ESTILICÓN Y LA MUERTE DE MASCEZEL (398 d.C.)

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Entre los años 395 y 408, Estilicón fue el personaje más importante del imperio romano. Como ha señalado Peter Heather, “la opinión que ha suscitado el personaje de Flavio Estilicón ha estado siempre –tanto en la época antigua como en la moderna– muy dividida” [La caída del Imperio Romano, p. 280]. Así, Paulo Orosio, el principal historiador latino de la época, hizo un juicio completamente negativo de Estilicón:

            Entretanto [Se refiere a la invasión de Italia por Radagaiso (405-406). Del odio que tenía Orosio a Estilicón da cuenta que silencie la actuación del general romano, que consiguió entonces su mayor victoria. En una historia providencialista, Orosio atribuye el triunfo romano a Dios y al cobarde e inútil emperador Honorio (“máxime cuando la continencia del emperador Honorio, admirable en un rey, y su sacra fe merecían no poca misericordia divina”). Incluso, menciona a Saro y Uldino, dos jefes bárbaros que combatieron a las órdenes de Estilicón], el general Estilicón, nacido de la raza de los vándalos, de familia baja, avara, pérfida y falaz, sin importarle nada el hecho de que su poder estaba por debajo del poder del emperador, intentaba por todos los medios, según transmite la mayoría, cambiar al emperador para colocar en el trono a su hijo Euquerio, quien, ya desde niño y como persona privada, tramaba persecución contra los cristianos. Por ello, cuando Alarico y todo el pueblo godo pedían con humildes súplicas una paz digna y unos lugares para vivir, aunque en secreto favorecía un tratado con ellos, públicamente negaba la posibilidad de guerra y de paz, reservándoles así para desgastar y aterrorizar al Estado. Por otra parte, a otros pueblos, irresistibles por sus tropas y recursos, pueblos que en este momento oprimían las provincias de las Galias y de las Hispanias, concretamente a los alanos, suevos, vándalos y también a los borgoñones que se vieron arrastrados en la misma oleada invasora, incitándolos por propia iniciativa a las armas, los soliviantó; con ello, estos pueblos perdieron al mismo tiempo el miedo que tenían al nombre de Roma.
En el ínterin, él mismo decidió agitar las orillas del Rin y atacar las Galias con la miserable esperanza, ante las circunstancias de esta crítica situación, de poder arrancar el poder a su yerno para dárselo a su hijo y de poder reprimir a estos pueblos bárbaros con la misma facilidad con que habían sido soliviantados.
Finalmente, cuando el emperador Honorio y el ejército romano descubrieron la intriga de tanta maldad, en un justísimo levantamiento del ejército perdió la vida Estilicón, el cual, por vestir a un niño con la púrpura imperial, ofreció la sangre de todo el género humano. Fue ejecutado Euquerio, el cual, para atraerse el favor de los paganos, amenazaba con manchar los comienzos de su reinado con la restauración de los templos paganos y la destrucción de las iglesias. Y con Estilicón y Euquerio fueron castigados unos pocos secuaces suyos en tales proyectos.
            De esta forma, con muy poco esfuerzo y con el castigo sólo de unos pocos, las comunidades de Cristo, juntamente con su religioso emperador, fueron liberadas y vengadas” [Historia adversus paganos, VII, 38].

Todo lo que cuenta Paulo Orosio, que poco tiene que ver con los historiadores anteriores, es falso. El único valor de su testimonio es que da cuenta de la versión oficial que circuló por el imperio para justificar la traidora ejecución de Estilicón ordenada por el emperador Honorio: Como ha señalado Javier Arce, “Orosio tiene a Honorio como su héroe y modelo debido a su profesión de religión cristiana, que según el historiador, le permitió vencer a todos los tiranos” [España entre el mundo antiguo y el medieval, p. 102]. Y es que Paulo Orosio no fue testigo de lo que cuenta, pues vivió en España durante el gobierno de Estilicón, al que llegó a odiar, a tenor de lo que contó de él [Sobre ese odio, v. la n. 486 de la p. 261 de la traducción de Enrique Sánchez Salor]. Y de su valía como historiador da cuenta la valoración positiva sobre la muerte de Estilicón, que sólo agravó extraordinariamente los problemas del imperio de occidente: dos años después, Roma era saqueada por los godos, después de dos asedios infructuosos.

El valor de la obra de Orosio (c.383-c.420) se encuentra en el hecho de ser el primer ensayo cristiano de historia universal, que consagró la concepción providencialista de la historia, que tanta influencia tuvo en la Edad Media. Se trata de una obra de tesis, que respondía a la necesidad de dar una respuesta (a instancia de San Agustín) a las críticas que realizaban los paganos, que consideraban que los males que estaba sufriendo el imperio romano eran el resultado del abandono de los dioses que lo habían protegido. Por eso, la Historia contra los paganos es un museo de los horrores de la historia, como se ha afirmado, que pretende mostrar que en todas las épocas ha habido grandes desgracias, que éstas fueron mayores antes del nacimiento de Cristo y que los antiguos dioses no las habían evitado.

Sin embargo, el inmerecido prestigio de la historia de Paulo Orosio propició que la mala fama de Estilicón se prolongara hasta nuestros días. Así, dos siglos después, san Isidoro contaba que Estilicón había provocado el comienzo del asalto final al imperio romano de occidente: “En el año 444 de nuestra era [406], dos años antes de irrumpir [los godos]en la ciudad de Roma, los pueblos alanos, suevos y vándalos cruzaron el Rin, incitados por Estilicón” [Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum, c. 71].

Flavio Estilicón debió de nacer hacia el 360. Su padre, cuyo nombre se desconoce, fue un militar de origen vándalo que sirvió en la caballería a los emperadores Valentiniano I (364-375) y Valente (364-378). Su madre, también de nombre desconocido, fue seguramente una noble romana, lo que probaría el ascenso social de su marido. No es, por tanto, correcto llamar “vándalo”, como tantas veces se ha hecho a Estilicón, que nació en el imperio romano y tuvo una buena educación romana. Y desde luego fue un romano que defendió como nadie en su época al imperio romano. La familia de Estilicón se movía cerca de la corte. Eso facilitó que Estilicón comenzara su carrera militar en un cuerpo de élite, el de los protectores domestici, que servían cerca del emperador, lo que es la primera noticia que tenemos de su biografía. Ascendió pronto: en el 383, era ya tribunus praetorianus militaris, entre cuya funciones estaba la de ejercer de notario en el estado mayor imperial. En el 384, año del nacimiento del emperador Honorio, se casó con Serena, sobrina de Teodosio I. No era una pariente más del emperador, sino la sobrina favorita del emperador –como enfatizó Claudio Claudiano–, quien la adoptó como hija, cuando quedó huérfana, por lo que Estilicón se convirtió en su yerno. Por mucho aprecio que Teodosio el Grande hubiera cogido a Estilicón, no se ve qué interés podía tener el emperador en ese matrimonio. Desde luego, Estilicón debió estar muy interesado, pero no se acierta a intuir cómo podría haber satisfecho su ambición. Debió ser, pues, Serena la que se enamoró de Estilicón. Otra causa no se puede encontrar para un matrimonio que integró a Estilicón en la familia imperial y que fue fundamental en su ascenso. En el 392, era magister utriusque militiae (generalísimo) de Tracia, donde sofocó una revuelta visigoda en la que participó Alarico. Y en el 394 fue ascendido a comes et magister utriusque militiae, generalísimo, la máxima autoridad militar del Imperio después del emperador. Se piensa que fue entonces cuando adoptó el nombre de Flavio [“Flavius” (rubio) era el nombre de una familia que en el 69 se convirtió en la segunda dinastía del imperio romano. A finales del siglo III, se convirtió en un praenomen honorífico (el primero en hacerlo fue Constancio Cloro, el emperador padre de Constantino el Grande, quien también adoptó ese nombre). En el siglo IV, fue un nombre adoptado comúnmente por los altos cargos militares y civiles, costumbre que se prolongó en el siglo V].

La cuestión de Oriente

Cuando pretendía regresar a Constantinopla, tras vencer en la batalla del río Frígido al usurpador Eugenio (6 de septiembre del 394), Teodosio I murió inesperadamente (probablemente por un edema vascular) en Milán el 17 de enero del 395, con cuarenta y ocho años recién cumplidos. La sucesión estaba asegurada. Teodosio I ya había nombrado emperadores sus hijos: a Arcadio, nacido en España en el 377 o 378,  en el 383, cuando contaba con seis años; y a Honorio, nacido en Constantinopla en el 384, en el 393, con motivo de la usurpación de Eugenio y el niño tenía 7 años (nótese que cada hermano iba reinar en la parte del imperio en la que no había nacido). Lo que no estaba asegurada –con dos emperadores idiotas– es la unidad del imperio; como escribió Arther Ferrill, “la cuestión, entonces, no era quien podía llegar a ser emperador en Oriente y Occidente, sino más bien quién podía el poder detrás de los tronos” [La caída del Imperio Romano, p. 90]. No sabía Teodosio cuando murió que él iba a pasar a la historia como el último emperador de un imperio unido (aunque nunca fue el único, ya que compartió el imperio, en casi dieciséis años de reinado, con Graciano, Valentiniano II, Arcadio y Honorio, y los usurpadores Magno Máximo, su hijo Víctor, y Eugenio).

Desde el siglo III, el imperio romano había tenido normalmente más de un emperador. Pero la unidad del Imperio se mantenía, con más o menos problemas, por la concordia augustorum. Ahora, con dos hermanos menores no debería de haber habido problemas para mantener esa concordia. Pero la incapacidad de los dos emperadores fue aprovechada por élites orientales para independizarse. Esa independencia fue posible porque las dos partes del imperio eran muy diferentes. En una se hablaba latín, el griego en la otra. En Occidente, la aristocracia era mucho más poderosa. Oriente tenía unas ciudades más antiguas y estaba más urbanizado. Y, sobre todo, la crisis del imperio romano era mucho más grave en Occidente, hasta el punto de que se ha podido defender que Oriente se pudo salvar a costa de Occidente (lo que es una de las razones que justifican el empeño de Estilicón de controlar Oriente). Aun así, hay que señalar el Imperio conservó cierta unidad hasta el final (moneda, leyes). Por eso, Odoacro pudo justificar el destronamiento del último emperador de occidente, Rómulo Augustulo, en el 476, como un restablecimiento de la unidad del Imperio, reconociendo la autoridad teórica de Zenón, al que envió las insignias imperiales.

Según Estilicón, antes de morir, en una conversación a solas, Teodosio I le habría encomendado la tutela de sus dos hijos y, por tanto, el gobierno de todo el imperio. La noticia resulta muy sospechosa. Pero lo cierto es que en Milán se le creyó a Estilicón. Así, en el funeral, san Ambrosio, el más famoso obispo que ha tenido Milán, comentó que:

“Teodosio es aún más glorioso en esto: no hizo testamento conforme al derecho público; no tenía nada más que determinar respecto a sus hijos, a quienes les había dado todo, salvo ponerlos bajo la protección de un pariente cercano presente”.

Claudio Claudiano (c.370-c.405), el poeta más importante entonces, pero que estuvo al servicio de Estilicón, se expresó en el mismo sentido:

“Cuando llegaron al palacio, el emperador ordenó a todos que partieran y así, espontáneamente, se dirigió a su yerno: «Victorioso Estilicón, de cuyo coraje en la guerra, de cuya lealtad en la paz he dado pruebas, ¿¡qué hazaña guerrera he realizado sin tu ayuda!? ¿Qué triunfo he ganado que tú no me ayudaste a ganar? Juntos hicimos que el Hebro Tracio se tiñera de sangre gética, juntos derrotamos a los escuadrones de los sármatas, juntos descansamos nuestros cansados miembros sobre el helado Danubio con la rueda de nuestro carro: ven, pues, ya que los salones del cielo me reclaman, hazte cargo de mi tarea; sé tú el único guardián de mis hijos, que tu mano proteja a mis dos hijos. Te conjuro por ese matrimonio que te hace pariente mío, por la noche que vio su consumación, por la antorcha que en tu banquete de bodas la reina llevó en su propia mano cuando sacó a tu novia elegida del palacio imperial, toma sobre ti el espíritu de un padre, guarda los años de su niñez. ¿No era su padre tu amo y el padre de tu esposa? Ahora, ahora subiré tranquilo a las estrellas porque tú las vigilarás»” [“Panegírico del tercer consulado del augusto Honorio”, vv. 145-159].

Por otra parte, hay que tener en cuenta que sobraban razones para que Teodosio I hubiera tomado una decisión así. Tenía que ser consciente de la inutilidad de sus hijos. Estilicón, su yerno que le había dado el primer nieto, era el miembro de la familia imperial más capacitado para gobernar. Y lo cierto es que Estilicón, al que apreciaba, era entonces el militar de mayor graduación, comes et magister utriusque militiae [Adrian Goldsworthy, La caída del imperio romano: El ocaso de Occidente, La esfera de los libros, Madrid, 2009, p. 367], y tenía también el mando del ejército romano de campaña de oriente, que seguía en Occidente (y también el tesoro imperial, que se había traído Teodosio I). Podía confiar, además, que seguiría su política, que es lo que hizo. Pero también es verdad que Estilicón era ambicioso, y seguramente debía ser consciente de la importancia que tenía el mantenimiento de la unidad del imperio y del peligro que representaba la camarilla que controlaba a Arcadio, pues conocía muy bien la corte de Constantinopla, de la que había formado parte hasta entonces.

El problema de la sinceridad de Estilicón es irresoluble. Pero lo importante para explicar lo que sucedió después es que la corte de Constantinopla se habría opuesto aunque Teodosio I se hubiera manifestado con claridad. Podía alegar que Arcadio, con diecisiete años o a punto de cumplirlos, no necesitaba tutor y tenía plenos poderes para elegir sus colaboradores.

“En opinión de sus contemporáneos Arcadio era «tonto por encima de toda medida»” [Franz Georg Maier, Las transformaciones del mundo romano: Siglos III-VIII, p. 120]. Incapaz de gobernar, fue gobernado. Primero, durante unos meses, por Rufino, un galo que consiguió ser el prefecto del pretorio. Después, por Eutropio, un castrado tan corrupto como Rufino, que consiguió que –con gran escándalo– Arcadio le nombrara cónsul para el 399, el año de su caída y ejecución (el único eunuco que ejerció esa magistratura, que tenía todavía un gran prestigio y daba nombre al año). Entre ese año y el 404, cuando falleció, el poder lo ejerció Eudoxia, esposa del emperador, que en el año 400 fue nombrada augusta. Fallecida la emperatriz, el poder pasó entonces a Antemio, prefecto del pretorio,  que lo ejerció hasta el 414. Arcadio falleció el 1 de mayo del 408, con alrededor de treinta años. Le sucedió su hijo Teodosio II, con siete años. Incapaz de gobernar, también fue gobernado (desde el 414 por su hermana Pulqueria). Lo que le gustaba era copiar códices. Por eso ha pasado a la historia como “el bello calígrafo”, lo que he visto que un historiador ha entendido como que era un intelectual. Murió en el 450, con 49, lo que fue suficiente para convertirlo en el emperador romano con más años de reinado (aunque Augusto tuvo el poder durante más tiempo).

Estilicón comenzó su gobierno tratando de lograr el apoyo del Senado, que, a su vez, intentaba recuperar poder y entre cuyos miembros había muchos paganos descontentos con la política de Teodosio I. Con ese objetivo, en mayo del 395, Estilicón promulgó una ley que rehabilitaba a todos aquellos que hubieran ejercido un cargo a las órdenes del usurpador Eugenio.

Mientras Alarico protagonizaba una nueva rebelión. Tenía muchos motivos de descontento. En primer lugar, por las condiciones de asentamiento de los visigodos, con problemas de abastecimiento y una autonomía insuficiente, sin capacidad para elegir a los propios jefes. Y después, por el tratamiento que habían tenido los federados godos en la campaña contra Eugenio, en la que fueron utilizados como carne de lanza en la batalla del río Frígido, sufriendo un 50% de bajas (unos diez mil combatientes), sin recibir ninguna recompensa [“Fuentes romanas afirman que Teodosio envió a los confederados a la batalla primero en un intento deliberado de debilitarlos” (Ian Hughes, Stilicho: The Vandal Who Saved Rome, p. 174)]; a lo que siguió la orden de retirarse a los territorios de origen en invierno y por la misma ruta que habían venido, lo que dificultaba el aprovisionamiento, dado que la zona ya había sido esquilmada. A todo ello, hay que añadir la coyuntura favorablepara una rebelión, pues Constantinopla carecía de fuerzas para oponerse; en esos momentos, bandas de hunos, que habían atravesado el Cáucaso, asolaban territorios desde Armenia y Mesopotamia hasta Siria, y otras bandas de hunos y marcomanos hacían lo mismo en Tracia y Panonia; a lo que hay que sumar la tensión existente entre Occidente y Oriente.

Para comprender bien la situación de la época, hay que dejar claro que la campaña iniciada entonces por Alarico no fue una invasión, no porque partiera del interior del imperio, sino porque no pretendía conquistar ningún territorio. Era una rebelión de un oficial del ejército romano que no se conformaba con el rango de comes rei militaris, que había recibido como recompensa por el mando de las tropas bárbaras en la batalla del río Frígido. Lo que pretendía Alarico era ser nombrado general, magister militum, lo que suponía una retribución enorme, y convertir a sus seguidores en un ejército romano, con el derecho a suministros, soldadas y armas de las fábricas romanas de armamento.

Alarico no lo consiguió; tampoco lo logró en las siguientes ocasiones que lo intentó hasta su muerte en el 410, cuando seguía persiguiendo ese objetivo. Pero la guerra iniciada por Alarico en el 395 tuvo unas consecuencias extraordinarias: significó la creación de la monarquía visigoda y del pueblo visigodo [“Declarándose rey de los godos en el 395, Alarico creó un nuevo pueblo y, por primera vez en territorio romano, algo similar a un nuevo tipo de Estado” (Mª R. Valverde Castro, Ideología, simbolismo y ejercicio del poder real en la monarquía visigoda: un proceso de cambio, p. 27)]. Alarico, que era sólo uno de los muchos señores de la guerra que hubo en esta época, recibió el título de rey a partir del 395. Un rey sin reino, pero con sucesores que lo conseguirán en el 418 mediante un foedus con Roma (reino de Tolosa), y que se sucederán de forma ininterrumpida hasta el 720 (Ardo), aunque según las crónicas asturianas los monarcas asturianos continuaron esa sucesión (en todo caso, lo importante es que la monarquía visigoda es el origen de la monarquía española, que se ha prolongado hasta hoy) [Es importante señalar que “regnum” proviene de “rex”, que aludía a la autoridad que el jefe guerrero tenía sobre su gente y no a un territorio. V. Ana M.ª Jiménez de Garnica, “Sobre rex y regnum: Problemas de terminología política durante el primer siglo de historia de los visigodos”, pp. 57-78].

No sabemos cuántos guerreros acompañaron a Alarico en la expedición iniciada en el 395. Lo importante –para lo que nos interesa ahora– es que no fueron todos los godos que se habían establecido por el foedus del 382 en la Moesia Secunda y parte de la Tracia (aproximadamente lo que hoy es  el norte de Bulgaria y noreste de Serbia), divididos entre tervingios y greutungos, nombres que desaparecieron con la rebelión de Alarico. Lo sabemos porque todavía había godos en ese territorio en el siglo VI, según el testimonio de Jordanes, que les llamó  gothi minores”. Esto es: que la rebelión de Alarico dividió definitivamente a los godos asentados en el 382; definitivamente, porque antes del 395 ya había godos prorromanos (sumisos) o antirromanos (rebeldes), como el propio Alarico. Además, hay que tener, en cuenta, que los godos del 382 sólo eran una parte de los godos: dentro del Imperio, como esclavos o incluso en el ejército romano, y, sobre todo, fuera  había otros godos, entre los que los más importantes son los que se llamarían después “ostrogodos”. En cambio, a los godos deAlarico se sumaron otros bárbaros (entre los que estarían parte de aquellos que ya habían servido a sus órdenes en la campaña del 394) y romanos descontentos. Nada nuevo, porque los godos de Alaricoeran productode variasetnogénesis. Originarios de Escandinavia (considerada una vagina nationum por el historiador ostrogodo Jordanes), en el siglo I estaban ya en tierras de Polonia. De ahí, bajaron al mar Negro, donde se encontraban asentados hacia el 230. En el 271, Aureliano les cedió la Dacia, un territorio de cuya romanización da cuenta su nombre actual (y reciente): Rumanía. En el 376, el emperador Valente les concedió permiso para atravesar el Danubio, y en el 382 consiguieron ser asentados en Moesia Secunda y parte de Tracia. En todos esos territorios los godos se mezclaron con su población y, sin duda, dejaron godos cuando partieron. A partir del 395 y hasta su establecimiento en Aquitania en el 418, los godos de Alarico recorrieron el imperio romano de parte a parte (Iliria, Epiro Italia, Hispania y Galia), y engrosaron sus filas en cada uno de esos territorios, con gentes a veces de orígenes godos [En esa época, los que llamamos visigodos eran, en realidad, como ha señalado Chris Wickham, “un ejército romano corrupto dedicado a merodear por todo el norte del Mediterráneo durante los veinticinco años anteriores a su asentamiento” (Una historia nueva de la Alta Edad Media,p. 96)]. Es la etnogénesis que formó al pueblo visigodo –nombre, como el de los ostrogodos, no aparece hasta el siglo VI– en el que la primitiva raza estaba muy diluida. Y la etnogénesis continuó en los siglos siguientes en Francia y la península ibérica. No es un caso especial, sino un caso más entre los pueblos germanos. Según Reinhard Wenskus, cuya tesis constituye la explicación más acertada sobre el origen de los pueblos germánicos (etnogénesis, Stammesbildung), un pueblo germánico estaría formado alrededor de un pequeño grupo portador del nombre, las tradiciones nacionales y una realeza (en la mayoría de los casos, de carácter militar). A este grupo se irían añadiendo a lo largo del tiempo y por diversas circunstancias (victorias sobre otros pueblos, conquistas) nuevos elementos populares de origen heterogéneo (incluso romano).

Rebelado, Alarico se dirigió a Constantinopla, saqueando a su paso. No pretendía conquistar la ciudad, pues no tenía capacidad para tomar sus murallas. Lo que buscaba era forzar la negociación de un nuevo estatus para él y su ejército (lo que el saqueo de Constantinopla habría convertido en imposible). Según Zósimo, Rufino, que era quien mandaba en el imperio de Oriente, se reunió con Alarico y le dio permiso para devastar los Balcanes y Grecia con la condición de que se retirara de Constantinopla. Lo cierto es que Alarico respetó las propiedades que tenía Rufino por los lugares que pasó, “aunque esto probablemente sea una estratagema política de Alarico más que evidencia de soborno y corrupción por parte de Rufino” (Ian Hughes, Stilicho, p. 178). Así, la situación de Rufino, que estaba perdiendo influencia, quedó más comprometida aún. No sólo no había logrado que su hija se convirtiera en la esposa de Arcadio, sino que el emperador se casó el 27 de abril con Elia Eudoxia, hija del general franco Bauto, fallecido hacía una década. El matrimonio fue patrocinado por Eutropio, un eunuco que ostentaba el cargo praepositus sacri cubiculi (jefe del servicio doméstico del emperador, que tenía una gran influencia política) y conspiraba contra Rufino. Y es que Eudoxia tenía muchas razones para detestar a Rufino. Tenía que conocer los rumores, recogidos por Zósimo, de que había propiciado la emboscada que había acabado con el general Promoto, con cuya familia se había criado, antes incluso de quedar huérfana.

Una vez pacificado el limes renano con la sumisión de los francos que se habían aprovechado de la guerra civil entre Teodosio I y el usurpador Eugenio, Estilicón aprovechó los pillajes de Alarico para intervenir en los Balcanes. Con el ejército comitatense de Oriente, que todavía estaba a sus órdenes, y el de Occidente se dirigió contra Alarico. Al pasar por Nórico (Austria)y Panonia (Hungría), Estilicón dejó tropas para reforzar las guarniciones del Danubio. En Macedonia, alcanzó a Alarico, que huyó a Tesalia, donde Estilicón consiguió rodearlo en algún lugar del valle del río Peneo, según Claudiano. Entonces, cuando Estilicón estaba a punto de derrotar a Alarico, llegó la orden de Arcadio para que devolviera las tropas del ejército de Oriente. La orden era, en realidad, de Rufino, pero contaba con el apoyo del Senado de Constantinopla, que también defendía la independencia de Oriente. Estilicón obedeció. Podía haber demorado el cumplimiento de la orden, vencido a Alarico y después haberse presentado, con el prestigio logrado, en Constantinopla, para destituir al siniestro Rufino e imponer su regencia a Arcadio y devolver la unidad al Imperio. Se ha explicado su actitud por el temor a las represalias que podía sufrir su familia, pues su esposa, Serena, y sus hijos seguían residiendo en Constantinopla, donde se encontraba todavía el domicilio de Estilicón (pero es improbable que sus vidas corrieran peligro, en el caso de que los miembros de la familia fueran utilizados como escudos humanos, porque dejarían de serlo y porque Serena había sido una madre para Arcadio, su primo). Más atendible es el argumento de que Estilicón no se fiaba de las tropas del ejército oriental, que deseaban regresar a sus hogares, ni de su jefe, el godo Gainas, magister militum per Thracias, que tenía sus propios planes (y, seguramente, no deseaba enfrentarse a Alarico). Pero no es necesario recurrir a otras explicaciones cuando es claro que a Estilicón no le convenía desobedecer a Arcadio, ya que lo que pretendía era servirle, eso sí, gobernando. Y, desde luego, no quería iniciar una guerra civil, que hubiera sido la tercera en ocho años. Las ambiciones de Estilicón fueron siempre compatibles con los intereses del imperio romano y la fidelidad a las dinastía teodosiana. Así, pues, Estilicón regresó a Italia, pues no podía seguir combatiendo a Alarico sólo con las tropas occidentales, cuyo valor militar era entonces dudoso, dado que en los últimos 8 años habían sido derrotadas de manera contundente por el ejército oriental (Siscia y  Poetovio en el 388, y río Frígido en el 394).

Significativamente, Rufino no empleó al ejército comitantense que había recuperado para combatir a Alarico, que continuó con las manos libres para saquear a los súbditos del gobierno de Constantinopla, que temía más a Estilicón. Pero Rufino no pudo disfrutar de su éxito. Con el emperador, salió al Hebdomon, el campo de Marte de Constantinopla, a unos 4 km en las afueras de la ciudad, para recibir al ejército de Gainas. Durante los discursos, las tropas rodearon lentamente al séquito imperial y, de repente, en presencia de Arcadio, masacraron a Rufino, que había prescindido de su guardia personal de hunos al acompañar al emperador. Se ha acusado muchas veces a Estilicón de este crimen. Ciertamente, el general romano detestaba a Rufino desde hacía años, pues era amigo de Promoto, pero no puede aducirse ninguna prueba (tampoco de una amistad entre Estilicón y Eutropio, que se habrían puesto de acuerdo para eliminar a un enemigo común). También se ha acusado, sin pruebas, a Gainas, que no se ve qué podía ganar con este crimen (tampoco hay pruebas de que se entendiera con Eutropio, con el que se llevará mal; cuatro años después, pidió y consiguió la destitución de Eutropio, que terminó ejecutado). Es posible que, como escribió Claudiano, fuera una reacción de unos soldados, que tampoco apreciaban a Rufino, por el trato que les había dispensado y que contrastaba con el que les había dado Estilicón. Los asesinos no fueron castigados. Eutropio se convirtió en el nuevo hombre fuerte del imperio de oriente, lo que ha hecho que sospeche de su participación en el crimen y de haberlo planeado con Gainas y/o Estilicón. Las tropas se enviaron al este para combatir a los hunos. Y Gainas siguió siendo magister militum per Thracias, pero no recibió tropas. Alarico podía continuar tranquilo. Eso es lo único que sabemos sobre el rey godo. Ian Hughes piensa que se retiró al Danubio e, incluso, que cruzó el río para reorganizarse [Stilicho, p. 199]. Pero esa interpretación no puede corroborarse con las escasas y parcas fuentes. Según Zósimo, que no es fiable, ya que convierte en una las campañas de Estilicón del 395 y 397, “Alarico, al ver que Estilicón se había retirado con sus tropas, se movió libremente por las tierras de Tesalia y las regiones vecinas, tomando posesión de lo que encontraba” [Historia Nueva, V, 5-6]. Según Claudiano, tras el levantamiento del cerco, los godos buscaron refugio en territorio más seguro: “Se retiraron hacia sus antiguos ríos y las tierras donde habían nacido, lejos de la lanza latina, y buscaron los refugios de su patria” [De Bello Gothico, vv. 534-536].

A comienzos del 396 (o finales del 395), Eutropio se ofreció a devolver a Occidente la diócesis de Panonia, que abarcaba aproximadamente la mitad occidental de los Balcanes (siete provincias y casi 150.000 km2). Este territorio había sido cedido por Graciano a Teodosio en el 379, cuando fue nombrado emperador de Oriente, para que pudiera enfrentarse a los godos, que el año anterior en Adrianópolis. Este territorio era muy importante para Occidente. Era fundamental para impedir la invasión de Italia por los Alpes julianos, dado que permitía controlar las dos vertientes. Además, de los impuestos que proporcionaba era fundamental para el ejército, ya que los Balcanes se había convertido en la principal fuente de reclutamiento, en una época en la que los romanos no querían servir en el ejército, y proporcionaba también muchos caballos. Con la devolución de ese territorio, en un año en el que Arcadio y Honorio compartieron el consulado, Eutropio esperaba mantener una buena relación con Occidente y Estilicón, al que probablemente consideraba su principal enemigo, pues era el que más posibilidades tenía de sustituirle (desde luego, esa cesión no puede probar que ambos personajes se hubieran unido para acabar con Rufino). Y, además, podía repatriar unas tropas que eran necesarias en Oriente.

Diócesis de Panonia
Para entender la caída del imperio romano, hay que tener presente que la sociedad romana se convirtió en una sociedad civil, la primera de la historia de Occidente, en la que los guerreros –antaño todos los ciudadanos– se convirtieron en una profesión, que en el Bajo Imperio no tenía atractivo (se tuvieron que castigar las automutilaciones de los que trataban de eludir el reclutamiento). En este sentido, resulta muy significativa la evolución de la procedencia geográfica de los soldados: romanos, italianos, provinciales, habitantes de las fronteras y, en el Bajo Imperio, bárbaros, que eran la mayoría en la época de Estilicón. Eso explica la procedencia de Iliria o los Balcanes de la mayoría de los emperadores a partir del siglo III. Sólo por poner algunos ejemplos significativos: A los llamados “emperadores ilirios”, siete de los nueve que hubo entre 268 y 285, les sucedieron Diocleciano y Constantino I (cuyo padre el emperador Constancio I también fue ilirio), los fundadores del Bajo Imperio; y la dinastía valentiniana, sucesora de la constantiniana, también procedía de Iliria. Teodosio I, nacido en Hispania, que fundó la última dinastía de Occidente fue una excepción. 

Alarico aprovechó que Estilicón estaba ocupado en el 396 combatiendo en el Rin y que el ejército de Oriente estuviese luchando contra los hunos para dirigirse a Grecia, un territorio que no había sido saqueado. Zósimo asegura que fue instigado por Rufino (que, como sabemos, estaba muerto). Sucede que Zósimo explica las derrotas y desastres de los romanos mediante traiciones. Que esas explicaciones parecieran verosímiles indica hasta qué punto fue corriente en aquella época la corrupción y cómo las ambiciones de muchos fueron contrarias a los intereses del Imperio. Eutropio, aunque fue uno de esos ambiciosos, no llegó a tanto en este caso. Además, sucede en esta ocasión que Zósimo, probablemente el peor historiador en lengua griega, está completamente equivocado; baste con decir que convirtió las campañas del 395 y del 397 en una sola, que situó en la época de Rufino.

Ante la inacción de Eutropio, Estilicón con un ejército, que incluía a los bárbaros reclutados el año anterior, embarcó en Rávena en la primavera del 397 para dirigirse contra Alarico. Estilicón no sólo seguía defendiendo la totalidad del Imperio, sino que tenía, además, una cuenta pendiente con Alarico, porque éste había traicionado el pacto al que había llegado en el 393, tras haberle vencido en la primera rebelión que protagonizó. Además, el prestigio que podría conseguir liberando Grecia podía servir para hacer realidad sus ambiciones sobre Oriente (y mostrar la conveniencia de mantener la unidad del Imperio). Estilicón desembarcó en Corinto, que había sido saqueada por Alarico (y, desde luego, debió de ser muy bien recibido). Tras un primer enfrentamiento favorable a los romanos, Alarico emprendió la huida. Pero, lastrado por las mujeres y niños, Estilicón le dio alcance, rodeándole en el monte Pholoe, situado entre Arcadia y la Élide. Simplemente había que esperar a que se rindieran cuando se les acabaran las provisiones (no tenía sentido iniciar un ataque, que produciría bajas, cuando probablemente Estilicón pretendía reclutar a los vencidos). Entonces sucedió una historia que ayuda mucho a comprender cómo se produjo la caída del imperio romano y cómo la culpa recae, sobre todo, en los romanos. Y es que Arcadio ordenó a Estilicón que cesara su ataque y que regresara a Italia. Como en esta ocasión el general romano no obedeció, Estilicón fue declarado “hostis publicus”, lo que significaba también que se le confiscaban todas las propiedades que tenía en el imperio de oriente, que es donde había residido hasta hacia dos años, y que no pudiera ser abastecido por la población. A Estilicón no le quedó otro remedio que retirarse, pues perseverar significaba la guerra con el imperio de oriente, que para el general romano habría sido una guerra civil, cuando lo que perseguía era el mantenimiento de la unidad del Imperio. 

Esto es: dado que fue el Senado de Constantinopla quien declaró enemigo público, había muchos poderosos que, por sus intereses y ambiciones, preferían a un bárbaro que saqueaba la patria que a un romano que defendía el Imperio. Y no fue una excepción, sino un comportamiento que se repitió demasiadas veces. Y significó también una ruptura entre las dos partes del imperio romano que no tenía precedentes y que no tuvo vuelta atrás, sino que se consolidó.

Alarico no sólo se salvó de la derrota gracias al gobierno de Constantinopla, sino que consiguió su objetivo. Fue nombrado magister militum per Illyricum y asentado en Macedonia y Tracia, con mando sobre las unidades militares romanas del territorio y todas las ventajas de un ejército de campaña (soldadas, abastecimiento y armamento). Por su parte, Eutropio conseguía dos objetivos. Por una parte, terminaba con los saqueos de los godos, que le desprestigiaban. Por otra, colocaba al ejército de Alarico en la frontera con el imperio de occidente, frente a Estilicón. Este acuerdo ha permitido suponer que Eutropio ya estaba negociando con Alarico cuando se produjo el ataque de Estilicón, lo que es muy verosímil, ya que es lo que perseguía Alarico, Pero eso no puede explicar que Estilicón fuera declarado enemigo público. Alarico no disputaba el poder a Eutropio; Estilicón, sí.

Honorio nació en Constantinopla el 9 de septiembre del 384. Al año siguiente murió su madre Aelia Flacilla. Su crianza recayó entonces en su prima Serena, que también era su hermana adoptiva. El matrimonio de Teodosio en el 387 con Gala, que daría Arcadio y Honorio una hermana, Gala Placidia, la mujer más famosa del siglo V, no cambió la situación. De hecho, se sabe que Arcadio detestaba a su madrastra, a la que expulsó del palacio de Constantinopla, mientras su padre estaba en Occidente combatiendo a al usurpador Eugenio; cuando el emperador regresó, estableció a su esposa en una residencia propia, donde vivió hasta su fallecimiento en el 394. Cuando murió Teodosio I, Honorio tenía 10 años y continuó viviendo con Estilicón y Serena, como Gala Placidia.
Los favoritos del emperador Honorio
Este cuadro pintado por el artista británico John William Waterhouse en 1883 (Art Gallery of South Australia de Adelaide) ilustra una historia contada por Procopio sobre la reacción de Honorio ante la conquista de Roma por los visigodos en agosto de 410: “Uno de sus eunucos se acercó y le dijo que Roma había perecido. Visiblemente impresionado el emperador gritó: «Y sin embargo, ha comido de mi mano hace unos instantes!». Porque él tenía una gallina muy grande, su favorita, llamada Roma. El eunuco comprendió la confusión y le dijo que era la ciudad de Roma la que había perecido a manos de Alarico. El emperador, con un suspiro de alivio, respondió rápidamente: «Pero yo, mi buen amigo, pensé que era mi gallina Roma la que había perecido». Tan grande, dicen, fue la locura con la que estaba poseído este emperador”. Se non è vero, è ben trovato. Efectivamente, la historia probablemente es falsa, pero refleja muy bien la cobardía e incompetencia de Honorio, que tras matar a Estilicón, escondido en Rávena no hizo nada contra el ejército de Alarico que, entre el 408 y el 410, saqueó Italia y asedió Roma tres veces.

La revuelta de Gildón   

A su regreso a Italia, Estilicón se encontró con un nuevo problema, esta vez en el sur (o sea, en los tres primeros años de gobierno, el general romano tuvo que luchar en los tres lados del imperio romano de occidente): la insumisión de Gildón, que gobernaba la diócesis de África, casi todo el territorio africano del imperio romano de occidente [menos la Mauritania Tingitana (Marruecos), que, por razones militares, estaba encuadrada en la diócesis de Hispania].

Gildón era hijo de Nubel, un jefe tribal mauritano muy poderoso, cuyo territorio se ubicaba en la Mauritania Caesariensis (centro de la Argelia romana): “durante cuatro décadas, desde finales de la década del 350 al 398, toda la política y todo el poder en la más rica diócesis del Occidente romano, la africana, giró en torno a una sola familia: la de Nubel” [José Soto Chica, El águila y los cuervos: La caída del Imperio romano, p. 31. Para este autor “el caso de Gildón nos enseña dos cosas importantes para comprender la caída del Imperio: el gran poder de las élites regionales y su tendencia y capacidad para imponer sus intereses al Imperio y ello hasta el punto de independizarse de facto de él”]. En África, el imperio romano tuvo que aceptar la autoridad de reguli, como Nubel, aunque no se les reconociera oficialmente el título, pero sí honores y cargos. Los emperadores se aprovechaban de la autoridad tribal que tenían estos reyezuelos para gobernar a la población y conseguir tropas. Gildón era también propietario de un inmenso patrimonio, que había aumentado gracias a la corrupción, hasta el punto de que, cuando le fue confiscado, hubo que nombrar a una persona para administrarlo, el comes Gildoniaci patrimonio, lo que fue un alivio para la exhausta hacienda romana. Hacia el 385, fue nombrado comes Africae (y posiblemente magister utriusque militae per Africam) por Teodosio I, según Orosio. Se cree que el nombramiento fue una forma de recompensar a Gildón por el apoyo que había prestado a Teodosio el Viejo, padre del emperador, durante la rebelión de Firmo (372-375). Firmo, hermano de Gildón, había sido acusado de matar a Zamac, hijo de una concubina y del reyezuelo Nubel, padre de todos ellos. Según Amiano Marcelino, Zamac “era muy querido” por Romano, el muy corrupto comes Africae, quien “intentó con todas las fuerzas vengar la muerte”. Ante el temor de ser apresado y ejecutado, Firmo, con el apoyo de varias tribus moras, se rebeló. Valentiniano I consideró conveniente enviar en el 373 un pequeño ejército al mando de Teodosio el Viejo, también para investigar a Romano, cuyo comportamiento con la población era criminal. Primero cayó Romano, que fue juzgado y condenado (perdió sus bienes, aunque no la vida, que acabó en el destierro). Y luego, después de una guerra de tres años, Firmo, quien derrotado prefirió ahorcarse antes de caer en manos de Teodosio el Viejo, que había demostrado una crueldad extraordinaria, también contra sus propios soldados, a los que cortaba manos y ejecutaba. El padre de Teodosio no pudo disfrutar de la victoria, ni siquiera regresar de África. Acusado de traición, fue llevado prisionero a Cartago, donde fue ejecutado a principios de 376 (por cierto, se hizo bautizar antes de morir, una costumbre de la época explicable por la polémica sobre el perdón de los pecados, que el bautismo aseguraba). Lo sucedido resulta un misterio. Se piensa que la muerte de Valentiniano I, el 17 de noviembre del 375, le hizo caer en desgracia. La camarilla que rodeaba a Valentiniano II, que tenía entonces cuatro años, debió de temer la existencia de un general tan poderoso. Su hijo Teodosio, que había comenzado su carrera militar en la frontera danubiana, abandonó la vida pública y regresó a España. Sin embargo, misteriosamente también menos de dos años después regresó a Moesia como dux, cargo que se piensa que pudo haber desempeñado ya. Y el 19 de enero del 379 era proclamado emperador en Sirmio, en la actual Serbia, una de las ciudades más importantes para la defensa del Danubio. Aunque se han aducido varias explicaciones, fue una decisión del emperador Graciano para solucionar la grave crisis provocado por el desastre de Adrianópolis [V. Gonzalo Bravo, Teodosio: último emperador de Roma, primer emperador católico, pp. 87-90].

Gildón gobernó tiránicamente y de forma semiindependiente. Una de las razones fundamentales que explican la gran autonomía con la que gobernó es la importancia que tenía el suministro de grano africano para Roma; los emperadores no estaban interesados en iniciar conflictos que interrumpieran ese suministro por la impopularidad que podrían producir. Durante la usurpación de Máximo (387-388) su actuación resulta controvertida. Acabada la terrible guerra civil, Teodosio I se conformó con pedir a Gildón que enviara a su hermana Salvina como rehén a Constantinopla, donde el emperador la casó con un sobrino, Nebridius, hijo de una hermana de su primera esposa, Flaccilla, con lo que, al formar parte de la familia imperial, dejó de ser una rehén, lo que satisfizo a Gildón. Luego, durante la usurpación de Eugenio en Occidente (392-394), no apoyó a Teodosio I y mantuvo el suministro de grano a Roma, con el objetivo de no enemistarse con el que saliera vencedor en un enfrentamiento en el que no tenía nada que ganar. Finalmente, Gildón rompió con Estilicón: mandó una embajada a Eutropio, al parecer a finales del 397, para anunciarle su disposición de ponerse bajo la autoridad de Arcadio; era preferible un amo lejano y débil que uno más cercano y fuerte [Establecer una cronología precisa de la rebelión de Gildón parece una tarea imposible]. Se ha aducido como una razón el que su hermano Mascezel se hubiera refugiado en Milán con Estilicón, a quien pidió ayuda. Se piensa que Gildón habría intentado asesinarlo, aunque Orosio no dice nada al respecto; simplemente señala que Mascezel, “detestando las revolucionarias maquinaciones de su hermano, marchó a Italia dejando en el ejército africano a sus dos hijos adolescentes”, que Gildón mató a continuación [Historia adversus paganos, VII, 36].  En todo caso, Mascezel, que tenía partidarios en África, se convirtió en el enemigo más importante de Gildón. Por su parte, Eutropio no vio más que ventajas en esta ilegalidad, pues es irrelevante que el fallecido Teodosio I hubiera otorgado la diócesis de África a Gildón. Éste no tenía libertad para elegir emperador. Ningún gobernador lo hizo, salvo en una guerra civil.

Estilicón actuó con suma rapidez, para evitar que la crisis se desarrollara con toda su peligrosidad, aunque no quería declarar la guerra a Gildón, porque podría parecer que era él el responsable de la interrupción del suministro de grano, aceite y carne salada. Organizó el transporte de alimentos desde España y Francia. Consiguió que el Senado, al que devolvió el senatus consultum (facultad legislativa que no ejercía desde hacía más de un siglo), declarara hostis publicus a Gildón, de tal manera que libró de la responsabilidad de iniciar la guerra a Estilicón, que, además, consiguió así que los senadores se implicaran en la financiación de la guerra. Y reunió un pequeño ejército formado por tropas de élite (según Orosio, cinco mil hombres) que, al mando de Mascezel, envió rápidamente a África, mientras (al parecer en la primavera del 398) formaba en Italia otro ejército mayor por si la guerra, como era previsible, se alargaba. La rebelión de Firmo, hermano de Gildón, había durado tres años. Cabía la posibilidad de que si Gildón era derrotado en una batalla, continuara la contienda mediante guerrillas, con el apoyo de tribus moras. Y, sobre todo, estaba el peligro de que el imperio de oriente interviniera si la rebelión no se sofocaba con rapidez.

Por una vez, no fue necesaria la intervención de Estilicón. En unas pocas semanas Mascezel acabó con la rebelión. Sabía que Gildón se encontraba en Cartago, por lo que desembarcó cerca de la capital de la diócesis. Inmediatamente Gildón salió a su encuentro  (con setenta mil hombres, según Orosio, que quiere demostrar la existencia de un milagro por la piedad que había mostrado Mascezel), pero fue completamente derrotado con rapidez y pocas bajas, porque le abandonaron unas tropas que no estaban dispuestas a sacrificarse por un usurpador como él (al parecer, en julio). Gildón consiguió huir. Pero no pensó en organizar una resistencia con tribus moras, sino en viajar a Constantinopla. Tampoco lo consiguió por la falta de viento y prefirió ahorcarse, como su hermano Firmo, antes que caer en manos de Mascezel (también se contó que sufrió un naufragio y fue estrangulado por los que le capturaron).

La muerte de Mascezel

Mascezel apenas sobrevivió a su éxito. Vuelto a Italia para celebrar su victoria, murió en Milán repentinamente. Según Zósimo (c. 460-c. 520), fue un asesinato planeado por Estilicón:

“Estilicón, aunque resentido por su triunfo [de Masecezel], fingía agasajarle, dejándole entrever perspectivas excelentes. Mas con ocasión de encabezar, seguido por Mascezel y los demás, la marcha a cierto suburbio, cuando se halló sobre el puente de un río, los soldados de su guardia, en ejecución de una señal que les dirigió, empujan a Mascezel al río. Reía Estilicón y, mientras, se apoderan las aguas de aquél hasta ahogarlo” [Nueva Historia, V, 11].

Hay razones para desconfiar de este testimonio escrito un siglo después de los acontecimientos que detalla. 

En este libro, el traductor, José María Candau, señala que “una característica central de la Nueva Historia, [es] su falta de claridad expositiva. El carácter confuso de su relato, su torpeza en la presentación de las distintas situaciones hacen de Zósimo uno de los historiadores griegos peor considerados —si no el peor— por la crítica moderna” (p.43).

La primera razón es que Zósimo no es fiable. L. Mendelssohn, autor de la primera edición crítica de la Nueva Historia, escribió que “cuanto más se utiliza, más se aprende a desconfiar de Zósimo, porque confunde la cronología, ignora la geografía, relaciona lo que no tiene relación, disocia lo que no debería serlo, ignora lo que es importante para ceñirse a las anécdotas inventadas o los relatos maravillosos, cuenta dos veces los mismos episodios de una manera un poco diferente; en pocas palabras: no está libre de ninguno de los defectos que puede tener un historiador” [cit. por F. Paschoud, Zosime: Histoire nouvelle, I, pp. LXXIV-LXXV, donde añade que “esta apreciación es más incompleta que falsa”]. François Paschoud, autor de la última edición crítica de la Nueva Historia, de su traducción al francés y, probablemente, el mayor especialista sobre Zósimo, también ha destacado la importancia de los errores, confusiones, contradicciones e imprecisiones del autor griego, al que considera “un historiador muy mediocre” [Zosime…, I,  p. LXXVII, un juicio repetido por la gran especialista en el Bajo Imperio, Émilienne Demougeot (L¨Empire Romain et les barbares d´Occident (IVe-VIIe siècles), p. 188)]. Para José María Candau, el mayor especialista español en Zósimo (y autor de la traducción española de su obra), una “característica notable de la Nueva Historia es su ínfima calidad en lo tocante a rigor, a exactitud y a claridad expositiva; por lo que respecta a esas cualidades Zósimo es probablemente el peor entre los historiadores griegos cuya obra ha sido transmitida” [“La perspectiva histórica de Zósimo”, p. 19]. J.M. Candau termina así su estudio: “Tradicionalmente las incoherencias, los errores y las inexactitudes en que incurre la Nueva Historia se han explicado como consecuencias de una redacción apresurada y poco cuidadosa; es posible que esa explicación sea cierta, pero también es posible ver en la negligencia de Zósimo la reacción de un autor que deja su obra inconclusa al percatarse de los fallos que la recorren. Si ello se admite hay que admitir también que las deficiencias de la Nueva Historia son estructurales, pues brotan del planteamiento mismo del que parte la composición” [ibid.,p. 28]. Yo mismo, al estudiar la usurpación de Constantino III, he podido comprobar los numerosos errores, a veces disparates, las contradicciones, el desorden y la torpeza narrativa, que produce un relato confuso, de Zósimo [“La usurpación de Constantino III y la invasión del 409 en Hispania”]. Basta citar dos disparates extraordinarios sobre grandes acontecimientos para comprobar que Zósimo es uno de los peores historiadores de todos los tiempos.

El primero es sobre la batalla de Fiesole, la gran victoria de Estilicón, que se produjo en las cercanías de Florencia y que Zósimo situó al norte del Danubio, ignorando la terrible invasión que atemorizó a Italia durante meses:

“Radagaiso, al frente de cuatrocientos mil bárbaros procedentes de los pueblos celtas y germanos del otro lado del Danubio y del Rin, se puso en movimiento para pasar a Italia. Cuando ello fue anunciado, todos quedaron aterrorizados al oír por primera vez la noticia. Pero al tiempo que las ciudades renunciaban a alimentar esperanzas y la misma Roma, en medio del más extremo peligro, se veía sumida en confusión, Estilicón, después de hacerse con todo el ejército estacionado en Tesino de Liguria (que sumaba un total de treinta unidades) y con cuantas tropas aliadas, procedentes de alanos y hunos, pudo conseguir, sin aguardar el ataque del enemigo cruzó el Danubio con todo su ejército. Cayendo inesperadamente sobre los bárbaros exterminó, en generalizada masacre, a la totalidad del ejército enemigo, de suerte que no quedó ninguno de ellos salvo unos pocos incorporados por él mismo a los aliados de Roma” [Nueva Historia, V, 26, 3-5; trad. Candau Morón, p. 462].

En cambio, Zósimo hizo partir de Italia la famosa invasión de suevos vándalos y alanos, que atravesaron el Rin el 31 de diciembre del 406, un acontecimiento tan célebre que ha hecho que muchas veces se haya puesto como límite final de la Edad Antigua:

“En tiempos anteriores a éstos [de la campaña de Saro contra Constantino III del año 407], cuando Arcadio y Probo ostentaban el consulado por sexta vez, vándalos que se habían mezclado con suevos y alanos franquearon esos parajes [los Alpes] y castigaron las provincias transalpinas; habiendo efectuado una gran masacre, llegaron incluso a despertar miedo entre las legiones de Britania, con lo que les obligaron, temerosos de que se abatiesen también sobre ellas, a recurrir a la elección de usurpadores –me refiero a Marco, Graciano y tras ellos Constantino–” [Nueva Historia, VI, 3, 1. Conviene señalar que el pasaje reproducido es el comienzo de un párrafo particularmente deficiente, en acertada calificación de F. Paschoud (Zosime…, III-2, p. 20),  que, además, constituye una regresión en el relato de la usurpación de Constantino III en la que se repiten datos ya enunciados en VI, 2, 1,  y se comete el error de situar la rebelión del ejército romano de Inglaterra tras la invasión, cuando ya se habían elegido a esos usurpadores].

En realidad, Zósimo básicamente copiaba, muchas veces mal. La parte en la que se encuentra la muerte de Mascezel está inspirada en una historia de Eunapio de Sardes (347-414), que fue muy hostil a Estilicón, quien fue considerado un enemigo del imperio de Oriente porque intentó evitar su independencia  [la obra, que era una continuación de la historia de Dexipo, se ha perdido en casi toda su totalidad]. La historia de Eunapio de Sardes terminaba en el 404. Zósimo continuó la suya copiando a Olimpiodoro de Tebas (378-c. 425), de cuya historia sólo se conserva un resumen redactado de memoria por el famoso patriarca Focio en el siglo. IX. Como Olimpiodoro fue favorable a Estilicón, en la obra de Zósimo hay dos estilicones; uno, el primero, es un personaje funesto; el segundo, un grande. No es que Zósimo creyera que Estilicón tuvo una transformación, que no explicó. Es que al principio Zósimo se inspiraba a Eunapio de Sardes y después en Olimpiodoro de Tebas. Que Zósimo no se diera cuenta de la contradicción e intentara corregirla nos dice mucho de su inteligencia y todo de su valía como historiador. 

Para Ian Hughes, autor del último libro dedicado a Estilicón, el testimonio de Zósimo sobre la muerte de Mascezel “puede ser poco más que propaganda oriental”, aunque concluye que “es más probable que, en esa ocasión, Estilicón efectivamente dispusiera la eliminación de su potencial rival” [Stilicho,p. 235].

Recientemente, Federico Romero ha escrito que “la historia tiene visos de realidad. Estilicón no iba a consentir que alguien tan poco fiable como Mascezel, antiguo traidor a Roma [no hay ninguna prueba de que hubiera apoyado la rebelión de Firmo] y ahora asociado a los grupos de senadores católicos opuestos a su política [lo que sólo es una hipótesis sin fundamento en las fuentes], alcanzara, aupado por la victoria y la protección de Honorio [lo que ni siquiera es verosímil], un puesto de prestigio en la opinión pública que debía corresponderle solo a él” [En defensa de Roma, p. 318-319]. Pero la realidad es que Estilicón no tenía motivos para considerar que Mascezel pudiera ser un rival, cuando acababa de convertirse en suegro de Honorio, tenía el apoyo del Senado y controlaba el ejército. Mascezel, un príncipe moro recién llegado a Italia, no podía aglutinar un partido de oposición. Que el sincero cristianismo de Mascezel pudiera haber aglutinado un partido de los que se oponían a las concesiones de Estilicón hacia los paganos [I. Hughes, Stilicho, p. 230] es solo una hipótesis que se encuentra, además, con la dificultad de que Orosio explica la muerte de aquel por un sacrilegio, que es lo último que se conoce que hizo.

Camafeo de Honorio y María
María se casó con Honorio, su tío segundo con el que se había criado, probablemente en febrero del 398. El emperador no había cumplido los catorce años y María tenía unos doce. El matrimonio muestra la ambición de Estilicón que entregaba su hija a un individuo muy feo, cretino y sin ninguna virtud, que probablemente había dado muestra ya de su maldad. Zósimo lo contó así: “Cuando Honorio iba a contraer matrimonio con María, la madre de ésta veía que la joven aún no tenía edad para el matrimonio; dado que no soportaba la idea de retrasar el matrimonio, pero de otro lado 〈consideraba〉 que acceder a la unión sexual sin tener edad para ello no es sino violentar las leyes de la naturaleza, como casualmente diese con una mujer versada en tales menesteres, consigue por medio de ella que su hija case con el Emperador y comparta su lecho sin que aquél pueda ni quiera cumplir con lo que al matrimonio toca. A todo esto murió la joven en ignorancia de la vida matrimonial” [Historia Nueva, V, 28]. Lo cierto es que el matrimonio, que duró probablemente nueve años, no tuvo hijos. Se piensa que María murió en el 407. Entonces Honorio se casó, a principios del 408, con Termancia, cuñada y sobrina. Zósimo señala que fue una iniciativa de Serena y Honorio, que no gustó a Estilicón. Cuando meses después el emperador ordenó la traidora ejecución de Estilicón, Honorio repudió a Termancia. Y no volvió a casarse en los trece años de vida que le quedaban (ni se conoce que tuviera alguna amante). Hay razones, pues, para pensar que Honorio fue también impotente. En un texto de Olimpiodoro de Tebas, que fue contemporáneo de Honorio, conservado en la Biblioteca de Focio (fragmento 12), se cuenta que Honorio “contrajo matrimonio primero con María, hija de Estilicón, y después con su hermana Termancia; pero no consumó ninguno, sino que permaneció virgen hasta el final”. Por lo demás, el camafeo prueba la fealdad de Honorio, pese a que su rostro está idealizado. En otras obras, el aspecto desagradable del Emperador, puede atribuirse a la torpeza de los artistas en esta época de decadencia. Pero eso no sucede con María en este camafeo.

Zósimo da como única explicación del crimen que atribuye a Estilicón el resentimiento del generalísimo romano. Pero eso parece simplemente la mejor excusa que se le ocurrió a quien contó esa historia. Nada permite pensar que Estilicón fuera de esos hombres que no soportan el éxito de sus colaboradores. Ciertamente apenas sabemos nada de las relaciones que en ese momento podían mantener Estilicón y Mascezel. Cualquier conjetura, pues, es posible. Pero también la de que Estilicón tendría que estar agradecido a Mascezel por el grave problema que le había solucionado. Por eso, como en tantos episodios del pasado, tenemos que conformarnos con lo que sabemos. Y, por consiguiente, deducir que no hay móvil para el crimen del que se acusa a Estilicón.

Por otra parte, el relato del crimen de Zósimo plantea problemas. No hay ninguna razón para suponer que, si Estilicón deseaba deshacerse de Mascezel, hubiera procedido de una forma tan desvergonzada. Nada de lo que conocemos del generalísimo romano permite conjeturar semejante comportamiento. Hay formas muy discretas para eliminar un rival. Además, lo que cuenta Zósimo es inverosímil. Dado que estaban en las afueras de Milán, el cortejo tenía que ir a caballo. Que cruzando un puente alguien diera un empujón a Mascezel y que este cayera al río resulta, en principio, increíble. Por eso, nadie hubiera diseñado un plan así.

Ciertamente estamos en una época en la que los asesinatos fueron corrientes en la vida política, como lo testimonian tantas muertes de personajes importantes. Pero también es un periodo en el que las muertes repentinas se solían explicar por envenenamientos. Y que no tenemos pruebas de que Estilicón se dedicara a esa forma de hacer política que sufriría él, su esposa y su hijo en el 408.

El testimonio de Zósimo no sólo presenta muchos problemas, sino que, además, es el único testimonio. Claudio Claudiano, cuyos poemas son una de las fuentes más importantes de la época, no cuenta nada. Como estaba al servicio de Estilicón, algunos historiadores creen que ese silencio es sospechoso. Pero, en realidad, no hay ninguna razón para pensar que debiera haber compuesto un poema funerario sobre Mascezel; y cronista no era. Lo significativo es que quien lo era, Paulo Orosio, si dio cuenta de la muerte de Mascezel, pero no la atribuyó a Estilicón, pese al odio que le profesaba, sino a Dios, por un sacrilegio, cometido tras la victoria sobre Gildón, lo que casa muy bien con un fallecimiento imprevisto:

“Es cierto que Mascezel, insolentemente ensoberbecido por el éxito, tras olvidar la amistad que le había unido a los santos, con cuya compañía en las armas había vencido, tuvo la osadía de profanar incluso a la Iglesia y no dudó en arrancar a algunos de su seno. Enseguida le llegó el castigo al sacrilegio. Pues mientras aquellos a los cuales él había arrancado del seno de la Iglesia para castigarlos siguieron viviendo y gozando, solo él [Mascezel] fue castigado después de algún tiempo y comprobó, solamente en sí mismo, que el juicio de Dios está siempre vigilante para bien o para mal; y es que, cuando él esperó en Dios [como cuando navegaba para combatir a Gildón, con “días y noches ininterrumpidos en oraciones, ayunos y cantos de salmos” ], fue ayudado, y, cuando le despreció, fue aniquilado” [Historia adversus paganos, VII, 36].

Y más elementos de juicio no hay. Por tanto se puede concluir que no sólo ningún juez encontraría motivos para condenar a Estilicón por la muerte de Mascezel, sino que no siquiera un fiscal hallaría fundamento para formular la acusación.

Díptico de Estilicón (Catedral de Monza)
Los dípticos consulares eran tablillas de cera, realizadas en marfil o madera, con unas tapas artísticas que se encargaban y regalaban con motivo de celebrar un consulado. Probablemente el de Estilicón es el más famoso de esos dípticos consulares, que se pusieron de moda a finales del siglo IV. En esta obra, fechada en el año 400, cuando el general romano ejerció el primero de sus dos consulados, aparecen Estilicón, Serena, y Euquerio, único hijo varón del matrimonio, que ya estaba prometido a Gala Placidia. Los tres fueron matados en el 408. El primer sacrificado fue Estilicón. El 13 de agosto las tropas romanas acantonadas en Ticino (Pavía) se amotinaron y, delante de Honorio, masacraron a las autoridades partidarias de Estilicón. El responsable fue Olimpio, un malvado eunuco de la corte imperial, que conspiraba contra Estilicón y se aprovechó del sentimiento antibárbaro que había entonces. Antes o después del motín, convenció a Honorio de que Estilicón conspiraba contra él, consiguiendo que ordenara su ejecución. A Bolonia, donde se encontraba Estilicón, llegaron noticias confusas de la matanza (no se sabía siquiera si Honorio estaba vivo). Los comandantes de Estilicón le aconsejaron que se dirigiera a combatir a las tropas romanas de Pavía. Pero Estilicón no quiso iniciar una guerra civil, ni sublevarse contra Honorio. Su fidelidad a la dinastía le perdió. Prefirió dirigirse a Rávena para arreglar la situación. Al llegar a la que desde el 403 era la capital del Imperio, tuvo que buscar asilo en una iglesia con su séquito. Tropas mandadas por Honorio se presentaron en la iglesia y, en presencia del obispo, enseñaron a Estilicón una orden del emperador en la que se disponía que el general sólo fuera sometido a vigilancia sin prisión. El general romano accedió entonces a abandonar un asilo que en esa época era sagrado. Pero al salir del templo, se le enseñó otra carta de Honorio que ordenaba su ejecución inmediata. Aunque los hombres de su séquito quisieron defenderlo, Estilicón ordenó que no hicieran nada y ofreció su cuello (22 de agosto del 408). Tantos servicios no sirvieron para que el miserable de Honorio le concediera una audiencia, ni siquiera un juicio, para poder defenderse de las injustas acusaciones. Euquerio pudo huir de Rávena y refugiarse en una iglesia en las afueras de Roma. Hasta allí mandó Honorio unas tropas dirigidas por dos eunucos con la orden de ejecutarlo. Pero no se atrevieron a violar la iglesia. Mientras continuaba la matanza de los seguidores de Estilicón. Pero la aproximación a Roma del ejército de Alarico, que podía utilizar a Euquerio, que tenía sangre teodosiana, propició que se violara el asilo. Capturado Euquerio, fue ejecutado poco después en Roma. En esa ciudad, se había refugiado Serena. Roma contaba entonces con más de medio millón habitantes y unas imponentes murallas. En otra época, Alarico, que tenía unos treinta mil hombres (si esa cifra no incluía a mujeres y niños), no se habría atrevido a asediarla, como no se atrevió Aníbal, pese a haber destruido el ejército romano en Cannas. Pero los romanos del siglo V eran muy diferentes. Y a la cobardía añadieron el deshonor. El senado, con la aprobación de Gala Placidia (a la que se reconoció como representante su hermano), condenó a muerte a Serena por una inexistente confabulación con Alarico. La esposa de Estilicón fue estrangulada a finales del 408. Su ejecución no sirvió para nada.
 

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