni que el Bizkaya disparara al crucero en ningún momento del día). Y es una falsedad fundacional, pues permite convertir al combate en una batalla querida por los barcos vascos. Plantear una batalla tan desigual, habría sido un suicidio. Ni siquiera tenían que proteger al Galdames, que no había aparecido todavía. Lo que pretendieron es ponerse a salvo en el puerto más cercano, que no era el mismo, dada la distancia que había entre ellos. El Gipuzkoa, en la ría de Bilbao, beneficiándose de la protección de las baterías de Punta Galea y Punta Lucero. Y el Bizkaya, en Bermeo, al este del cabo Machichaco, que entonces no tenía la batería que escribió Steer que había (op. cit., p. 149).

Cuando el Canarias avistó al Gipuzkoa avanzó a toda máquina contra él (33 nudos), mientras el bou hacía lo mismo en dirección de Bilbao. Cuarenta minutos después, a las 13,35, cuando el Canarias estaba a 6 km del Gipuzkoa, abrió fuego con sus piezas de 120 mm. Fueron los primeros disparos de la batalla, que fueron respondidos por el cañón de popa del Gipuzkoa. Diez minutos después, un disparo impactó en el cañón de popa del bacaladero, matando a dos artilleros, hiriendo a otros y provocando un incendio. El Gipuzkoa siguió disparando con el cañón de proa, alcanzando al Canarias, provocándole un muerto, el único que tuvo durante toda la Guerra Civil; Steer les contó a sus lectores que Canarias perdió “ocho o nueve hombres” (op. cit.,p. 153). Fue un caso de mala suerte, tal como contó el comandante del Canarias en el parte de campaña: “Alcanzado por un proyectil que después de perforar  la caseta situada bajo el puesto «B» salió de ella atravesando su puerta estanca y fue a romperse sin explosión en la superestructura de popa más próxima, resultó con una pierna mutilada y la otra gravemente herida, falleciendo [el guardiamarina] en la enfermería dos horas más tarde con ejemplar resignación y entereza” (cit. por V. Talón, Memoria…, III, p. 809).

El Canarias empleó entonces sus cañones de gran calibre. Uno de sus disparos impactó en el puente del Gipuzkoa provocando un incendio y la muerte de tres tripulantes, uno de los cuales era el timonel. Hubo entonces un momento de gran zozobra, que fue superado por el capitán del barco que, con heridas leves, se hizo con el timón y calmó a la tripulación. Además, a las dos, el barco se había acercado tanto al puerto de Bilbao, que el Canarias que le perseguía entró dentro del alcance de la batería de Punta Galea, que comenzó a disparar, como también lo hizo la de Punta Lucero. En esas circunstancias el Canarias retrocedió y el Gipuzkoa, averiado e incendiado, pudo entrar en la ría, ayudado por un remolcador. Steer, que, como Aguirre, cuenta que el Gipuzkoa y el Nabarra combatieron juntos contra el Canarias a la altura del cabo Machichaco, narró así el final:

“Entre las tres y las cuatro, las llamas del «Gipuzkoa» amenazaron su depósito de municiones y tuvo que volver hacia el Nervión convertido en una banda de humo. Sus máquinas también estaban averiadas y a duras penas pudo pasar el rompeolas de Las Arenas. La cuarta parte de su tripulación había sucumbido y los cuerpos yacían alineados sobre la ennegrecida cubierta. Al entrar al puerto parecía una bola de fuego” (op. cit., p. 151).

El relato no sólo es completamente falso, sino inverosímil: un barco en esas condiciones no podría haber realizado un trayecto de más de dos horas, como hay que suponer que habría sido si el Gipuzkoa hubiera estado donde Steer dijo que estaba (por no hablar de que el relato implica que el barco vasco pudo retirarse del combate cuando quiso, lo que también se deduce de la narración de Aguirre).

A Aguirre no le pareció suficiente que Steer redujera los muertos a sólo una cuarta parte de la tripulación y escribió que el “Gipuzkoa lleva[ba] a bordo un tercio de la tripulación muerta” (op. cit., p. 50). Los cinco muertos habidos en el combate, con nombres y apellidos, suponían el 10% de la tripulación.

Eso sí, los daños del barco fueron enormes. Se tardó dos meses en repararlos.

Mientras el Canarias combatía con el Gipuzkoa, el Bizkayaaprovechó la ocasión para apoderarse del barco estoniano, que el crucero había abandonado. El Bizkaya se encontró con el Yorkbrook a doce millas del cabo Machichaco a las 13,10 horas, y poco después avistó en la lejanía al Canarias, que se alejaba a gran velocidad en persecución del Gipuzkoa. Entonces el bacaladero se acercó al Yorkbrook y, sin saber que contenía armamento, le ordenó que le siguieraa Bermeo, que era el puerto más cercano. Hacia las tres entraron en el citado puerto y poco después se descubrió que el cargamento era de armas. Por consiguiente, el Bizkaia no se enfrentó al Canarias. Mucho menos inició el fuego como afirmaron Steer y Aguirre. Con mucha imaginación, el periodista convirtió  el sucedido en una gesta sin precedentes:

“Fue la terca insolencia de estos dos bacaladeros de Terranova [el Gipuzkoa y el Nabarra] la que permitió al Bizkaia realizar una maniobra sin precedentes en la guerra naval.

Avanzó a toda máquina, con sus banderas de señales listas, en dirección al barco, con sus banderas de señales listas, en dirección del barco estoniano, que permanecía inmóvil y como aturdido entre el «Canarias» y el cabo Matxitxako. Se colocó en la banda de sotavento del estoniano levantó las banderas y las volvió a bajar, preguntándole: «¿Quiénes son ustedes y a dónde dirigen?» El barco estoniano respondió: «Llevamos armas y se nos obliga a ir a Pasajes». Se produjo un nuevo flamear de banderas, que fueron retiradas rápidamente: «Síganos al puerto». El estoniano contestó: «Imposible: nos sentimos amenazados».

El «Bizkaia» dirigió su último mensaje conminatorio: «Den la vuelta la vuelta  inmediatamente», y los encañonó con sus dos piezas de 101 mm y sus dos ametralladoras. El estoniano no tuvo otro remedio que obedecer.

Su posición impidió al «Canarias» descifrar las banderas al otro lado del buque estoniano [!], cuyo nombre los vascos leían ahora como «J…» [sic]. El primer signo de desobediencia que captó el «Canarias» respecto a su primera presa fue cuando vio que el barco cargado de armas seguía al «Bizkaia», doblando el cabo Matxitxako en dirección a Bermeo.

El «Canarias» había entablado combate con el «Gipuzkoa» y el «Nabarra» [con el todavía no había combatido] y con su barco-presa [?] «Galdames» [contra el que no combatió]. En opinión de los vascos, el «Canarias» debió creer que Bermeo era un puerto demasiado pequeño para el «J…» [tenía sólo cien toneladas más que el Bizkaia]y que podría recapturarlo más tarde a su antojo” [op. cit., p. 150).

Luego, Steer contó una absurda historieta para mostrar el carácter práctico de los vascos. Pero lo cierto, es que el periodista no se enteró siquiera del nombre del mercante estonio. Y el botín se redujo a diez millones de cartuchos, porque el millar de subfusiles ametralladores Walter no tenían percutores y las bombas de aviación no llegaron a ser utilizadas.

Al mismo tiempo que el Canarias perseguía al Gipuzkoa y el Bizkaya capturaba al Yorkbrook, el Galdames, el Nabarra y el Donostia se dirigían hacia ellos. El convoy se había ampliado con dos pesqueros, el Pantzerka y el Joseba-Mikel, que regresaban a la costa y que sentían más seguros con esa compañía, dado que los bous rebeldes se dedicaban a capturar pesqueros. Cuando el convoy topó con el Canarias, no fue una sorpresa. El Nabarra había arriado la antena de la radio para hacer un repaso, pero cuando volvió a izarla, hacia las dos, comenzó a recibir noticias de la presencia del Canarias, lo que comunicó a los otros barcos. Además, el comandante del Nabarra ordenó variar el rumbo hacia el norte para evitar al crucero. Sin embargo, poco después avistaron al Canarias y se cambió nuevamente la dirección, poniendo la proa hacia la costa.

Tampoco para el Canarias constituyó una sorpresa el avistamiento del convoy. Antes de salir de El Ferrol se le había informado de su existencia y ordenado, como misión complementaria, interceptarlo. En un primer momento, tras el avistamiento, el comandante del Canarias pensó que se encontraba ante el José Luis Díez, una pieza muy codiciada, pues, como se ha dicho, era el barco de guerra republicano más importante que había en el Cantábrico. Y ordenó avanzar a toda máquina contra el convoy, que había emprendido la huida.

Cuando se comprobó que el destructor republicano no estaba, el Galdames, el barco más lento, se convirtió en el primer objetivo, dado que el Canarias tenía la orden de capturarlo. Importa señalar que los dos barcos que lo custodiaban habían abandonado la escolta, como se señala en el cuaderno de campaña del Canarias: “todos, abandonando su escolta, hacían ya rumbo al N. en justificada huida”. Pero según Steer, el Canarias “se dirigió a toda máquina hacia el «Galdames» del «Gipuzkoa» y del «Nabarra»; es más, del Gipuzkoa, que ya estaba atracado en Portugalete, dice que se aventuró dentro de su línea de tiro para poder alcanzar al crucero (op. cit., p. 150). Lo cierto es que el Canarias consiguió ponerse a la altura del Galdames sin ningún problema. Entonces, ordenó que parara las máquinas. Como el Galdames no lo hizo, realizó dos disparos a corta distancia con los cañones de menor calibre, según el cuaderno de campaña del Canarias, que causaron la muerte de una mujer y tres niños y varios heridos (Aguirre contó que fueron cuatro disparos, lo que se ha repetido mucho, y Steer, cinco). Entonces, el barco se detuvo: “El remedio fue eficaz; instantáneamente izó bandera blanca y paró sus máquinas que habían de permanecer inactivas hasta que horas más tarde le ordené arrumbara a Pasajes”, contó el comandante del Canarias en el parte de campaña. La historia se ha relatado de forma muy distinta. Hay testigos que afirmaron que el Canarias abrió fuego sin previo aviso. Y Steer y Aguirre contaron unas historias muy absurdas.La del periodista británico es la siguiente:

Tras los disparos “las mujeres y los niños comenzaron a gritar, corriendo por la cubierta, todavía peligrosamente resbaladiza por la humedad. Unas cuantas granadas más quedaron cortas. Rogaban al capitán que se rindiera, y el pobre hombre se encogía de hombros en la medida en se lo permitían las mujeres que ya habían invadido el puente. Cuando logró librarse de ellas izó la bandera blanca, su propia sentencia de muerte” (op. cit., p. 149).

Aguirre contó lo siguiente:

El Canarias “disparó una andanada de cuatro cañonazos contra el Galdames, en el que se produjo un horroroso pánico, especialmente entre las mujeres y niños que traía. La gente enloquecida se arrojó al agua pereciendo catorce personas. La embarcación no se hundió por verdadero milagro” (op. cit., p. 50).

Ciertamente, hay personas que pueden creer semejante historia, pero es dudoso que alguna protagonizara una historia así, un auténtico suicidio con el mar embravecido. Es verdad que finalmente hubo una persona que se arrojó al agua. Pero fue, en Pasajes, cuando el barco llegó al puerto. Fue un socialista, Francisco Antoñanzas, que pensó que tenía más posibilidades de sobrevivir de esa manera. No tuvo suerte. Murió por los disparos de la tripulación.

Lo que sigue inmediatamente en el mismo párrafo y en el siguiente es un completo despropósito:

“El Canarias consiguió apresar al Galdames entregándolo al cañonero Velasco [que no estaba ahí], que lo condujo al puerto de Pasajes ocupado por las fuerzas rebeldes. Al mismo tiempo el Gipuzkoa [que ya estaba atracado en el puerto de Bilbao] y el Nabarra atacaron al Canarias con sus menguados cañones, metiéndose bajo el fuego de las baterías enemigas que disparaban furiosamente.

Manuel Carrasco Formiguera (1890-1938) era el viajero más importante del Galdames. Profundamente católico, era dirigente de la Unió Democrática de Catalunya. Viajaba a Vizcaya para ser el representante de la Generalitat ante el gobierno vasco.
Era la forma que se había encontrado para que saliera de Cataluña, donde su vida corría grave peligro por las amenazas que había recibido de comunistas y anarquistas. Fue salir de las brasas para caer en el fuego. Encarcelado al desembarcar en Pasajes, fue condenado a muerte el 28 de agosto de 1937 por “adhesión a la rebelión”. Franco recibió muchas presiones para que conmutara la pena, especialmente por parte del Vaticano. Pero tras ocho meses de espera, que hicieron concebir muchas esperanzas, fue ejecutado en Burgos el 9 de abril de 1938, lo que alegraría a sus enemigos en Cataluña.

Llevaban más de un hora de encarnizado combate, cuando el Bizkaya, realizando una maniobra llena de habilidad, se colocó al costado del buque estoniano y, cubierto por él, le obligó a entrar en el puerto de Bermeo que estaba en nuestro poder, burlando así al potente Canarias. En vista de su fracaso, éste disparó con furia creciente contra los bous vascos. Pronto comenzó a arder el Gipuzkoa. Quedó solo el Nabarra luchando contra el Canarias” (op. cit., p. 50).

Y continúa afirmando que “poco antes había llegado yo a la batería de Punta Galea, atraído por el singular combate que se desarrollaba a diez millas nada más de la costa” (op. cit., p. 50). Pero es imposible que viera lo que cuenta porque, como ya sabemos, el Gipuzkoa, el Nabarra y el Bizkaya no combatieron juntos, ni se metieron bajo el fuego de las baterías enemigas, ni comenzaron los tiroteos. La batalla del cabo Machichaco fue una sucesión de dos combates. También Steer cometió el mismo error, pero no fue testigo del enfrentamiento, pues estaba entonces en Gran Bretaña esperando a que llegara su madre desde Sudáfrica para proceder al funeral de su esposa, fallecida el 30 de enero. En el mejor de los casos, Steer contó lo que le contaron. Pero eso apenas le excusa, porque un periodista está obligado a tener una actitud crítica ante los testimonios que recibe.

Hasta la captura del Galdames, no había sucedido nada extraordinario. Fue el combate que se entabló a continuación entre el Canarias y el Nabarra lo que ha permitido la creación de la leyenda. Pero antes de narrarlo, conviene explicar por qué el Canarias tuvo tantos problemas con unos barcos que no estaban en condiciones de hacerle frente.

Fueron dos las causas. Una, fue el gran oleaje provocada por la marejada que había comenzado la noche anterior y que empeoró durante el combate (es muy posible que sin esa marejada que retrasó y dividió al convoy no hubiera habido combate, pues los barcos vascos habrían llegado antes de la una a su destino). La otra causa es que los cañones del Canarias no estaban en las mejores condiciones. Las grandes piezas de 203 mm, que disparaban granadas de 115 kilos, estaban sin ajustar (lo que impedía que pudiera ser contrarrestado automáticamente el balanceo del buque) y tenían desgastado el rayado de las ánimas de los cañones. Y las de 120 mm, que disparaban proyectiles de 22,3 kilos, carecían de dirección de tiro. Por cierto, en el Canarias no había “artilleros alemanes” manejando los cañones de mayor calibre, como escribió Steer(op. cit. p. 152). Con esa falsedad, el periodista pretendía apuntalar uno de los argumentos del relato sectario y maniqueo que perpetró en El árbol de Guernica. Que los españoles no habían vencido a los vascos, que en el idiolecto de Steer eran dos pueblos con características opuestas, sino los italianos, a los que tenía una gran fobia, y los alemanes. Así, llegó a escribir que “la historia del Bilbao combatiente, después de la formación de su Gobierno autónomo, es un triunfo contra España y de derrota sólo a manos de Italia y Alemania” (op. cit., p. 105). Y es que la hispanofobia le impedía reconocer cualquier mérito de los españoles.

Para Paul Preston, premio Princesa de Asturias, El árbol de Gernika es “uno de los diez libros más importantes sobre la Guerra Civil española”.

Pero mucho peor era la situación del Nabarra, que tenía que disparar a ojo, dado que no tenía telémetro. Además, la tripulación apenas tenía experiencia de combate, salvo un pequeño intercambio de disparos que había tenido con el destructor Velasco. Era la primera vez que aquellos hombres, unos civiles, afrontaban un duro combate en mar abierto. Y se enfrentaban al buque de guerra más moderno que intervino en la Guerra Civil (estaba terminándose de construir en El Ferrol cuando se produjo la sublevación militar; fue botado el 12 de agosto) y que, además, “fue sin lugar a dudas el barco más efectivo de toda la Armada de Franco” (J.M. Romaña, op. cit., IV, p. 1.027) y, por ende, de toda la contienda.

Por una de esas casualidades de la historia, los dos barcos estaban mandados por dos comandantes apellidados Moreno: el Canarias por Salvador Moreno Fernández, capitán de fragata; y el Nabarra por Enrique Moreno Plaza, capitán de la marina mercante de treinta años.

Ficha del comandante del Nabarra Enrique Moreno Plaza.

Neutralizado el Galdames, el Canarias abrió fuego a las 15,07 horas contra el Donostia, que se hallaba a 10.000 metros, una distancia que impedía que el pesquero vasco respondiese con sus dos pequeños cañones. Pero no insistió más. Según el comandante del Canarias; “como no contestase a mis disparos e hiciese  en cambio sonar angustiosamente su sirena lo dejé dando vueltas atolondrado”. El Canarias se fijó entonces en el Nabarra, que se encontraba a 7.000 metros de distancia y se dirigía al sur, buscando puerto.Por consiguiente, no hubo ningún intento de rescatar el Galdames, al que se había abandonado, porque no había ninguna posibilidad de lograrlo. No es cierto que el capitán del Nabarra decidiera “sacrificar su buque y su tripulación para alejar al crucero de sus presas” (David Solar, “La batalla de los bous”, Historia16, 25, 1978, p. 118; es uno de los varios graves que el autor comete por inspirarse en El combate del cabo Matxitxako del Instituto Bidasoa), porque “tal vez pensaba que haciéndole frente con todo su poder permitiría escapar al «Galdames» (Steer, op. cit., p. 152). Con la escasa velocidad que tenía el Galdames, eso hubiera sido imposible por mucho que el Nabarra hubiera alargado el combate. El Canarias,mientras combatía con el Nabarra,no tuvo que amenazar “al «Galdames» lanzando lenguas de fuego con todo su armamento” (Steer, op. cit., p. 151); ni siquiera tuvo que lanzar una salva contra el mercante, que habría producido 9 muertos y 6 heridos, para detenerlo en su huida (D. Solar, op. cit., p. 119).  Repito, la batalla del cabo Machichaco fue un conjunto de combates contra barcos. que no quisieron rendirse y buscaron huir afrontando grandes peligros. Avistado el Canarias, el comandante del Nabarra les dijo a sus oficiales: “Antes hundir que entregar el barco”. Y luego a los tripulantes les recordó la obligación que tenían, que incluía “jamás entregar el barco”. Asimismo, ordenó que no se hiciera fuego hasta que lo hiciera el enemigo, lo que indica que quería evitar un combate que no se podía ganar. Si se producía, “nuestra única posibilidad era ir defendiéndonos malamente a la espera de llegar al alcance protector de las baterías costeras”, como testimonió en 1984 Javier Olaveaga, el 2º oficial del barco.

En el muy falaz libro del Instituto Bidasoa de Historia Contemporánea se le hace decir al comandante Moreno “aquí moriremos todos”, para mostrarnos un sacrificio voluntario. En la misma línea, se cuenta que “en su puesto, en la pieza de popa, disparando furiosamente Pedro de la Hoz, verdadero hombre de hierro y jefe de guerra nato anima a sus compañeros, pero sin engañarles: «¡Aúpa, muchachos, duro, de aquí al cielo»”. Pero como contó Javier Olaveaga, que ha refutado muchas patrañas, Pedro de la Hoz nunca estuvo en el cañón (su destino eran las ametralladoras, que no entraron en funcionamiento, pues el Canarias siempre estuvo a más de mil metros); y, además, llegado el momento abandonó el barco, como la inmensa mayoría de la tripulación, lo que en el citado libro se explica así: “Ambrosio de Sarasola, que se quedó en el barco, le dice a Pedro de la Hoz: «Pedro, quédate a bordo, que será mejor». Pedro responde: «No. Si me matan, por lo menos tierra darán» (a sus huesos). Sarasola le pide: «Si escapas con vida, vete un día a Lekeitio. Pregunta por mi novia, María Teresa Erkiaga. Dale un beso de mi parte, y dile que me voy por ella y por Euzkadi». Estos diálogos puntúan con su sencilla grandeza la cercanía de la muerte y el fin”. En realidad, no puntúan nada, porque, como testimonió Olaveaga, esa conversación no pudo producirse (ni la contó Pedro de la Hoz mientras estuvo preso con sus compañeros durante más de un año).

El Canarias disparó por primera vez contra el Nabarra a las 15,10 horas. El bou respondió inmediatamente y comenzó a navegar en zig-zag para poder utilizar los dos cañones, sin que uno tuviera que apuntar por encima del puente. El combate se prolongó unas dos horas.

Durante la primera parte del combate, que fue la más larga, el Canarias apenas dañó al barco enemigo, que, por la gran marejada, solía desaparecer entre las olas. El perjuicio fue la metralla que caía de las granadas que pasaban por encima del barco, por lo que el comandante ordenó que abandonara la cubierta el personal que no era necesario para el funcionamiento de los cañones, entre los que se encontraba Pedro de la Hoz. Cabe destacar que los encargados de llevar municiones y sacos de pólvora lo hicieron fumando, aunque dejaban el cigarrillo encendido a la entrada de los pañoles, como se les había ordenado.

En esta fase, el Nabarra logró un impacto en el crucero sin consecuencias. Así lo contó, el comandante del Canarias: El bou “llegó a centrar su tiro en algunos momentos pero no consiguió herirnos ni una sola vez; sólo un rebote en el costado de Br entre las cuadernas 23 y 24 causó una abolladura a la altura del pañol del contramaestre”. El impacto fue observado desde el bacaladero, lo que provocó una gran euforia. El comandante Moreno ordenó entonces al telegrafista que enviara un mensaje a Bilbao pidiendo que interviniera la aviación, añadiendo que el Canarias, que no tenía defensa antiaérea,“era nuestro”. No he visto ningún intento de explicación sobre la no intervención de la aviación, que estaba a muy pocos minutos de vuelo del escenario del combate (ayuda naval no podía haber porque el barco más poderoso que había en el puerto de Bilbao, el submarino C-2, estaba en reparaciones, una vez más).

Según Steer, el Canarias recibió “más de un impacto” y el Gipuzkoa 190 antes de que se produjera el final (op. cit., pp. 152 y 153). El periodista no se limitó a exagerar desmesuradamente (no se sabe siquiera cuantos disparos se produjeron, pero sí que con 190 impactos un barco pequeño no estaría a flote). Además, para conseguir que la historia de la batalla fuera “la más intrépida de la guerra civil” inventó unos episodios absurdos. Éste es uno de ellos:

“Hacia las cinco bajaron un bote del «Navarra» que, a remo, llegó penosamente hasta el «Donostia». Conforme se iban aproximando, los del «Donostia» vieron que todos sus tripulantes estaban heridos y los remos llenos de sangre. Se imaginaron que habían abandonado el barco al ver que las llamas se extendían más y más. Al llegar al costado, el capitán del «Donostia» les gritó: «Suban rápido a cubierta y los llevaremos a Bermeo» y les lanzó una escalera de cuerda. «No, no –respondieron aquellos hombres ensangrentados– tenemos que volver inmediatamente. Necesitamos baldes para apagar el incendio y vendas, pues se nos han terminado. Denos lo que tengan y después sigan el consejo de nuestro oficial: déjennos y póngase a salvo. Nosotros vamos a terminar este partido de pelota». El capitán del «Donostia» les rogó que subieran a bordo. Pero ellos le lanzaron maldiciones por demorarse tanto. Al fin el capitán rompió a llorar de emoción y les bajó los baldes y todo el equipo médico de que disponía. Entonces se alejaron remando y el «Donostia» viró, dirigiéndose al puerto” (p. 152).

Pero esta historia no sólo es completamente falsa, sino que es imposible que un episodio así pudiera suceder. Como señaló Olaveaga, “es imposible ir de un barco a otro con un bote cuando navegan a toda máquina y volver”. Y más teniendo el gran oleaje y la distancia que se hallaba el Donostia. Además, como aseguró el mismo testigo, el Nabarra tenía entonces el botiquín completo, que era diez veces más grande que el del Donostia (porque era un botiquín para una estancia de sesenta hombres en Terranova), porque hasta el final del combate apenas tuvo heridos (cuatro, concretamente, y dos muertos, el fogonero y el timonel), aunque ese final se produjo “alrededor de las cinco, o poco más tarde”, que es cuando Steer situó este episodio, porque para aumentar la gesta alargó el combate dos horas más, hasta las siete (Olaveaga precisa que el único oficial herido de cierta importancia fue él, “unos quince o veinte minutos antes de terminar el combate”). Finalmente, cabe añadir que el Donostia no podía acercarse a Bermeo; de hecho escapó a Francia. La historia la repitió, aunque situándola a las cuatro de la tarde, José Antonio de Aguirre, añadiendo algunas mentiras más, como la de que el Donostia “en aquel momento se aprestaba a entrar en lucha con su cañón de 75 milímetros”, lo que no fue óbice para recibir a “los tripulantes del bote […], todos cubiertos de sangre” con un “subid a bordo y alcanzaremos Bermeo”. La despedida es más larga y termina así: “El capitán del Donostia insistió,  pero los del bote le replicaron: –Vosotros a casa. Si hay que perder un barco que sea el nuestro. Retiraos inmediatamente. Nosotros defenderemos vuestra retirada. Buena suerte. El capitán del Donostia les entregó cuanto tenía, y levantando su boina con los ojos en lágrimas, gritó aquellos valientes: –Agur mutillak… Gora Euzkadi azkatuta [Adiós muchachos… Viva Euzkadi libre]. –Gora! –contestaron y se alejaron” (pp. 50-51).

El primer muerto del Nabarra fue un fogonero apodado “El Cubano”. El segundo, Joseba Aramayona, el timonel, como consecuencia de la entrada de metralla por la puerta de babor, que hirió también a Olaveaga. El barco quedó sin gobierno y comenzó a girar, pero no es cierto, como ha propalado el Instituto Bidasoa, que tuviera impactos de obuses en la cubierta, incendios, el palo mayor caído y la chimenea destrozada (ni que tres marinos intentaran abandonar el barco en un bote pequeño). Luego, hubo un impacto de un proyectil de 203 mm, en la sala de máquinas que mató a cuatro personas (los maquinistas 1º, 2º y 3º y un engrasador). Eso condenó definitivamente al barco. La mayoría de los supervivientes comenzaron a ponerse los chalecos salvavidas.

Fue el principio del fin, sobre el que los testimonios son contradictorios. Incluso el cuaderno de campaña del Canarias señala que “varios de los que se tiraron al agua fueron muertos a tiros desde su propio desde su propio barco”, lo que es completamente falso. Parece que el comandante del Nabarra ordenó abrir las compuertas de fondo el barco (aunque lo cierto es que la nave tardó mucho en hundirse). En todo caso, no se impidió a nadie abandonar el barco. El comandante Moreno decidió quedarse en el barco, pues era muy probable que acabara fusilado (de hecho, todos los supervivientes llegaron a estar condenados a muerte); eso le evitaba tener que rendirse y pasar los últimos días en cautiverio. El segundo de a bordo, el primer oficial Ambrosio Sarasola, también decidió hundirse con el barco, diciendo, según un testigo, “que  para que le maten en tierra era lo mismo morir en el barco”. Algo parecido manifestó el fogonero Juan Odriozola. Otros tres más decidieron seguir la misma suerte: Restituto Ormaechea, palero; Remigio Achirica, primer camarero, que había tenido un ataque de pánico al comienzo del combate; y el primer cocinero, Pedro Elguezabal, al que se vio muy contento, debido a la cantidad de coñac que había tomado.

Mientras el resto se preparaba para abandonar el barco. Con mucho desorden, se arriaron dos botes, momento en el que el Canarias dejó de disparar. Los tripulantes se lanzaron al agua. Veinte lograron subirse a los botes,  diez en cada uno. El resto, casi tantos como los que se salvaron, se ahogó.

Steer contó otra historia muy diferente. Después del falso episodio del bote que fue en busca de vendas, que situó a las cinco, “el «Nabarra» luchó contra el «Canarias» dos horas más” (op. cit., p. 152). “Eran las siete de la tarde cuando lanzó su último proyectil” (op. cit., p. 153). Como ya se ha dicho, el combate terminó hacia las cinco. A las siete, cuenta Olaveaga que los heridos leves ya habían sido curados y que los dos más graves estaban instalados en la enfermería del Canarias. “Los primeros incendios habían sido dominados, pero habían surgido otros. Las máquinas estaban destrozadas y el barco hacía agua. Se hundía. La cubierta era una criba llena de hierros retorcidos y mellados. La chimenea era un amasijo de chatarra” (op. cit., p. 153). Pero Olaveaga, refiriéndose una vez más a las falsedades de Steer, contó que “el barco hacía aguas porque tenía las válvulas  de fondo abiertas; la cubierta no estaba cubierta de hierros retorcidos, ni la chimenea era un amasijo de chatarra. Si tenía agujeros de metralla, pero estaba derecha”. “El capitán y todos los oficiales, excepto uno, habían muerto. Sólo quedaba un maquinista. Los primeros artilleros también habían muerto. Los catorce sobrevivientes, entre los que estaba el operador de radio y grumete, se hallaban gravemente heridos. Los cadáveres reposaban sobre cubierta y algunos ardían todavía” (op. cit., p. 153). Como sabemos, ni siquiera el capitán estaba muerto entonces, ni los oficiales. “De la tripulación de cincuenta y dos hombres, todos menos catorce habían caído” (op. cit., p. 153). La tripulación estaba compuesta ese día por cuarenta y nueve personas. Y sobrevivieron 20. Aguirre, por su parte, señala que el Gipuzkoa, el Bizkaia y el Nabarra tenían cada uno una tripulación de 52 hombres y que los muertos del último barco citado fueron 32, ya que reconoce que hubo 20 supervivientes (pp. 48 y 52). Puede que la plantilla teórica de esos barcos fuera de 52 personas, pero ese día el Nabarra sólo disponía de 49 tripulantes, porque  José Blanco, un gallego que ejercía de mozo, se encontraba de baja. En total, los muertos de la batalla fueron 35: 29 del Nabarra, 5 del Gipuzkoa y 1 del Canarias.

No contento con eso, Steer inventó una historia absurda:

“Los que observaban desde la costa, y sin duda desde el «Canarias» esperaban ver surgir una bandera a bordo del «Nabarra», pero el «Nabarra» nunca se rindió. Cuando cayó la noche, el barco comenzó a sumergirse en el océano convertido en una antorcha ardiente que sólo el agua había de apagar” (p. 153). Sin embargo, el Nabarra se hundió, a unas 25 millas al norte del cabo Machichaco,  tras una explosión que no se sabe si fue provocada, para evitar una muerte más atroz, mientras el Canarias procedía al salvamento de los supervivientes. Y extraña que un barco, que llevaba un lastre de piedras para presentar menos blanco al enemigo, tardara tanto en hundirse una vez abiertas las compuertas, y que, finalmente, se hundiera por una explosión. Está atestiguado que el comandante ordenó tres veces abrir las compuertas, arrepintiéndose las dos primeras veces. De lo que pasó después de que la tripulación abandonara el barco no puede saberse nada. Tampoco es cierto que el Canarias hundiera al Nabarra con “una andanada” final cuando se acercó al bacaladero, como señaló David Solar, quien redujo el número de supervivientes a 19 (op. cit., p. 119).  

“Con gran dificultad, los catorce bajaron una lancha medio destrozada [sic] y, por segunda vez [sic], tambaleantes, se metieron en ella, tratando de ganar la orilla a remo. El «Nabarra» se hundió por la popa en medio de llamas color rojo vivo, llevándose consigo al fondo los cuerpos de treinta y ocho bravos marinos en un funeral digno de un vikingo.

El «Canarias» lanzó una canoa de motor en persecución del bote al que pronto dio caza y se aproximó, pensando en hacer una presa fácil, pero recibió la mayor sorpresa de su vida. Al llegar a la altura del bote, los catorce heridos o los que todavía podían mover los brazos se defendieron arrojando granadas de mano. Eran las únicas armas de que disponían. Cuando habían agotado las granadas y la canoa del «Canarias» los puso fuera de combate y los condujo al crucero” (p. 153).

Este nuevo episodio del bote es tan falso como el anterior y más absurdo aún. No fue un bote, sino dos. Y no hubo un bote del Canarias, porque fue el crucero el que se acercó para rescatar a los supervivientes que no fueron catorce, sino veinte, ni estaban todos heridos (sólo dos estaban graves). Por cierto del oleaje que había da cuenta que cuando uno de los botes estaba junto al Canarias para ser izado, “el bote subía casi hasta cubierta del Canarias, bajando después hasta el bulge” (estructura externa adosada a la obra viva del casco de un buque ante el peligro de un ataque con torpedos para mitigar bastante su efecto), según contó Basarte, tercer oficial del Nabarra.  

Evidentemente, los náufragos no fueron tan previsores como para meter granadas en los botes (las que había en el barco se hundieron con él, como testimonió Olaveaga, quien consideró el relato de Steer “una burrada”). La historia es completamente absurda y únicamente sirve para evaluar el tipo de periodista que era Steer. Puede que en su cabeza pareciera que la resistencia granada en mano tuviera lógica, porque varias veces cuenta que los rebeldes fusilaban a los prisioneros; en la  p. 175, llegó a escribir que “caer prisionero en manos de Franco era sinónimo, en España, de fusilamiento”. Pero lo que resulta incomprensible en la lógica de este sectario es que los marineros del Canarias esperaran con la paciencia del santo Job a que se acabaran las granadas de los 14 malheridos para poder salvarlos.

La historia de los botes fue más prosaica, como suele suceder en la realidad. Según Olaveaga, en el bote que estaba, que era el de estribor, “uno tuvo la idea de declararnos marineros simples sin ninguna graduación. Esto lo aprobaron dos más. La «culpa» había que echarla a los muertos. Esto sucedió antes de cogernos los del Canarias. Todos debíamos ser marineros llamados por quintas”. Uno de los que aprobaron la medida fue Pedro de la Hoz. Evidentemente el enemigo sabía que todos los miembros de los pesqueros artillados por el gobierno vasco eran voluntarios.

Por su parte, el Donostia aprovechó que el Canarias se dirigía hacia los botes del Nabarra para escapar. El cuaderno de campaña del Canarias lo contó de una manera inexacta: “El patrullero maltrecho y ardiendo aprovechó la ocasión para escapar con proa a Bilbao; ignoro si llegó o no; no lo perseguí porque no lo merecía y me interesaba más volver  sobre el «Galdames» antes de que cerrase la noche”. Ni el Donostia estaba ardiendo, ni huyó hacia Bilbao, sino en dirección contraria, a Francia. El barco entró en Arcachón en la madrugada del día siguiente. No regresaría a España hasta después del final de la Guerra Civil (y con la bandera rojigualda).

Rescatados los náufragos, el Canarias se acercó al Galdames, y,  a las 18,10, su comandante le dio la orden de que emprendiera la marcha hacia Pasajes. Le contestaron que había una avería en las calderas. Entonces el comandante del crucero le dio un plazo de cinco minutos para que se pusiera en marcha, que no fue necesario que se completara. En la ruta hacia Pasajes el Canarias acompañó al Galdames durante una hora. Luego, el destructor Velasco se hizo cargo de la custodia.

Luego, el Canarias regresó al oeste en búsqueda del Mar Cantábrico. Lo encontró y capturó a la altura de Santander el día 8 de marzo. Ese mismo día, el bou Alcázar de Toledo capturó al Olev, de bandera estoniana, y el acorazado España al Achuri, ambos en ruta de Cardiff a Bilbao. El día anterior el Canarias había capturado al Zerupe y al Itxas Gain. Fueron cuatro días terribles para el bando republicano. La población tuvo la sensación de que había quedado aislada.

Para el gobierno provisional del País Vasco, la batalla del cabo Machichaco fue un desastre. La armada republicana quedó reducida a poco más que el Bizkaya. Dos meses tardó en reincorporarse al servicio activo el Gipuzkoa, Y otro mes más, el José Luis Díez, diez días antes de que cayera Bilbao. Afortunadamente para la población vizcaina, el 31 de marzo la Royal Navy empezó a proteger a los mercantes para romper el bloqueo (medida a la que contribuyó Steer, como él mismo contó). Pero ese mismo día empezó la ofensiva rebelde que terminó con la conquista de Vizcaya.

Los supervivientes del Nabarra protagonizaron una historia singular. Encerrados en prisión, fueron juzgados y condenados a muerte. Pero ninguno fue ejecutado, el comandante del Canarias Salvador Moreno Fernández, que llegaría a ser ministro de marina dos veces (la primera en 1939), y el comandante de tiro Manuel Calderón y López-Bago, intercedieron en su favor hasta conseguir que fueran indultados. Especialmente importante fue este último, un monárquico guipuzcoano nacido en Deva. Y es que poco después del combate de Machichaco se convirtió en asistente de Franco como edecán naval del Estado Mayor. También trabó amistad con Carmen Polo de Franco. E insistió tanto en favor de los condenados del Nabarra, alegando su heroísmo, que no sólo consiguió que les fuera perdonada la vida, sino también que fueran puestos en libertad el 30 de noviembre de 1938. Luego se convirtió en su protector, evitando que fueran molestados durante la posguerra, ayudando para que consiguieran trabajos (incluso presentándose vestido de uniforme) o préstamos (incluso avalando). Por ejemplo: a Javier Olaveaga, tantas veces citado como testigo, lo ayudó para que consiguiera el título de capitán de la marina mercante. Mantuvo con todos relaciones hasta su muerte en 1979. Prueba de ello es que se cuenta que, siendo soltero, los supervivientes del Nabarra lo hicieron padrino de treinta y dos hijos y nietos. El último de esos supervivientes, Juan de Dios Tellechea Abadía, murió 19 diciembre de 2011 en Avilés a los 94 años de edad. 

Manuel Calderón, a la izquierda, en 1975 junto a Pedro de la Hoz, uno de los supervivientes del Nabarra.

Dada la propaganda que se ha hecho de la batalla del cabo Machichaco, conviene terminar con algunas consideraciones finales.

            El heroísmo de los que afrontaron un combate tan desigual fue reconocido por el enemigo. Ahora bien, no se trató de un sacrificio para salvar al Galdames, cuya custodia se les había confiado, como se cuenta, por poner un ejemplo relevante, en el poema The Nabarre, que alcanzó cierta celebridad, compuesto por Cecil Day-Lewis (1904-1972), padre del actor Daniel Day-Lewis, completamente inspirado en el relato de Steer:

“No podían huir los bous de aquel encuentro
ni deseaban hacerlo: la libertad en ellos
era un instinto como la sangre, el clima o la herencia,
más suyo que sus hijos. El Bizkaia y el Gipuzkoa,
sabiéndose inferiores, acercaron sus ínfimos cañones.
A bordo del Canarias, artilleros teutonesraudos a  sus baterías”

(v. Gabriel Insausti, “Tambores lejanos: Cecil Day Lewis y la Guerra de España”, La trinchera nostálgica: Escritores británicos en la Guerra Civil española, Espuela de Plata, Sevilla, 2010, pp. 89-160; el autor por cierto se cree la versión de Steer).

No fue un sacrificio porque eso había obligado a derrotar al Canarias, una empresa que estaba fuera de sus posibilidades, y más cuando los cuatro pesqueros no combatieron juntos, pues como se ha dicho la batalla del cabo Machichaco fue una sucesión de dos combates, uno de los cuales, el primero, se produjo frente al puerto de Bilbao. Lucharon pro domo sua, para salvarse y evitar la rendición, que el cuaderno de campaña del Canarias muestra que es lo que esperó el comandante del crucero. Por otra parte, hay que precisar que, como es normal, no todos se comportaron igual. El Bizkaya no tuvo que combatir y el Donostia sólo estuvo en peligro un par de minutos. En el Nabarra, como señaló Olaveaga, “más de la mitad de los tripulantesestaban de espectadores”; cabe suponer que algo parecido sucedió en el Gipuzkoa. Y, sobre todo, como también testimonió Olaveaga, “hay personas que como no hicieron casi nada, han querido apoderarse de lo realizado por los fallecidos para aparecer en los libros como auténticos protagonistas”, lo que explica parte de la confusión que sigue habiendo sobre lo que sucedió.

Steer terminó su falaz relato de la batalla con dos falsedades más:

“Sus cuerpos descansan fuera de Bermeo, la antigua villa pequeña pesquera que en 1351 firmó un tratado con Eduardo III de Inglaterra, estableciendo el principio de la libertad de los mares [ya en la p. 9, en el primer párrafo del libro, ha contado que los vascos fueron los que “establecieron el principio de libertad de los mares”]. […]. Sucumbieron según la gran tradición: el riesgo y la libertad de los mares. En el mundo moderno los marinos vascos vuelven a conformar las palabras del historiador Walsingham, quien escribió lo siguiente después de un combate naval entre ingleses y vascos en 1350: «A causa de la rudeza de su corazón, prefirieron morir antes que rendirse» (op. cit., p. 154).

Aguirre, en cambio, prefirió colocar la frase de Walsingham, que ya se ha convertido en un tópico cuando se habla del combate de Machichaco, al principio de su también falaz relato, como el epígrafe en el que se encuadra la narración (con el error adicional en la nota que apostilla el titular de multiplicar “las batallas navales entre éstos [los vascos] y los ingleses en 1350”).

La frase es correcta (prae cordis duritia, mori quam subjici). Pero Thomas Walsingham (+ c. 1422) se refería a los “españoles”, que es como llamó –dos veces– a los “castellanos” –gentilicio que no menciona– en el pequeño párrafo que dedicó a la batalla de Winchelsea, conocida también desde entonces como la batalla de “Les Espagnols sur Mer” o  “Spaniards on the sea”(para el autor británico, como para todos los de su época, los únicos “vascos” eran los gascones, wascones, como también se acredita en ese párrafo). La batalla se produjo el 29 de agosto de 1350, cuando la armada inglesa, mandada por Eduardo III y su hijo, el Príncipe Negro, atacó a la flota mercante castellana, que regresaba de Flandes y estaba mandada por Carlos de la Cerda, quien fue conocido como Carlos de España. Y lo que sucedió al año siguiente, no es que los vascos establecieran la libertad de los mares, sino que la Hermandad de la marismas de Castilla acordó con el rey de Inglaterra una tregua de veinte años, que luego fue ratificada por Pedro I (“marismas de Castilla” era el nombre se daba entonces a la costa cantábrica); eso sí, uno de los tres representantes de la Hermandad que firmó en Londres el tratado era de Bermeo, Diego Sánchez de Lupardo. Steer no cuenta estas cosas por sus conocimientos de la historia inglesa, sino porque se tragó todas las patrañas sobre los vascos y su historia que le contaron Aguirre y otros nacionalistas por muy inverosímiles que fueran, lo que da cuenta del tipo de periodista que fue.

            En segundo lugar, hay que señalar que no fue una gesta nacionalista, como parece deducirse de algunas publicaciones y documentales de propaganda. Según Juan Pardo San Gil, “el 57% pertenecía a Solidaridad de Trabajadores Vascos o al PNV, el 19% era de la UGT o del Partido Socialista y porcentajes menores estaban afiliados a CNT (5%), ANV (4%), Izquierda Republicana (2%), Partido Comunista (2%) y diversos sindicatos profesionales (1%). Finalmente un 10% no estaba afiliado o se desconocía su afiliación (Crónica de la guerra en el Cantábrico: Las fuerzas navales republicanas (1936-1939), Txertoa, San Sebastián, 2004, p. 77). Ciertamente, el porcentaje nacionalista en la marina era muy superior al que existía en la infantería (41%), lo que se explica por el origen mayoritariamente rural de sus miembros (era fuera de las ciudades donde el PNV tenía la hegemonía). Pero los otros, también eran importantes: casi la mitad en el Gipuzkoa y más de la mitad en el Nabarra, cuyos comandantes, además, eran de la UGT.

            Por último, cabe recordar que no todos los combatientes de los pesqueros eran vascos, los había de “lugares de origen tan insólitos como Granada, Puebla de Carabiñal y Aniñón” (V. Talón, op. cit., p. 812). Y el comandante del Nabarra, tenido como el mayor héroe de la batalla del cabo Machichaco, era de La Unión, un municipio de Murcia (y estaba afiliado a la UGT).

Las actividades de Steer como “propagandista genial” –son palabras de Preston– no pasaron desapercibidas al Cuerpo de Inteligencia del ejército británico, que lo reclutó en de junio de 1940 (aunque es muy posible que ya trabajara para los Servicios de Inteligencia durante su estancia en Vizcaya). Como propagandista tuvo un historial brillante, que le permitió ascender a teniente coronel en tres años. No hubo más ascensos, pues el día de Navidad de 1944 murió en Bengala en un estúpido accidente del jeep que conducía, que también costó la vida a tres de sus siete acompañantes (hasta tres negligencias pudo cometer). Cuando murió, llevaba el reloj de oro que le había regalado Aguirre, con la inscripción “A Steer de la República [sic] Vasca”.

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