La supuesta aplicación del derecho de autodeterminación en los tratados de Versalles

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Se considera que la más más famosa e importante aplicación del derecho de autodeterminación se produjo en los tratados de Versalles que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Pero la realidad es que las nuevas fronteras de Europa no fueron una consecuencia de la aplicación de ese derecho.

1) De autodeterminación nada: Las fronteras de los nuevos países fueron impuestas por las potencias vencedoras a costa de los territorios de los vencidos sin tener en cuenta los deseos de la población.

2) Y eso sólo con los territorios europeos de las potencias derrotadas, porque las colonias alemanas y los dominios asiáticos del imperio turco, que suponían una superficie mucho mayor que la autodeterminada, fueron repartidos entre los vencedores.

3) El presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, máximo impulsor del proceso de autodeterminación y acostumbrado a un país pluriétnico, confesó poco después ante el Congreso norteamericano que “cuando dije que todas las naciones tienen derecho a la autodeterminación lo hice sin saber que existían las nacionalidades, las cuales acudían a nosotros un día tras otro”. Esa distinción entre nacionalidades y naciones indica que no sabía nada [he tratado el concepto confuso de nacionalidad en Nacionalismo y naciones, pp. 503-508].


“A pesar de toda su palabrería progresista sobre la autodeterminación y los pactos morales, el presidente estadounidense –que por lo demás era un intelectual del ámbito académico, natural de Virginia– apoyaba abiertamente la segregación racial en Estados Unidos, y autorizó la segregación en el seno de las instituciones federales nada más ser investido” (Robert Gerwarth,Los vencidos, pp. 251-252).
“Woodrow Wilson era un defensor de la supremacía blanca que impidió a los estudiantes negros el acceso a Princeton mientras él era el rector de la universidad, fue elogiado por el Ku Klux Klan, despidió de la administración federal a los empleados negros y, al hablar de los inmigrantes étnicos, se refería a ellos diciendo que «cualquier hombre que lleva un guion en su gentilicio lleva también un puñal que va a clavar en las tripas de esta república en cuanto esté listo»” (Steven Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, p. 885).
Para Wilson, la autodeterminación era un derecho de los blancos (y no de todos).

4) Los nuevos Estados eran tan plurinacionales como los imperios austro-húngaro y turco.

5) Los nuevos Estados no fueron nacionales porque eran plurinacionales, pero fueron Estados nacionalistas. Fueron “imperios multinacionales en miniatura” [Robert Gerwarth, Los vencidos, p. 38]. Los “tratados sobre las minorías” redactados por los Aliados, que garantizaban sus derechos, y firmados por los nuevos Estados, como precondición para su reconocimiento, fueron incumplidos. El número de las minorías, unos sesenta millones, se redujo a la mitad con la reorganización territorial, pero su situación empeoró, incluida la de los judíos: “Para los judíos […] era mucho mejor vivir en un gran imperio multiétnico que ofrecía protección jurídica que en un Estado nacional más pequeño, basado en la idea de la exclusividad étnica o religiosa. Inmediatamente después de la implosión de los imperios de Europa Central, las poblaciones judías de Ucrania, los estados del Báltico, Polonia, Galitzia, la Bucovina, Bohemia y Moravia de repente tuvieron que afrontar la doble acusación de ser súbditos leales de los imperios (y por consiguiente poco fiables desde el punto de vista patriótico), y al mismo tiempo partidarios del bolchevismo” (Robert Gerwarth, Los vencidos, p. 254). Lo sucedido se resume muy bien en este pasaje de Robert Gerwarth:


“Como admitía con total franqueza Edvard Benes, ministro de Asuntos Exteriores de Masaryk, en una conversación con un diplomático británico, el fin del dominio austrohúngaro había provocado una inversión de las jerarquías étnicas: «Antes de la guerra, los alemanes estaban aquí» (señalando el techo) y «nosotros estábamos ahí» (señalando el suelo), «Ahora ­–dijo invirtiendo los gestos– nosotros estamos aquí y ellos están ahí». La reforma agraria insistía Benes, era «necesaria para darles una lección a los alemanes»” [Los vencidos, p. 255. Los eslovacos siguieron más o menos en el sitio, lo que explica las simpatías que tuvieron hacia los nazis (como sucedió con los croatas)].

Fue algo previsible; los húngaros ya lo habían hecho entre 1867 y 1918, cuando el imperio austriaco se convirtió en una monarquía dual (imperio austro–húngaro). Es la filosofía de los nacionalistas separatistas, que, campeones en el póker del victimismo, atesoran cuentas pendientes.

6) En realidad, los únicos territorios que se convirtieron en étnicamente homogéneos fueron los Estados que ya existían y fueron derrotados: Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía. Y no fue el resultado de la aplicación del principio de las nacionalidades, sino del castigo, de la pérdida de los territorios que dieron lugar a los nuevos Estados. Que fueran Estados nacionales no les hizo menos nacionalistas; en este caso, no se trataba de la construcción nacional, que ya estaba hecha, sino de la expansión nacional. En todo caso, una razón para la violencia [He justificado las afirmaciones realizadas y las que siguen después en La democracia y el llamado “derecho a decidir”, pp. 218-238 (“Una digresión pertinente: la versallesca aplicación del derecho de autodeterminación”)].


“Tampoco se puede explicar lo acontecido en 1914 –como han intentado algunos socialistas– puramente en términos de la rivalidad entre combinados nacionalcapitalistas, como el choque entre imperialismos que serían el estadio último del capitalismo predatorio, enzarzado en una guerra interna. Lo que ocurrió, tal y como se acepta de forma generalizada en la actualidad, fue más complejo: el deseo creciente de poder y gloria –un puro sentimiento nacionalista de tipo irracional– por parte de los grandes Estados europeos fue a lo sumo un obstáculo al libre desarrollo del capitalismo mundial, el cual podría haber llegado a acuerdos pacíficos para la explotación combinada de materias primas y de pueblos nativos en una atmósfera oportunista, fría y despiadada. Fue la violencia nacionalista lo que hizo saltar por los aires no solo las previsiones de las grandes empresas, que tenían poco que ganar con la guerra –¿acaso Sir Norman Angell no había demostrado en su brillante libro, 2 escrito antes de 1914, que una gran guerra frustraría por igual los intereses de las naciones y de los individuos, lo cual hizo creer a muchos que dicha gran guerra no podría ocurrir?–, sino también, y de forma más asombrosa, las previsiones de la propia Internacional Socialista, la gran organización mundial que, poco tiempo antes, había jurado solemnemente –a través de los líderes sindicales alemanes y franceses– que nada conseguiría que los trabajadores marchasen los unos contra los otros, que las guerras nacionales eran una horrenda reliquia de un pasado violento e irracional que jamás habría de repetirse” (I. Berlin, Sobre el nacionalismo, pp. 16-18).

A todo ello hay que sumar las consecuencias de la violencia nacionalista, que suele ser olvidada. El fin de la I Guerra Mundial en 1918, provocada por el nacionalismo1, no supuso el final de las hostilidades en Europa central y oriental, que se prologaron hasta 1923, o sea, durante más tiempo de lo que había durado la guerra. Hubo millones de muertos y de desplazados, producto de nuevas guerras y de violencias populares aisladas pero numerosas. Entre las guerras destacan la polaco-soviética (1919-1921), que supuso el fin de las independencias de Ucrania y Bielorrusia, y la greco-turca, con grandes episodios de limpieza étnica, y que estableció las fronteras definitivas entre Grecia y Turquía, que también se convirtieron en étnicas por el abandono de la población turca de Grecia y de la población griega de Turquía, lo que afectó a unos dos millones de personas. La aplicación del principio de las nacionalidades en Europa y su exclusión en las colonias propició el desarrollo del nacionalismo, un fenómeno aparecido en Occidente, en África y Asia; y “afectó de rebote a los pueblos no independientes de Europa Occidental” [Walker Connor, Etnonacionalismo, p. 169].


La violencia, legitimada tanto por comunistas como por nacionalistas, se convirtió en un procedimiento en la política durante el Período de Entreguerras. Eso explica también por qué durante el periodo de entreguerras la democracia desapareció en todos los nuevos Estados y en los Estados derrotados en la I Guerra Mundial. La excepción fue Finlandia, cuya independencia no se debía a las potencias vencedoras de la I Guerra Mundial, sino a la valerosa lucha de su población tras la Revolución Rusa (también es cierto que la desaparición de la democracia en Checoslovaquia fue resultado de la conquista alemana en vísperas de la II Guerra Mundial). La aparición del fascismo y el nazismo, cuyos fundamentos son el nacionalismo, fue una consecuencia del descontento provocado por el Tratado de Versalles (y también de la violencia comunista desatada tras la Revolución Rusa). Todas las nuevas dictaduras de la época, que no tienen por qué ser fascistas, se fundamentaron en el nacionalismo. Finalmente, la misma Segunda Guerra Mundial, provocada por el nacionalismo alemán, figura entre las consecuencias de la reorganización territorial producida por la aplicación del principio de las nacionalidades, y también la escalada de violencia que supuso [v. T. Snyder, Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin].

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo un nuevo epílogo violento en la Europa oriental, en el que se produjeron numerosas y terribles matanzas, de nuevo generalmente olvidadas, y cuarenta millones de personas fueron desplazadas nuevamente; ni siquiera los judíos se libraron de la violencia, tampoco en Polonia, que es donde más habían sufrido. Finalmente, el proceso de reorganización territorial iniciado en 1918 culminó finales del siglo XX con la desintegración de la Unión Soviética, que produjo la aparición de nuevos Estados (Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia, en Europa), el divorcio de terciopelo entre checos y eslovacos, y las guerras de Yugoslavia, que ha quedado dividida en seis Estados (Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro y Macedonia) o siete, si se cuenta con Kosovo, que goza de un reconocimiento internacional limitado. Así, tras casi un siglo de violencias los Estados de la Europa central y oriental, “de una complejidad étnica endemoniada” en 1918 [Robert Gerwarth, Los vencidos, p. 249], han alcanzado una unidad étnica mayor o menor. Cabe destacar, el caso de Polonia, un país empujado de Este a Oeste por la Unión Soviética en 1945, que hoy es uno de los Estados de cierto tamaño del mundo con mayor homogeneidad étnica y prácticamente con una sola lengua. Pero hace un siglo había millones de alemanes, judíos, bielorrusos y ucranianos, que suponían algo más de un tercio de la población. Diversas limpiezas étnicas, debidas no sólo a los polacos, que también han sufrido lo suyo en el siglo XX, explican el resultado. Entre esas limpiezas se encuentra la de los judíos que habían sobrevivido a la ocupación nazi, cuando muchos polacos colaboraron en el exterminio de sus compatriotas. Y es que “después de la guerra Polonia [fue] con mucho el país más peligroso para los judíos” [K. Lowe, Continente salvaje, p. 244]. Un precio muy caro, para quien no sea un nacionalista beneficiado.

No fue un error inevitable, pues ya se advirtió en su momento de las consecuencias nefastas de esa aplicación del derecho de autodeterminación. Así lo hizo Robert Lansing, secretario de Estado de Wilson, que anotó en su diario lo siguiente: “La expresión [«autodeterminación los pueblos»] está simplemente cargada de dinamita. Alimentará esperanzas que nunca se podrán hacer realidad. Seguro que al final acabará desprestigiada, considerada un sueño de un idealista que no cayó en la cuenta del peligro hasta que fue demasiado tarde para contener a quienes trataban de implantar el principio. ¡Qué desastre que llegase siquiera s pronunciarse la frase!¡El sufrimiento que provocará! ¡Pensemos en los sentimientos del autor cuando cuente los muertos derivados de articularla! [Cit. por S. Pinker, Los ángeles que llevamos dentro, p. 345, donde comenta lo siguiente: “Lansing se equivocaba en una cosa: el coste no fue de miles de vidas sino de decenas de millones. Uno de los peligros de la «autodeterminación» es que, en realidad, no existe tal cosa como la «nación» en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria”]. Lansing también acertó en el diagnóstico de que la idea quedaría desprestigiada.

En esta ocasión, se ha aprendido mucho del desastre producido por la aplicación del principio de las nacionalidades por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, que fueron los que autodeterminaron a los pueblos:

“Un paradójico colaborador de la larga paz [que se ha producido tras la Segunda Guerra Mundial] fue la congelación de las fronteras. Las Naciones Unidas introdujeron la norma de que los estados existentes y las fronteras eran sacrosantos. […] Quizá las fronteras tenían poco sentido, tal vez los gobiernos dentro de las mismas no merecían gobernar, pero racionalizar las fronteras mediante la violencia ya no era una opción real en las mentes de los estadistas. Amparar las fronteras ha sido, por término medio, un hecho pacificador porque, como ha señalado el científico político John Vasquez, «de entre todas las cuestiones por las que podría haber un enfrentamiento desde un punto de vista lógico, las territoriales parecen ser las más asociadas a la guerra. Se han librado pocas guerras entre estados sin que de un modo u otro algún problema territorial haya estado involucrado».

El científico político Mark Zacher ha cuantificado el cambio. Desde 1951 ha habido sólo diez invasiones que se tradujeran en algún cambio importante de fronteras nacionales, todas antes de 1975. Muchas de ellas plantaron banderas en islas y regiones interiores muy poco pobladas, y algunas, más que ampliar el territorio del conquistador, forjaron entidades políticas nuevas (como Bangladesh)” [S. Pinker, Los ángeles…, pp. 366-367. El autor acompaña la exposición con una gráfica que muestra el brusco descenso de las guerras a partir de 1945. Antes ha señalado lo siguiente: “Si tomamos la frecuencia de las guerras entre los grandes potencias entre 1495 y 1945 como punto de referencia, hay una posibilidad entre mil de que haya un periodo de sesenta y cinco años con sólo una guerra entre grandes potencias (el caso marginal de la Guerra de Corea)” (p. 359). “Cero es el número de países desarrollados que han expandido su territorio desde finales de la década de 1940 conquistando otro país. […] Cero es el número de estados reconocidos internacionalmente que, desde la Segunda Guerra Mundial, debido a una conquista. (Vietnam del Sur acaso sea la excepción, dependiendo de si la unificación con Vietnam del Norte en 1975 se considera una conquista o el final de una guerra civil internacionalizada)” (p. 357). Cabe recordar que el intento de anexionarse Kuwait por Sadam Husein produjo una amplia coalición internacional que devolvió la independencia al país invadido].


Se trata del enésimo ejemplo de que lo bueno (y real) es preferible a lo mejor (e imposible en un mundo como éste):

“La sacralización de líneas arbitrarias en un mapa acaso parezca ilógica, pero en el respeto a las normas, aunque sean arbitrarias e injustificables, hay una lógica. […] Según los abogados, la propiedad es nueve décimas partes de la ley, y todo el mundo sabe que las buenas vallas hacen buenos vecinos.

El respeto por la norma de la integridad territorial garantiza que se impensable el tipo de discusión que los líderes políticos tuvieron con Hitler en la década de 1930, cuando se consideró del todo razonable que se apoderase de Austria y algunas partes de Checoslovaquia para que las fronteras coincidieran con la distribución de la etnia germánica. En realidad, la norma ha estado corroyendo el ideal del estado-nación y su principio asociado de autodeterminación de los pueblos, que a finales del siglo XIX obsesionaba a los dirigentes nacionalistas. El objetivo de trazar una frontera nítida a través del fractal de grupos étnicos entremezclados es un problema geométrico insoluble, y vivir con las fronteras existentes se considera ahora mejor que los interminables intentos de cuadrar el círculo, con sus llamamientos a la limpieza étnica y a la conquista de territorios irredentos.

[…] A fin de cuentas, la norma de las fronteras sagradas parece haber sido un buen negocio para el mundo. […] E incluso las guerras civiles han llegado a ser menos numerosas y dañinas a medida que el estado moderno pasa de concebirse como un depósito para el alma nacional a considerarse como un contrato social multiétnico” [S. Pinker, Los ángeles…, pp. 368-369].



  1. “Tampoco se puede explicar lo acontecido en 1914 –como han intentado algunos socialistas– puramente en términos de la rivalidad entre combinados nacionalcapitalistas, como el choque entre imperialismos que serían el estadio último del capitalismo predatorio, enzarzado en una guerra interna. Lo que ocurrió, tal y como se acepta de forma generalizada en la actualidad, fue más complejo: el deseo creciente de poder y gloria –un puro sentimiento nacionalista de tipo irracional– por parte de los grandes Estados europeos fue a lo sumo un obstáculo al libre desarrollo del capitalismo mundial, el cual podría haber llegado a acuerdos pacíficos para la explotación combinada de materias primas y de pueblos nativos en una atmósfera oportunista, fría y despiadada. Fue la violencia nacionalista lo que hizo saltar por los aires no solo las previsiones de las grandes empresas, que tenían poco que ganar con la guerra –¿acaso Sir Norman Angell no había demostrado en su brillante libro, 2 escrito antes de 1914, que una gran guerra frustraría por igual los intereses de las naciones y de los individuos, lo cual hizo creer a muchos que dicha gran guerra no podría ocurrir?–, sino también, y de forma más asombrosa, las previsiones de la propia Internacional Socialista, la gran organización mundial que, poco tiempo antes, había jurado solemnemente –a través de los líderes sindicales alemanes y franceses– que nada conseguiría que los trabajadores marchasen los unos contra los otros, que las guerras nacionales eran una horrenda reliquia de un pasado violento e irracional que jamás habría de repetirse” (I. Berlin,
    Sobre el nacionalismo,
    pp. 16-18). ↩︎

Bibliografía citada

Berlin, Isaiah: Sobre el nacionalismo: Textos escogidos. Página indómita, Barcelona, 2019, 151 pp.

Besga Marroquín, Armando: La democracia y el llamado “derecho a decidir”. SpaniaXXI, Castro Urdiales, 2025, 309 pp.

Connor, Walker: Etnonacionalismo. Trama Editorial, Madrid, 1998, 212 pp.

Gerwarth, Robert: Los vencidos: Por qué la Primera Guerra Mundial no concluyó del todo (1917-1923). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017, 475 pp.

Lowe, Keith: Continente salvaje: Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Galaxia Gutemberg, Barcelona, 3ª ed., 2016, 539 pp.

Pinker, Steven: Los ángeles que llevamos dentro: El declive de la violencia y sus implicaciones. Paidós, Barcelona, 2018, 1.146 pp.

Snyder, Timothy: Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin. Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2017, 620 pp.

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