Las Guerras Pírricas

El sitio de Ostende por parte de España en Flandes, la toma de Bunker Hill por los ingleses en la Guerra de Independencia Americana, la victoria napoleónica de Borodinó o una de tantas acciones de Montgomery durante la II Guerra Mundial, simbolizadas en Market-Garden. Todas ellas victorias, distanciadas en el espacio y el tiempo, libradas por diferentes potencias y generales en diversos teatros de operaciones. Sin embargo, aunadas por un mismo denominador común: lo oneroso de su victoria.

No es difícil encontrar ejércitos derrotados mejor parados después del enfrentamiento ante el enemigo que estos supuestos ejércitos victoriosos. En la jerga militar, esas batallas son conocidas por el sobrenombre de victorias pírricas, las únicas victorias con sabor a derrota. Como muchos de nuestros usos, costumbres y lenguajes, esta acepción viene dada por sucesos acaecidos a lo largo de las polvorientas hojas de nuestra historia militar, más concretamente, de las lejanas Guerras Pírricas (281 – 272 a.C.), conflicto que enfrentaría por vez primera al mundo griego contra el romano.

Antes del advenimiento de Roma, Grecia era la principal potencia del Mediterráneo. Desde que en torno al 775 a.C. los jonios fundaran la colonia de Pithecusa, los griegos habían infectado el mar Mediterráneo con un maremágnum de colonias desde la península ibérica al mar Negro y desde Ucrania hasta el delta del Nilo. La cultura griega se extendió por todo el Mediterráneo y, si en un lugar se hizo notar su influencia, fue en el sur de la península itálica, región que recibiría el nombre de Magna Grecia de los propios historiadores romanos gracias a su grandeza cultural y económica. Serían estas ciudades la fuente de la helenización de la cultura romana. Sin embargo, su poder y, sobre todo, su independencia comenzarían a verse amenazadas.

Las polis griegas de Nápoles, Akragas (Agrigento), Taras (Tarento), Síbaris, Siracusa… empezaban a ver con miedo la continua expansión militar que estaba llevando Roma en el centro de la península itálica. Antes de las Guerras Pírricas, Roma había consolidado fuertemente su posición dominante. La guerra Latina (340-338 a.C.) había dejado el Lacio bajo su control y las revueltas samnitas contra el dominio romano cada vez eran más escasas y separadas en el tiempo. Al norte del Lacio solo quedaban las múltiples ciudades etruscas, y al sur del Samnio, las ciudades estados griegas, por lo que Roma pronto dirigió sus ojos hacia ellas, convirtiéndose en un nuevo participante dentro del mosaico de culturas y civilizaciones que luchaban por el control de la Magna Grecia. Los romanos estaban dispuestos a probar sus armas, por primera vez, en los mismos campos de batalla que los cartagineses y los poderosos griegos.

A finales del siglo III a.C. Tarento, colonia fundada por Esparta en el año 706 a.C. era uno de los núcleos de poder más importantes de la Magna Grecia merced a un poderoso ejército y a una flota inquebrantable, manteniendo bajo su domino el golfo homónimo, los alrededores de Otranto y todo el territorio de Apulia. Para protegerse del poder romano, Tarento y Roma firmarían un tratado en el año 303 a.C. que prohibía a las naves romanas navegar al este del cabo Lacinum a cambio de la neutralidad de Tarento en los enfrentamientos entre los romanos y los samnitas. Roma utilizaría el tratado para fundar diferentes colonias en la Apulia tarentina e intervenir directamente en varias colonias griegas como Crotona, Locri y Rhegium hacia el año 285 a.C.

Mapa representativo del territorio ocupado por la Magna Grecia

Los líderes demócratas tarentinos estaban convencidos de que cuando las tropas romanas concluyeran la guerra contra sus vecinos se lanzarían contra ellos. Sin embargo, como suele ocurrir, no todos en Tarento lo hubiesen visto con malos ojos. La facción oligárquica de Tarento propugnaba la coalición con Roma con tal de recuperar el control absoluto de la ciudad. Manteniendo estos antecedentes sobre la mesa, no nos debe parecer extraña la reacción de los tarentinos cuando súbitamente, a finales del 282 a.C., diez trirremes romanas entran en el golfo de Tarento violando flagrantemente el tratado. Los tarentinos, confusos y asustados, lanzaron decididamente sus naves contra las romanas, ocasionándoles serias bajas. Tras esto, la flota recuperó para los griegos la ciudad de Turios, expulsando a la guarnición romana de la ciudad. Roma enviaría una delegación diplomática a pedir compensaciones por lo ocurrido, pero el fracaso de las negociaciones desembocaría en una declaración formal de guerra contra Tarento. Los griegos italiotas, conscientes de su inferioridad militar, solicitaron la ayuda de Pirro el Grande, rey de Epiro (actual Albania).

Pirro es, por desgracia, uno de esos grandes hombres injustamente olvidados por la historia. Tal era su fama y su destreza castrense que, cuenta la leyenda, durante una reunión celebrada entre Aníbal y Escipión, este último le preguntó al cartaginés quien eran para él los mejores generales de la historia. El cartaginés respondió sin dudar: Alejandro Magno, Pirro y él mismo.

Ilustración inspirada en el general Pirro, rey de Epiro

Este hombre que llegaría a ser alabado por el mismísimo gran hijo de Cartago nacería alrededor del 318 a.C. del linaje del gran Aquiles. Era costumbre entre los patricios y aristócratas de la época darse ínfulas y glorias clamando los orígenes divinos de sus respectivas casas. Incluso Julio Cesar llegaría a emparentarse con los dioses por motivos propagandísticos. Lo único verdaderamente cierto era su relación de sangre con Alejandro Magno, primos hermanos por parte materna del macedonio. Sin embargo, nunca llegaría a conocer al general.

Cuando Pirro nació, Alejandro Magno ya había muerto y sus generales se habían repartido el Imperio y asesinado a sus descendientes. Los sucesores, también conocidos como diádocos, libraban unas continuas y encarnizadas guerras intestinas destinadas a volver a aglutinar a todo el Imperio. Pirro, no fue ajeno a ellas, y a lo largo de los años fue ganando fama y curtiéndose en los campos de batalla de todo el oriente helenístico. Cuando la petición de ayuda tarentina llega a sus oídos, ve llegar la oportunidad idílica para empezar a unificar a todos los griegos en un mismo Imperio bajo su mando, a semejanza de Alejandro.

En el 280 a.C. Pirro desembarca en Italia con 20.000 infantes, 2.500 arqueros y, lo más importante, 20 elefantes de guerra, un animal nunca antes visto en la península itálica. Alertada de la llegada inminente de las huestes epirotas, Roma despachó una serie de legiones a diferentes frentes. 2 legiones marcharon prestamente hasta el norte para acabar de forma apresurada la guerra contra los etruscos, ya que existía la posibilidad, y el miedo, de que los enemigos de ambos frentes entablaran conversaciones para pinzar a Roma. Por otra parte, otras dos legiones bajo el mando del cónsul Publio Valerio Lavinio marcharon a atacar y asolar Tarento antes de que los refuerzos obtuvieran tiempo para posicionarse sólidamente.

Pirro, con buena parte de su ejército desperdigado por una tormenta, intentó entablar conversaciones con los romanos para ganar tiempo, pero fracasó. Ante la decisión de Lavinio de tomar Heraclea, juzgando que dejar a merced de los romanos la ciudad lo dejaría en peor situación ante los autóctonos que una posible derrota, salió con parte de su ejército a encontrarse con los romanos, manteniendo una actitud defensiva y permitiendo que los enemigos tomaran la iniciativa, pues el tiempo, y con él la llegada de refuerzos, jugaba a su favor.

Los romanos, que aún no conocían la derrota, marcharon envalentonados al encuentro de Pirro. Las falanges griegas y las legiones romanas se trabaron en combate con continuos ataques y contraofensivas, siendo imposible para la estática falange griega derrotar a la flexible legión romana sin romper la formación. La victoria acabaría decantándose de parte griega gracias al uso de los elefantes. Cuando Pirro decidió usarlos, los romanos, que nunca habían visto nada igual, soltaron sus armas y huyeron despavoridos dejando como vencedores a los griegos, permitiéndoles apoderarse del campamento romano, a costa de un gran número de compañeros caídos en el camino, alrededor de 9.000 hombres frente a los 15.000 romanos. Concluida la batalla, los refuerzos procedentes de Lucania y del Samnio se unieron al ejército victorioso.

Ilustración de una de las batallas de las Guerras Pírricas, en las que los elefantes fueron parte de la estrategia

Como vencedor, Pirro dictó a los romanos un armisticio imposible: exigía que se garantizase la independencia de todas las colonias griegas y la devolución de todos los territorios itálicos incorporados a Roma en el último siglo. El senado romano se negó en rotundo, por lo que Pirro marchó hacia la ciudad hostigando y saqueando los territorios vecinos. Algunos se unieron a él para desquitarse del yugo romano. Otros no tuvieron tanta suerte. En una ciudad, los romanos, temerosos de la rebelión que veían acercarse, cayeron por sorpresa sobre la población, aniquilando a todos los varones y entregando a las mujeres a los soldados.

Pirro llegaría hasta las puertas de Roma, gesta únicamente reditada por Aníbal, si exceptuamos las invasiones bárbaras de sus últimos siglos. Empero, nunca llegaría a sitiarla. En el norte, los romanos, tras una serie de éxitos militares, habían firmado la paz con los etruscos y ahora marchaban a su encuentro. Temeroso de ser rodeado entre dos ejércitos superiores en número. Pirro abandona Roma y marcha hacia sus cuarteles de invierno.

Políticamente, la victoria de Heraclea trajo consigo la incorporación a la coalición helena de un gran número de polis griegas que buscaban la protección del rey de Epiro frente al poder romano. Sin embargo, en una especie de novedoso nacionalismo itálico, supuso que muchas ciudades de la Campania y del Lacio reafirmasen su fidelidad a la República romana.

Un nuevo enfrentamiento entre las tropas romanas y los efectivos del rey epirota se produjo en el 279 a.C. Tuvo por escenario las colinas próximas a Asculum, a poco más de 100 km de Tarento, y enfrentó a las legiones romanas comandadas por los cónsules Publio Sulpicio y Publio Decio Mure, descendiente del héroe de Sentino, contra los efectivos de Pirro. En esta ocasión ambos bandos mantenían igualdad numérica. Como innovaciones, para contrarrestar la flexibilidad de las legiones romanas, Pirro mezcló la infantería ligera itálica con sus propias falanges. Por su parte, los romanos trasladaron una gran cantidad de proyectiles y armas especiales destinadas a frenar a los elefantes.

La batalla de Asculum fue muy breve para la época, pues solo se prolongó durante un par de días, saldándose nuevamente con una exigua victoria griega, consiguiendo los romanos replegarse y mantener su campamento. Los itálicos perdieron 6.000 hombres y a uno de los cónsules, y Pirro algo más de 3.500 y muchos de sus mejores oficiales, siendo él mismo gravemente herido y obligado a retirarse a Tarento sin poder asediar el campamento romano. Tan nefasta sería su victoria que el mismo Pirro, según relata Plutarco, clamaría que “otra victoria como ésta y estará todo perdido”.

En esta situación, Pirro intentaría de nuevo alcanzar una paz con Roma, pero ésta, fortalecida por su reciente alianza con Cartago, rechazaría cualquier intento, acordando únicamente una frágil tregua en las hostilidades. Aprovechando la momentánea paz y dejando tras de si una fuerte guarnición en Tarento, Pirro zarpa rumbo a Sicilia para auxiliar a los griegos en su lucha contra Cartago.

La situación que se vivía en Sicilia, a pesar de su cercanía con la península itálica, era diametralmente diferente, donde la lucha griega por la supervivencia se libraba contra Cartago, hija cultural de sus antiguos enemigos fenicios. En un primer momento, Pirro es recibido y aclamado como salvador y proclamado rey de Sicilia. Todos los griegos de la isla se unirían bajo su bandera para hacer frente nuevamente al enemigo cartaginés. Rápidamente obtendría una sucesiva serie de victorias ante unos cartagineses temerosos de enfrentarse directamente ante un ejército tan inmenso comandado por uno de los mejores generales que había criado el mundo. Pirro ayudaría a levantar el asedio de Siracusa y reconquistaría casi todo el territorio perdido por los sicilianos, avanzando más aún en la conquista de los territorios cartagineses de la isla.

Para hacerse una idea del ímpetu arrollador del epirota, solo hace falta notar que, en tan solo un año de contienda, había hecho retroceder a los cartagineses a las mismas posiciones que los romanos les obligarían a adoptar tras 23 años de guerras púnicas. Intentando parar el desastre que se avecinaba, los cartagineses propusieron una paz a cambio de renunciar a todas sus posesiones, excepto la ciudad fortificada de Lilibea, y ofreciendo el pago de un tributo como compensación de guerra. Los griegos siracusanos, ansiosos de librarse completamente de la presencia cartaginesa, rechazaron tajantemente cualquier propuesta que no significase la completa expulsión de Cartago, por lo que Pirro tuvo que continuar con la campaña.

La guerra se prolongaría durante 3 años sin que se consiguiese ningún resultado decisivo y con la consciencia de que sería imposible conquistar un enclave tan bien defendido como Lilibea sin un ingente derroche de vidas y dracmas. Tantos años de guerra infructuosa comenzaron a pesar sobre la moral de Pirro, cada vez más distanciado con los sicilianos y totalmente enfrentado con las grandes facciones demócratas, hartas de las medidas autoritarias del epirota. Se daría la paradoja de que algunas ciudades bajo el control de los partidos demócratas se aliarían con los cartagineses para desembarazarse de Pirro.

Mientras los problemas se le amontonaban a Pirro en Sicilia, sin ver clara ninguna salida lucrativa, los romanos fueron restableciendo su poder en Italia, pacificando las zonas en rebeldía y restaurando bajo su dominio los territorios conquistados por los griegos italiotas. Cuando la Magna Grecia volvió a reclamar su presencia en la península, el monarca no se hizo de rogar, abandonando definitivamente la isla en el 275 a.C. para encaminarse, nuevamente, al encuentro de las legiones romanas.

El último y definitivo choque se produjo en Benevento, escenificando aquella máxima de la Antigüedad de que Roma puede perder batallas, pero nunca guerras. Las legiones romanas, ampliamente superiores en número, se enfrentaron a unas desmoralizadas tropas griegas, profundamente desgastadas a consecuencia de tantos años de guerra y pocas victorias contundentes. La clave de la batalla se ubicó, nuevamente, en los elefantes, aunque esta vez perjudiciales para estrategia de Pirro. Aprendiendo de sus errores y de los anteriores encuentros, los romanos supieron neutralizar a los elefantes gracias a una constante lluvia de flechas ardientes que volvieron locos a los animales, provocando su diseminación por el campo de batalla, aplastando tanto las tropas del epirota como las romanas.

Siguiendo la costumbre, lo cierto es que la batalla no se decidió en favor de ningún bando, pero Pirro perdió en ella a sus mejores tropas viéndose obligado a regresar a Epiro en busca de refuerzos, dejando un fuerte destacamento de tropas en la península al mando de su hijo. Su nuevo plan se fundamentaba en someter a todos los griegos del Egeo para, a continuación, levantar un nuevo y más poderoso ejército destinado a sojuzgar a Roma. En su campaña conquistó Macedonia, ciñéndose su corona por segunda vez, y se lanzó a la conquista del resto de polis griegas, hallando la muerte, junto con el poderío de Epiro, en una emboscada perpetrada en Argos a manos de los espartanos.

Paralelamente, en Italia los samnitas fueron sometidos de forma definitiva y las ciudades de la Magna Grecia quedaron supeditas al poder romano. Ante tal panorama, muerto su principal valedor y rodeados por todos los frentes, en el 272 a.C., Tarento se rinde al ejército romano. Durante la contienda los romanos capturarían 4 elefantes que fueron llevados a desfilar por las calles de Roma para que sus habitantes se admiraran de unas bestias nunca vistas. Y que probablemente jamás volverían a ver, puesto que los ejércitos cartagineses nunca incorporaron tanta cantidad de esos mamíferos como los griegos.

En realidad, el ejército romano fue incapaz de derrotar de forma clara al rey de Epiro en batalla, condenado más por sus numerosas victorias, que darían origen a la conocida expresión de victoria pírrica, que por sus escasas derrotas, convirtiéndose este en uno de los pocos rivales que puede pregonar tal hazaña en su haber. No obstante, a las legiones romanas le corresponde el mérito de conseguir desgastar y, finalmente, vencer a uno de los mejores estrategas de la Antigüedad.

Mapa ilustrativo de la Primera Guerra Púnica

La guerra tuvo diversas implicaciones a largo plazo. La participación de Pirro en los problemas regionales de Sicilia redujo drásticamente la influencia cartaginesa en la isla, lo que conllevaría el comienzo de la I Guerra Púnica entre esta potencia contra sus otros aliados romanos por el control del territorio. La disputa de Sicilia entre romanos y cartagineses fue posible gracias a la conquista de la Magna Grecia por parte de la república pues, asegurada toda la península itálica (las tribus etruscas serían totalmente sometidas en el 264 a.C.) y crecidos ante las constantes victorias militares, se consideraría tan poderosos como para impedir el avance de Cartago tan cerca de sus fronteras, comenzando la guerra en el 264 a.C.

Por último, la contienda ayudó a situar a Roma como potencia de primer orden de la época. Las Guerras Pírricas demostraron que las viejas polis griegas eran incapaces de defender sus colonias y que las legiones romanas eran aptas para competir, e incluso vencer, a las pesadas falanges de los reinos helenísticos, los poderes dominantes del Mediterráneo. Muestra del prestigio que le supuso a Roma vencer a los ejércitos griegos comandados por Pirro fue la apertura de una embajada permanente en Roma por parte del faraón ptolemaico de Egipto en el 273 a.C.

La guerra, en definitiva, supuso el pistoletazo de salida e introdujo los desencadenantes que ayudarían a configurar el Mediterráneo durante los siguientes siglos, abriendo el camino para el dominio romano sobre las viejas ciudades-estado helenas y dando comienzo a la rivalidad del que sería el mayor enemigo de Roma, Cartago, y, sobre todo, de su hijo predilecto.

 

Bibliografía

  • La Biblioteca Perdida, Ivoox.
  • Colección Historia de National Geografic
  • Plutarco. Vidas Paralelas.
  • Livius.org. Pyrrhus of Epirus.
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