Cómo mueren las democracias: El caso español

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La democracia  implica la judicialización de la política. De otra forma, no sólo pueden ser pisoteados los derechos de los ciudadanos, sino que la democracia puede ser “suicidada”, como sucedió, por ejemplo, en dos ocasiones en la antigua Atenas o en Alemania en 1933. Si se hubiera hecho presos a los políticos nazis en 1933 y no en 1945, seguramente  nos hubiéramos ahorrado una guerra mundial.

Y el suicidio, ahora asistido, es el principal problema de las democracias en el siglo XXI, ya que el prestigio logrado por este régimen hace muy difícil e impopular el golpe de fuerza. Efectivamente, como han señalado recientemente, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en Cómo mueren las democracias, “en la actualidad, el retroceso democrático empieza en las urnas”. Dado que ese fenómeno puede estar sucediendo delante de nuestras narices desde 2017, conviene reproducir algunos pasajes del libro citado para que el lector saque sus propias conclusiones:

Por la vía electoral, en cambio, no ocurre nada de esto [propio de un golpe de Estado]. No hay tanques en las calles. La Constitución y otras instituciones nominalmente democráticas continúan vigentes. La población sigue votando. Los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, a la que van destripando hasta despojarla de contenido [Cómo mueren las democracias, p. 11].

Los autores ponen como ejemplo a Venezuela, Georgia, Hungría, Nicaragua, Perú, Filipinas, Polonia, Rusia, Sri Lanka, Turquía y Ucrania.

En la enumeración reproducida, Venezuela aparece citada en primer lugar (y Hugo Chávez es el único tirano mencionado. A mi juicio, el caso venezolano es el mejor modelo de este nueva forma de tránsito de la democracia a la tiranía; se han mantenido las elecciones, pero son una farsa cada vez mayor (lo que no podían saber S. Levitsky y D. Ziblatt cuando publicaron el libro en 2018). Los que defienden a esa cleptocracia, que ha producido la mayor ruina de un país en lo que va de siglo (y el mayor exilio), como un régimen democrático sólo pueden ser liberticidas y tiranófilos por mucho que se les llene la boca de democracia (y, en algunos, casos los bolsillos).

Muchas medidas gubernamentales que subvierten la democracia son «legales», en el sentido de que las aprueban bien la asamblea legislativa o bien los tribunales. Es posible que incluso se vendan a la población como medidas para «mejorar» la democracia: para reforzar la eficacia del poder judicial, combatir la corrupción o incluso sanear el proceso electoral. Se sigue publicando prensa, si bien ésta está sobornada y al servicio del poder, o bien tan sometida a presión que practica la autocensura [ibid., p. 11].

Por eso:

La población no cae inmediatamente en la cuenta de lo que está sucediendo. Muchas personas continúan creyendo que viven en una democracia [Ibid. Los autores añaden que “en 2011, una encuesta del Latinobarómetro solicitaba a los venezolanos que calificaran su propio país del 1 («nada democrático») al 10 («completamente democrático») y el 51 por ciento de los encuestados le asignaron una puntuación de 8 o superior.

Es una diferencia importante con respecto a los dos suicidios de la democracia ateniense y de la alemana, que sí se pueden fechar con precisión:

Dado que no existe un único momento (no hay golpe de Estado, ni declaración de ley marcial ni suspensión de la Constitución) en el que el régimen «cruce claramente la línea» y se convierta en una dictadura, nada hace sonar las alarmas entre la población. Quienes denuncian los abusos del Gobierno pueden ser descalificados como exagerados o alarmistas [Ibid., pp. 11-12].

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt consideran “el período comprendido entre 1990 y 2015 fue fácilmente el cuarto de siglo más democrático en la historia mundial” (p. 11).

Como se trata de un continuum, un golpe de Estado por etapas, resulta difícil, como en la paradoja de Sorites, establecer el momento de defunción de democracia. Por eso, se habla de “regímenes híbridos”, como “democracia iliberal” (nombre aparecido a finales del siglo XIX), lo que es un oxímoron, aunque sólo sea porque las elecciones de una democracia tienen que ser libres. Pero, dado que la democracia es un régimen distinto a los demás, no es posible su hibridación con la tiranía ( En ningún caso se trata de una regresión a un régimen liberal con sufragio censitario, el único pariente de la democracia (realmente, ha sido su padre), que permitiría hablar de hibridación. Precisamente lo que desaparece es el liberalismo, el elemento fundamental de la democracia (En ningún caso se trata de una regresión a un régimen liberal con sufragio censitario, el único pariente de la democracia (realmente, ha sido su padre), que permitiría hablar de hibridación; precisamente lo que desaparece es el liberalismo, el elemento fundamental de la democracia. En algún momento, lo que es ya una mala democracia se convierte en tiranía.

“En la década de 1920, Hermann Heller fue el pionero en el uso de la expresión regímenes híbridos para los liberalismos autoritarios. Hoy en día, tales regímenes han crecido hasta convertirse en una galaxia populista en expansión” (P. Rosavallon, El siglo del populismo, p. 82; el autor recuerda, en la p. 24, que “Putin, propagandista de la democracia [auténtica] así llamada «soberana», afirmó enfáticamente que el liberalismo se había vuelto «obsoleto»”).
Aunque ya no son liberales, añadiría yo.

Este procedimiento puede estar inspirado en la Transición española (desde luego, lo recuerda mucho). Aquella constituyó la primera transición pacífica en la historia universal de una dictadura a una democracia. Como es sabido, el procedimiento de sintetizó como de la ley a la ley. No es descabellado creer que haya gente que ha podido pensar que el trayecto se pueda recorrer al revés, también con las apelaciones a la democracia que se hicieron hace medio siglo. Y es que, como señalan S. Levitsky y D. Ziblatt, “una de las grandes ironías de por qué mueren las democracias es que la defensa en sí de la democracia suele esgrimirse como pretexto para su subversión” [Cómo…, p. 108].A todo ello, hay que añadir que al encubrimiento del proceso de destrucción de la democracia ha contribuido mucho el que el objetivo no sea una revolución social, como también sucedió en la Transición española. El objetivo, al menos por ahora, no es acabar con el capitalismo, sino lucrarse del mismo, asegurando indefinidamente ingresos públicos que no se conseguirían con un trabajo honrado a decenas de miles, por lo menos, de militantes y simpatizantes de unos partidos que más que eficaces agencias de colocación parecen ya organizaciones criminales (a lo que pueden sumarse los beneficios de una corrupción que quedaría impune) [En este sentido, nunca está de más contemplar el video en el que Íñigo Errejón, en un momento de rara sinceridad, declaró a los suyos que había que colocar a los militantes en puestos (incluidos los chiringuitos) para que pudieran seguir viviendo del esfuerzo ajeno cuando perdieran el poder, “porque la militancia, como todo el mundo sabe, no sostiene solo del aire” (https://www.youtube.com/watch?v=pE8mu3gx8Fc)].

            Entre los procedimientos empleados para acabar con la democracia, S. Levitsky y D. Ziblatt señalan la polarización:

Y si algo claro se infiere del estudio de las quiebras democráticas en el transcurso de la historia es que la polarización extrema puede acabar con la democracia [Cómo…, p. 15].

Con eso, lo que se pretende es convertir en definitiva una mayoría circunstancial, fomentando el clientelismo, que proporciona un voto cautivo, y haciendo invotable para los propios a la oposición (por muy incompetentes que seamos, los otros son fascistas y pretenden acabar con la democracia) [Siendo mayoría, no se necesita ser más, sino impedir ser menos. Con ese objetivo, se trata de “encastillar a las personas en su posición ideológica, convirtiendo a las creencias en una especie en juramentos de fidelidad” (Steven Pinker, En defensa de la Ilustración, p. 437). Eso explica lo inexplicable: el recurso, cada vez mayor, al “y tú más”, una de las argucias más miserables, pues, en realidad, es un reconocimiento de culpa, que, sin embargo, no tiene entre efectos entre los partidarios amaestrados, lo que explica el abuso, dado que presentarse como el mal menor resulta muy rentable. Esa actitud favorece lo que John Mitchell, que ha sido considerado “el fiscal más corrupto y ladrón que haya tenido América”, denominó “polarización positiva” (Robert Hughes, La cultura de la queja, Trifulcas norteamericanas, p. 56)]. Es algo muy simple, como lo demuestra la brevedad de la explicación que enunció Pat Buchanan en un memorándum que envió a Richard Nixon, al que escribía los discursos: “Si dividimos el país en dos, podemos quedarnos con la parte más grande” [R. Hughes, La cultura de la queja, p. 56, donde añade: “Para dividir a una sociedad necesitas tener cabezas de turco y objetos que odiar, caricaturas que remachen la diferencia entre Ellos y Nosotros”. Nada une más que un enemigo]. Una aplicación del viejo principio divide et impera, que ahora, en vez de aplicarse al enemigo, se utiliza con el compatriota. Y se trata de una aplicación creciente que ha producido un aumento de la polarización en las últimas décadas en las sociedades occidentales, en las que no sólo se ha extendido el “nosotros contra ellos”, sino que la vida parece haberse convertido en una batalla entre las buenas personas y las malvadas [V. J. Haidt y G. Lukianoff, La transformación del mundo moderno: Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenado a una generación al fracaso, pp. 86-123 principalmente]. Efectivamente, la sentimentalización de la política  [V. Manuel Arias Maldonado,  La democracia sentimental: Política y emociones en el siglo XXI] y la politización de todo (“lo personal es político”) [V. Douglas Murray, La masa enfurecida: Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura. El autor señala que “el propósito de la política identitaria se cifra en politizarlo absolutamente todo, en convertir todos los aspectos de la interacción humana en un asunto político, en interpretar todas las acciones y relaciones de nuestra vida a unos patrones supuestamente moldeado por la acción política”  (p. 342). Eso se explica por la influencia nefasta de Michel Foucault, el primer gran gurú del posmodernismo y del wokismo, que predicó que todas las relaciones entre personas eran relaciones de poder, lo que permitió sustituir el motor gravemente dañado de la lucha de clases. Pero lo peor es el odio producido, que está pudriendo las sociedades occidentales. Y es que “todos los días aparece una nueva excusa para el odio y el juicio moral” (ibid., p. 148). Diariamente se levantan en el mundo millones de personas decididas a vomitar su odio sobre alguien o algo para mostrar su superioridad moral buscando la validación social. A ellos hay que sumar los que pretenden ganar alguna medalla en las olimpiadas de la opresión, porque las víctimas, oprimidos y ofendiditos se han convertido en los héroes de nuestro tiempo, lo que fomenta el crecimiento del resentimiento (v. Gad Saad, La mente parasitaria: Cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común)], propiciadas en las últimas décadas por el irracional posmodernismo (que no cree posible descubrir la verdad y reduce todo a sentimientos, lo que impide la discusión y, arbitrariamente, deja el triunfo a los que los tienen mejores) [V., por ejemplo, Jean-François Braunstein, La filosofía se ha vuelto loca: Un ensayo políticamente incorrecto, donde se dice que “pareciera que la destrucción de la razón y de la ciencia fuera actualmente uno de los objetivos principales de los woke” (pp. 179-180), lo que ilustra con numerosísimos ejemplos] y el funesto wokismo[V., por ejemplo, Jean-François Braunstein, La religión Woke. Puede leerse con mucho provecho el libro de Andrew Doyle Titania Mc.Grath: Woke, donde se ridiculiza el pensamiento más aberrante que ha producido Occidente, incluido el de la Edad Oscura, en el que por lo menos había coherencia. Baste recordar que, en una época en se ha convertido en un problema definir qué es una mujer, lo que puede costar ser acusado de discurso de odio, nos reímos de supuestas discusiones sobre el sexo de los ángeles en concilios de otrora], ha favorecido extraordinariamente la polarización del demos (nada de eso favorece la democracia) [V. Pablo Malo, Los peligros de la moralidad: Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI].

[1]Una de las frases más famosas de Mario Vargas Llosa es  “¿en qué momento se había jodido el Perú?”, que en encuentra en el inicio de Conversación en la Catedral. Si tuviera que contestar a esa pregunta referida a España no tendría dudas: el 11 de marzo de 2004 cuando se produjeron los terribles atentados islamistas de Madrid, que propiciaron el triunfo de Zapatero dos días después en unas elecciones que todas las encuestas le daban por perdedor. Con su talante, del que tanto presumía, Zapatero procedió a demonizar a la derecha y rescató la Guerra Civil, que había sido olvidada en la sociedad española, con el propósito de hacer invotable a esa derecha. Pero no fue más mucho allá de la polarización, que incluía la retórica “conocida como «agitar la camisa ensangrentada»”, de la que hablan también S. Levitsky y D. Ziblatt (op. cit., p. 142; el nombre apareció en Estados Unidos tras la Guerra de Secesión). Y arrastrado por la crisis económica, que su gobierno había agravado, dimitió en 2011, sin haber conseguido en las dos elecciones que ganó mayoría absoluta. Parece que su sucesor aprendió la lección. No se conformó con agravar la polarización, sino que, desde el primer momento que tuvo el poder, procedió a utilizar los métodos descritos en Cómo mueren las democracias,que estamos viendo, para convertir en irreversible su exigua mayoría circunstancial. Y eso que siempre ha estado a más de cincuenta escaños de la mayoría absoluta: 123 escaños en 2019, 120 también en 2019 y 121 en 2023 (cuando ni siquiera fue el partido más votado).

Otro de los procedimientos es la colonización de las instituciones:

Y así es como los autócratas electos subvierten la democracia, llenando de personas afines e «instrumentalizando» los tribunales y otros organismos neutrales, sobornando a los medios de comunicación y al sector privado (u hostigándolos a guardar silencio) y reescribiendo las reglas de la política para inclinar el terreno de juego en contra del adversario. La paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo es que los asesinos de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla [Cómo…, p. 13-14].

En este caso, no se trata tanto de colocar a militantes en puestos que habían sido pensados para profesionales, que también, sino, sobre todo, tratar de convertir una mayoría coyuntural, como lo son todas en unas elecciones democráticas, en irreversible. Y en eso, como se indica en el texto, es fundamental el control de los medios comunicación privados, por las buenas (subvenciones) o las malas (con el pretexto de evitar los bulos y las fake news), mientras en los medios de comunicación se emplea la más descarada propaganda y –lo que es más importante– se demoniza a la oposición. 

            En ese proceso de destrucción de la democracia hay otros dos procedimientos fundamentales: los ataques contra la libertad de expresión, que van más allá de los medios de comunicación (control de las redes sociales, muy difíciles de domesticar) y los ataques contra la independencia judicial, pues son los jueces los únicos que pueden evitar legalmente las ilegalidades de los gobiernos.

Ricardo Dudda ha señalado que la mejor excusa que han encontrado los liberticidas para la censura es que “en un mundo donde hay voces que se oyen más que otras […] defender la libertad de expresión solo servirá para consolidar las más poderosas. […] Es una idea muy marcusiana. En «Tolerancia represiva», Herbert Marcuse [fervoroso tiranófilo y uno de los representantes más conocidos de la irracional y nefasta escuela de Frankfurt] afirmó que cuando hay una desigualdad de poder muy profunda, la tolerancia solo sirve para afianzar el poder” (La verdad de la tribu: La corrección política y sus enemigos, p. 109), que siempre es perverso, a no ser que sea una dictadura comunista. O sea, que ni libertad ni igualdad, que es lo que caracteriza a la izquierda corrompida, que no puede desarrollarse sin la ley del embudo.

En el ataque contra la libertad de expresión los llamados por S. Levitsky y D. Ziblatt “asesinos de la democracia” se han beneficiado y se benefician de la ofensiva contra ese derecho iniciada por los adalides de lo corrección política hace cuatro décadas (casualidad o no, lo “políticamente correcto” se corresponde con la noción de “ideológicamente correcto”, acuñada por Goebbels, con idéntico sentido). La libertad de expresión no es un derecho más [Aunque la mayoría no la apreciara mucho y estuviera dispuesta a renunciar a la libertad de expresión a cambio de una jaula de oro, no puede vender lo que no es suyo, ni nadie disponer de lo ajeno. Como escribió Hayek: “En cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo tendrá, probablemente, significación directa para una pequeña minoría. Pero esto no supone que alguien esté calificado o deba tener poder para elegir a quien se reserva” (Camino de servidumbre, p. 252). En todo caso, hay que recordar que los derechos no son cuestiones de número, como aparenta creer cierta izquierda, cuando le interesa, para despreciar determinados delitos por su irrelevancia estadística]. Es el derecho más importante en una democracia, pues sin él no hay información, deliberación ni, por tanto, elecciones democráticas [“En palabras del experto en derechos humanos danés Jacob Mchangama […] el respeto a la libertad de expresión es «el sello distintivo de las sociedades libres y el primer derecho a ser circunscrito por los Estados no liberales», razón por la cual, dice, resulta «triste» ver en Europa el «énfasis creciente en la criminalización de las palabras que hieran, ofendan o lastimen», la cual recuerda, fue originalmente una creación de los Estados totalitarios con los que Europa se enfrentó en la Guerra Fría” (Axel Kaiser, La Neoinquisición, p. 210). Con la agravante de que para los neoinquisidores lo importante no es la intención del emisor de las palabras, sino la sensación que provoca en los ofendiditos]. Es la quintaesencia de la libertad, como reconoció George Orwell cuando escribió que “si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír” (Cit. por R. Dudda, La verdad de la tribu, p. 187). Antes Stuart Mill lo había dicho de otra manera: “La libertad de expresión tiene que ver menos con el derecho a opinar impunemente sobre cualquier cosa que con la posibilidad de ser refutado, porque solo si existe la posibilidad de refutación, el ejercicio de la libertad es realmente un bien social” [Gregorio Luri, La imaginación conservadora, p. 289]. Prueba de la degeneración de esa izquierda, es que Michel Foucault, tenido como su padre putativo, era un defensor de la parresía, de poder decir todo:

Ser sujeto activo en una democracia es poder pronunciar una palabra libre; vale decir que un régimen democrático debe permitir y garantizar a sus miembros –además de la igualdad ante la ley– la capacidad de poder hablar en propio nombre a fin de enunciar libremente sus convicciones sobre el bien común, aun si a raíz de ello se perturba un consenso, aun si este uso de un hablar veraz amenaza con introducir una desigualdad [Cit. por R. Dudda, La verdad de la tribu, p. 196, donde se comenta que “son palabras que provocarían cierto revuelo en algunas universidades anglosajonas”; supongo que lo dice por la preocupación que hay en ellas de proporcionar “espacios seguros” (incluso con peluches y cuadernos para pintar) en vez de argumentos a sus alumnos para que no se sientan agredidos por la realidad o una interpretación razonable de la misma].

En realidad, el lenguaje políticamente correcto sólo es un capítulo más de la lucha por la hegemonía cultural, objetivo propuesto por Gramsci para el marxismo tras el fracaso de los intentos revolucionarios que se produjeron en Occidente tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Baste recordar esa obsesión porque se llame a las personas por los pronombres que elijan, aunque no respondan a la realidad, arguyendo que no hacerlo es delito de odio. Sin embargo, esa misma gente no respeta la ideología de los demás llamando “fascista” a los que se oponen a sus planteamientos, para ganar sin argumentación cualquier discusión ante sus partidarios; en ese caso de nada vale alegar que uno no es fascista, ni siquiera que se demuestre a la acusación. Desde luego hay muchísimo más odio en esa práctica que lo que pretende es demonizar al adversario injustamente.

Evidentemente, es un derecho que debe tener sus límites, porque, como ya sabemos, toda la libertad ilimitada se anula a sí misma. Y, de hecho, los tiene en todas las democracias, en las que puede recurrirse a los tribunales. Se podrán discutir los detalles de las distintas legislaciones democráticas, pero resulta evidente que son antidemocráticas y muy interesadas las pretensiones de los defensores de la llamada corrección política y de la izquierda liberticida que ahora pretenden que todo lo que se oponga a lo que defienden es discurso de odio (y negacionismo) [En esa izquierda, al “haz lo que digo, no lo que hago” se ha añadido el proyectar sus intenciones sobre los demás, para mantenerlos así a la defensiva (con mucho éxito por cierto). Esa estrategia tiene su mejor ejemplo en el llamado “discurso del odio”, que se aplica incluso a los datos, lo que da la impresión de que la realidad es fascista. Se trata, otra vez, de la ley del embudo, de ver la paja en el ojo cuando se tiene la viga en el propio (y lo que me parece más aborrecible en esa izquierda). Y es que el odio ha sido el combustible de la izquierda no liberal. Sólo que antes se manifestaba contra la burguesía, y ahora contra todo que le contradice (y, en un sector muy importante, contra los hombres, los blancos, los cishetero, etc.)]. Y lo hacen con matonismo, para imponer una censura (cancelación) que todavía no pueden ejercer con la ley [En el agravamiento de esa actitud hay que ver también el miedo a perder la hegemonía gramsciana que han disfrutado sin haber convencido nunca a la inmensa mayoría de la población. Y es que cuando se está en minoría no cabe otra opción que estar a favor de la libertad de expresión. Es sabido que las preferencias de la mayoría no suelan estar recogidas en la llamada ventana de Overton, que es la agenda de los políticos, que es lo que se hace que a esa mayoría se llame silenciosa. Por eso, la ventana de Overton, la política aceptable, puede cambiar en poco tiempo]. En el asunto de la libertad de expresión, y a estas alturas, no hay que inventar nada. La solución a los problemas que presenta la libertad de expresión, imprescindible en una democracia, ya la conocía Thomas Jefferson (1743-1846): “se puede tolerar el error allí donde la razón es libre para combatirlo” [Cit. por R. Hughes, La cultura…, p. 59. Ésa es la tolerancia que se puede tener con los intolerantes: dejarles que se expresen. Pero no más]. Y es que, además, la libertad de expresión no sólo es importante para la democracia, sino para el progreso, como señaló Friedrich Hayek:

Impugnar el valor de la libertad intelectual porque nunca significará para todos la misma posibilidad de pensamiento independiente, supone confundir por completo las razones que dan su valor a la libertad intelectual. Lo esencial para que cumpla su función como principio motor del progreso intelectual no es que todos puedan ser capaces de pensar o escribir cualquier cosa, sino que cualquier causa o idea pueda ser defendida por alguien. En tanto no se prohíba la disensión, siempre habrá alguien que tendrá por discutibles las ideas que gobiernen a sus contemporáneos y someterá nuevas ideas a la prueba de la discusión y la propaganda.

            Esta interacción de los individuos que poseen diferentes conocimientos y diferentes opiniones es lo que constituye la vida del pensamiento. El desarrollo de la razón es un proceso social basado en la existencia de estas diversidades. Está en su esencia que no puedan predecirse sus resultados, que no podamos saber qué opiniones contribuirán a su desarrollo y cuáles no; en resumen, que su desarrollo no pueda ser dirigido por nuestras opiniones actuales sin restringirlo a la vez” [Camino de servidumbre, pp. 252-253].

Evidentemente, en el caso de los gobernantes que pretenden asesinar la democracia para perpetuar su poder, el objetivo es encubrir el golpe que están dando para evitar oposición, para lo que ya nos les vale ya sólo controlar los medios de comunicación y tienen que tratar de censurar las redes sociales, en nombre de la democracia y la defensa de la verdad. Y, en un golpe por etapas, tienen que actuar con gradualismo, sin llegar a establecer un ministerio de la verdad, sino algo más presentable. Es algo sobre lo que ya David Hume nos había advertido: “es raro que una libertad, cualquiera que sea, se pierda de una vez” [Es la cita con la que Friedrich A. Hayek encabezó Camino de servidumbre (p. 27). El autor, más adelante, completa el pensamiento de Hume de la siguiente manera: “Aun pudiera casi decirse –y ello debería servirnos como advertencia para ponernos en guardia contra todos los incitadores que nos prometen Nuevas libertades por las viejas [título de un libro del historiador C.L. Becker]– que allí donde se destruyó la libertad tal como la entendemos, casi siempre se hizo en nombre de alguna nueva libertad prometida a la gente” (p. 243). Hayek se refiere a las “libertades colectivas” de los nazis y comunistas, definidas por los que tienen el poder de definirlas, pero vale también para las de los simples nacionalistas]. Y, como ya se ha dicho, la libertad de expresión no es una libertad cualquiera: divide al mundo entre democracias y tiranías [En un libro muy crítico con los medios de comunicación occidentales, Jean-François Revel ha formulado así la división: “El mundo actual se divide en países donde el gobierno quiere sustituir a la prensa y países en que la prensa quiere sustituir al gobierno. La enfermedad de los primeros sólo podrá curarse en virtud de un único remedio: la democracia, o un principio de libertad. La curación de los segundos, los que ya son democráticos, están en manos de la misma prensa. Ya sería hora de que todos los periodistas, y no solamente un puñado de ellos, se decidieran a hacer, por fin, plenamente, su único oficio verdadero: dar informaciones exactas y completas, y a continuación todas las opiniones, análisis, exhortaciones y recomendaciones que quieran, a condición de que se fundamenten en esas mismas informaciones exactas y completas” (El conocimiento inútil, p. 172). Desde entonces la situación ha empeorado. En España, donde la mayoría de los periodistas (y tertulianos) parecen tener la misión de defender al gobierno, se ha cumplido en buena parte la profecía que hizo Goebbels: “En el futuro, quien tenga algo de honor en el cuerpo  se lo pensará muy bien antes de hacerse periodista” (Diario, 14 de abril de 1943). Y es que, como señaló Jean-François Revel, “cuando cesa la libertad para expresarse libremente, en el seno de una sociedad o de una institución cualquiera, todo lo demás comienza a descomponerse” [Cit. por Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, p. 290].

En los comienzos de los regímenes liberales, se cuenta que Thomas Jefferson dijo que “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Poco importa que la dijera o no, porque la celebridad de la fase avala el acierto de la idea. En una democracia, los encargados de ejercer esa vigilancia son los jueces [si la democracia es la única escalera para salir del infierno es también porque los ciudadanos no tienen que recurrir a la fuerza para preservar sus derechos]. Es más: los gobernantes deberían ser los más vigilados porque son los que pueden hacer más daño. Por eso, no es de extrañar que los gobernantes, incluso cuando no pretenden asesinar a la democracia, traten de desprestigiar e, incluso, calumniar a los jueces que se oponen a sus acciones. Y que traten de controlar a los jueces, mediante los ascensos (o subordinándolos a fiscalías que dependen del gobierno), y lo que es mucho más grave, cambiar las formas de acceso a la judicatura para propiciar una selección ideológica adecuada. Todo ello, no haría falta decirlo, para profundizar la democracia y democratizar la justicia.

Sin votos para poder aprobar los presupuestos por tercera consecutiva, se pretende, cuando estoy redactando estas líneas, poner la justicia bajo la férula del gobierno

El peligro es muy grande porque, como han señalado S. Levitsky y D. Ziblatt:

Ni siquiera las constituciones bien diseñadas pueden, por sí solas, garantizar la democracia. Para empezar, toda Constitución es incompleta. Como cualquier otro conjunto de leyes o normas, las cartas magnas cuentan con incontables lagunas y ambigüedades. Ningún manual de instrucciones, por detallado que sea, anticipa todas las contingencias posibles o prescribe cómo comportarse en todas las circunstancias [Cómo…, p. 115].

Probablemente, cuando se redactaron no se preveía la existencia de tipos capaces de semejantes fechorías: “«Dios nunca ha dotado a ningún estadista o filósofo, o conjunto de ellos, de sabiduría suficiente para armar un sistema gubernamental intachable», escribió el expresidente de Estados Unidos Benjamin Harrison” [S. Levitsky y D. Ziblatt, op. cit., p. 116]. Pero también parece que, aunque estuvieran mejor redactadas, las constituciones –por sí solas– no podrían impedir por sí solas el suicidio de la democracia, dado que los tribunales constitucionales pueden tener miembros corruptos nombrados por el gobierno al que tienen que controlar (afirmación que estimo no es necesario a la vista de lo que el lector ha podido contemplar en el último bienio).


Bibliografía citada

Arias Maldonado,  Manuel, La democracia sentimental: Política y emociones en el siglo XXI, Página Indómita, Barcelona, 2016, 438 pp.

Braunstein, Jean-François: La filosofía se ha vuelto loca: Un ensayo políticamente incorrecto. Ariel, Barcelona, 2019, 312 pp.

Braunstein, Jean-François: La religión Woke. La esfera de los libros, Madrid, 2024, 248 pp.

Dudda, Ricardo: La verdad de la tribu: La corrección política y sus enemigos. Debate, Barcelona, 2019, 237 pp.

Hayek, Friedrich A.: Camino de servidumbre. Alianza, Madrid, 6ª reimpr., 2019, 361 pp.

Haidt, Jonathan, y Lukianoff, Greg, La transformación de la mente moderna: Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenado a una generación al fracaso. Deusto, Barcelona, 2019, 437 pp.

Hughes, Robert: La cultura de la queja: Trifulcas norteamericanas. Anagrama,Barcelona, 2ª ed, 2005, 222 pp.

Levitsky, Steven; y Ziblatt, Daniel: Como mueren las democracias. Ariel, Barcelona, 2018, ed de Kindle.

Luri, Gregorio: La imaginación conservadora: Una defensa apasionada de las ideas que ha hecho del mundo un lugar mejor. Ariel, Barcelona, 2019,  339 pp.

Malo, Pablo: Los peligros de la moralidad: Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI. Deusto, Barcelona, 2021, 334 pp.

Murray, Douglas: La masa enfurecida: Cómo las políticas de identidad llevaron al mundo a la locura. Península, Barcelona, 2020, 366 pp.

Pinker, Steven: En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, Paidós, Barcelona, 2018, 741 pp.

Revel, Jean-François: El conocimiento inútil. http://tarija-digital.com/wp-content/uploads/2014/10/el-conocimiento-inutil.pdf,  237 pp.

Rosanvallon, Pierre: El siglo del populismo: Historia, teoría, crítica. Galaxia-Gutemberg, Barcelona, 2020, 264 pp.

Saad, Gad:  La mente parasitaria: Cómo las ideas infecciosas están matando el sentido común. Deusto Barcelona, 2022, 272 pp.

Vargas Llosa, Mario: La llamada de la tribu. Penguin Random House, Barcelona, 2018, 313 pp.

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