La Guerra de los Cien Años (1337-1453) no duró un siglo ni fue continua, sino una serie de conflictos entre Inglaterra y Francia agravados por hambrunas y la Peste Negra. Originada por disputas territoriales en Aquitania y una crisis sucesoria entre las casas Plantagenet y Valois, la guerra transformó para siempre la historia y la estrategia militar europea. En sus inicios, Inglaterra dominó gracias a tácticas crueles de saqueo y a la superioridad de sus arqueros frente a la obsoleta caballería pesada francesa en batallas como Crécy o Azincourt. Sin embargo, la oportuna intervención de Juana de Arco y la alianza con Borgoña cambiaron el rumbo a favor de Francia. El conflicto finalizó con la victoria gala, impulsada por el uso revolucionario de la pólvora, la artillería y el primer ejército profesional. Esta contienda forjó las identidades nacionales de ambos países, sepultó el orden feudal y cimentó el Estado moderno.
Por Javier Rubio Donzé