José Soto Chica con su libro Leovigildo, rey de los hispanos.

Antiguamente memorizar la lista de los reyes godos era obligatoria en el sistema educativo español causando no pocos quebraderos de cabeza, ¿se podría decir que Leovigildo fue el más importante de todos ellos?

-Bueno, creo que eso forma parte de las “Leyendas urbanas” de nuestro pasado. Pero en cualquier caso, sin duda, de todos los reyes godos el más importante fue Leovigildo. Fue a él a quien le compete el haber creado realmente un reino importante y destinado a perdurar y no a ser barrido por la historia. Fue el rey más batallador de cuantos reinaron en Hispania y el Señor de la guerra más exitoso de cuantos contemplara nuestro pasado. Más aún, fue un hombre que soñó y en buena medida logró, recrear Roma en Hispania. No sólo la vieja y abatida Roma, sino también a la nueva y aún poderosa Roma que, desde Constantinopla, seguía rigiendo el Mundo conocido. Leovigildo salva el legado de Roma y le da nueva vida y dirección. Es el hombre que transforma la historia de Hispania, el que afronta su unificación. A partir de Leovigildo Hispania no es ya sólo un término geográfico y administrativo, el que denominaba a la antigua Diocesis Hispaniarum, sino también uno político y bajo el nombre de “Hispanos” se entendía ya a las gentes que gobernaba ya fueran estas hispanorromanas o godas. Por eso mismo, para un contemporáneo perspicaz y bien informado, Gregorio de Tours, Leovigildo no era ya sólo un Rex Gothorum, sino ante todo, el “Rey de los hispanos.”

Por todo ello, nos hallamos ante el Rey visigodo más importante y ante uno de los hombres más decisivos en la conformación de nuestra historia. El conocimiento de su vida, de sus hechos, es vital para entender nuestro pasado y nuestro presente.

Retrato imaginario del rey Leovigildo, por Juan de Barroeta (1854-1855)

¿Por qué la historia de los visigodos pasa casi totalmente desapercibida entre los propios españoles? ¿Eran tan bárbaros como se piensa?

-No creo que pase desapercibida. Desde hace años hay una auténtica explosión de libros, publicaciones, vídeos, exposiciones, etc dedicadas al periodo visigodo. Un ejemplo: hace algo más de un año la prestigiosa revista Desperta Ferro Antigua y Medieval se encontró con que uno de sus números más vendidos en diez años era el dedicado precisamente a Leovigildo. Creo que el interés se aviva día a día y lo hace porque durante un tiempo y por mor de una mala comprensión de la historia, se ha rechazado, caricaturizado, relegado, etc al mundo visigodo.

En modo alguno eran bárbaros en el sentido popular del término. De hecho, cuando penetraron en el Imperio, se hallaban bastante romanizados y cuando a fines del siglo V comenzaron a instalarse realmente en la Península Ibérica, estaban por completo aculturados. Ciertamente y desde su creación por Alarico a fines del siglo IV, los visigodos fueron un pueblo mestizo. Una mezcla de grupos godos con bastarnas, hérulos, esciros, gépidos, carpos, alanos, sármatas, hunos…. Sí y con grandes masas de provinciales romanos de los Balcanes, Italia, Galia y, finalmentte, Hispania. Se ha calculado que, al menos, un tercio de los “Visigodos” que Alarico condujo a Italia a inicios del siglo V no eran étnicamente godos y si a eso sumamos su escaso número con respecto a los hispanos: unas 70.000 personas frente a 5.500.000 hispanorromanos, se comprenderá que su impacto cultural y demográfico fue mínimo.

Su importancia no radicó en su condición de germanos, muy matizada, sino en su ideal: transformarse en los defensores de lo romano. En la Hispania visigoda se salvaguardó la cultura grecorromana y los visigodos se tuvieron por un pueblo amante del saber. Por ejemplo, en las primeras décadas del siglo VII San Isidoro compendió todo el saber antiguo en una obra: las Etimologías. Una auténtica “Enciclopedia” que en Viente libros reunía lo que se sabía sobre disciplinas tales como medicina, matemáticas, astronomía, derecho, geografía, ingeniería,… Fue una obra fundamental con la que se educaron los sabios de toda Europa entre los siglos VII y XV. En esos mismos años, inicios del siglo VII, un rey visigodo, Sisebuto, componía poemas, sabía que la tierra era esférica, calculaba con acierto los eclipses de luna y conocía por qué se producían. ¿Se puede llamar bárbaro a un Rey así? En su reino aún pervivían las antiguas escuelas municipales costeadas por las curias de cada ciudad y a ellas se sumaban las nuevas escuelas monásticas y catedralicias. Los nobles sabían escribir y se ufanaban de componer poemas y en general, el ambiente cultural visigodo de tiempos de Leovigildo y sus sucesores estaba muy por encima de otros estados del Occidente y sólo por detrás del bizantino.

Representación de una batalla en tiempos de los visigodos. Fuente: librujula.publico.es

¿Se puede hablar de una “época oscura” durante este período histórico, o se trataría más bien de un hecho infundado?

-Evidentemente, si comparamos el periodo, siglos V a VIII, con lo que hubo antes, nos encontramos con una escasez de fuentes literarias. Ahora bien,  aunque el mundo, tras la caída de Roma en Occidente, se tornó más peligroso, más fragmentado y más empobrecido, no se produjo una fractura completa. En el Norte, en las Islas británicas por ejemplo, sí se asistió a un retroceso severo de la civilización y apenas si estamos informados de lo que pasó allí entre el 410 y el 610, pero en otras áreas como Hispania o las Galias, no se produjo un colapso.

Es una época que podemos denominar “Oscura” en cuanto a que es más difícil de estudiar, pero hoy día y desde hace ya unas décadas, nuestro conocimiento de la misma se ha visto revolucionado y la historia, por así decir, la ilumina. De hecho, es esta época, que enlaza directamente con la final del Imperio romano en Occidente, la que parió Europa.

La Vida del Imperio. Destrucción. Por Thomas Cole, 1836

¿Qué importancia tuvo para Leovigildo y su reino el permanente conflicto entre arrianismo y catolicismo? ¿Cómo influyó esa dicotomía en la relación con sus hijos?

-El arrianismo es una variante o herejía del cristianismo primitivo. Cuando los godos, allá por el siglo IV, se cristianizaron, lo hicieron siguiendo el modelo hegemónico en aquel momento entre los romanos: el arrianismo. Pero luego todo cambió y cuando invadieron el Imperio se encontraron con que ahora su versión del cristianismo, la arriana, era considerada herética por la mayoría de la población romana. Puesto que los godos eran una ínfima minoría, como mucho el 1% del total de la población, su arrianismo era a la par una seña de identidad que les permitía diferenciarse de los romanos a los que estaban sometiendo y un elemento de debilidad puesto que impedía su asimilación. Justiniano I entendió esto muy bien y usó la confesión arriana de ostrogodos y vándalos, otros dos pueblos germánicos, para justificar su reconquista de Italia y África. Leovigildo sabía esto y trató de conseguir la unificación religiosa en Hispania pero equivocó el método: trató de lograr la unión en torno a la minoría, esto es, en torno a un arrianismo dulcificado y aguado, por así decir y no alrededor del catolicismo. ¿Problema? Por cada arriano había en Hispania sesenta católicos. Así que no funcionó.

Cuando su hijo Hermenegildo se alzó en armas contra él, aprovechó esta cuestión religiosa para enfrentarse a su padre y se bautizó como católico con la intención de atraerse el apoyo de la población hispanorromana, amén de la de los francos, los romanos y los suevos que ya eran católicos. No le funcionó y en su tiempo, incluso obispos como Juan de Bíclaro o San Isidoro lo culparon a él y no a Leovigildo, por la tremenda guerra civil que desencadenó.

Al cabo, pese a triunfar sobre su hijo rebelde, Leovigildo fracasó en su política religiosa y aunque él, tozudo, se negó a admitirlo, colocó junto a su otro hijo y heredero, Recaredo, hombres fuertes del partido católico con la intención de que su hijo hiciera lo que él no había logrado hacer: unificar también religiosamente a hispanorromanos y godos.

Conversión de Recaredo, por Muñoz Degrain (1888)

¿De alguna manera quiso emular a la antigua Roma y a los emperadores de Oriente tales como Justiniano?

-Totalmente. Leovigildo adopta todas las insignias del poder romano: la diadema de perlas y piedras preciosas, el cetro, el trono, el manto púrpura…. Trae el ceremonial de la corte constantinopolitana a Toledo, acuña moneda con lemas y tipos romanos, funda ciudades como si fuera un emperador romano, etc. Leovigildo quiere ser Roma en Hispania y transformar Toledo en una pequeña Constantinopla. No rechaza a roma, sino que quiere reinterpretarla en Hispania.

Vista del casco antiguo de Toledo, la que fuera la capital del reino visigodo

¿Hoy en día está viva la memoria de Leovigildo o permanece difuminada en las penumbras de la historia?

-Si Leovigildo hubiera sido rey en Inglaterra o en Escandinavia hoy sería leyenda, pero reinó en Hispania y por eso es historia. Historia con mayúsculas: la del mayor Señor de la guerra que viera nuestro pasado, la del Rey que nunca fue derrotado en el campo de batalla, la del soberano que unió a hispanorromanos y godos en un solo pueblo, la del hombre que soñó una Hispania unificada y en la que el legado de Roma reviviera y tomara nuevas sendas. En suma, la del Rey que transformó un reino agonizante, en la mayor potencia de Occidente. Es una gran historia y yo he querido rescatarla en Leovigildo. Rey de los hispanos. Pues una historia así no podía seguir en el olvido o convertida sólo en un nombre en una lista de reyes.

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José Soto Chica (Santa Fe, Granada, 1971), doctor en Historia Medieval, profesor en la Universidad de Granada, investigador y divulgador. Dice de sí mismo que es un superviviente porque, antes de dedicarse a la Historia, tuvo otra vida. Fue militar y estuvo en la guerra de Bosnia. A la vuelta, durante unas maniobras militares en Cerro Muriano (Córdoba), sufrió un accidente que casi le cuesta la vida y le obligó a empezar de cero. Una explosión le arrancó una pierna y le reventó los globos oculares, le tuvo 14 días luchando por su vida en la UCI de un hospital y le obligó, después de su recuperación, a buscar otra profesión. Con sólo el graduado escolar, un año después del accidente se matriculó en la Universidad para estudiar Historia. Pensaba en un principio estudiar la antigua Roma, pero los «azares del destino» le hicieron especializarse en Bizancio, Persia y el primer Islam.

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