Historia universal de la cobardía: el José Luis Díez (“Pepe el del Puerto”)

El José Luis Díez fue un destructor de la Armada española botado en 1928. Su nombre era un homenaje a un teniente de navío español del siglo XIX. Cuando se produjo la rebelión del 18 de julio, se encontraba en Cartagena. Tras la detención de los mandos por la tripulación, continuó al servicio del gobierno republicano, como otros 15 destructores (la única excepción fue el Velasco, que se encontraba en El Ferrol y que era más antiguo y tenía cinco nudos menos de velocidad máxima que el José Luis Díez; aun así fue el destructor más destacado en la Guerra Civil).

El José Luis Díez formó parte de la gran expedición con la que el gobierno republicano pretendió dominar el mar Cantábrico. La rebelión había triunfado en El Ferrol y eso permitió a los sublevados, con unos pocos barcos de guerra, controlar el Cantábrico.

El José Luis Díez fue un destructor de la clase Churruca, que eran los buques de guerra españoles que podían alcanzar mayor velocidad durante la Guerra Civil (36 nudos). Tenía un armamento compuesto por 5 cañones de 120 mm, 1 cañón antiaéreo de 76,2 mm, 4 ametralladoras, 6 tubos lanzatorpedos 533,4 mm, y 2 lanza cargas de profundidad.

Aunque la gran mayoría de los barcos de guerra quedaron en poder del bando republicano, gracias, en la mayor parte de los casos, a los amotinamientos de las tripulaciones contra sus mandos, la flota de guerra republicana en el mar Cantábrico quedó reducida a pequeño y antiguado lanzatorpedos, sin torpedos y que únicamente servía como patrullero, el Torpedero nº 3, gracias, además, a la acción en Pasajes de unos frentepopulistas que se apoderaron del barco con la colaboración de la tripulación. Y es que, como en toda Galicia, la rebelión triunfó en El Ferrol, la única base naval del norte.

Así, aunque los barcos de guerra de los rebeldes, que artillaron con éxito dieciocho pesqueros, eran pocos (el acorazado España,el crucero Almirante Cervera y el destructor Velasco), los sublevados se hicieron con el control del mar Cantábrico. Para reducir ese dominio, Indalecio Prieto, ministro de Marina y Aire, ordenó que dos submarinos, el C-6 y el C-3, mandados por dos simpatizantes del enemigo, se dirigieran al Cantábrico (todos los submarinos, que eran doce, habían quedado al servicio del gobierno republicano). Salieron de Málaga el 15 de agosto. El C-3, cuando navegaba por aguas portuguesas, inició el regreso el día 18, con el pretexto de unas pequeñas averías. Al parecer, el C-5 tuvo a tiro, al Almirante Cervera, un crucero ligero, pero su comandante se negó a abrir fuego, lo que motivó el amotinamiento de la tripulación, que decidió regresar al Mediterráneo; entró en Cartagena el 25 de agosto. Ese mismo día, partieron de Málaga con dirección a Bilbao tres submarinos, con cargamentos de armas y municiones. En septiembre, se enviaron en fechas distintas tres submarinos más. El B-6, el último en partir, fue hundido nada más llegar al Cantábrico el 19 de septiembre en el cabo Peñas, con la colaboración de su comandante, que simpatizaba con el enemigo(sólo dos tripulantes murieron en el combate; diez más fueron fusilados el 3 de octubre).

La llegada de esa media docena de submarinos al Cantábrico apenas cambió la situación. Por eso, el gobierno republicano decidió enviar una gran flota. El 21 de septiembre salió de Málaga una armada formada por un acorazado, el Jaime I, dos cruceros y seis destructores, un contingente suficiente para establecer la hegemonía republicana en el Cantábrico (de hecho, conocida la noticia de la partida, la flota rebelde se puso a salvo en El Ferrol, únicamente el destructor Velasco continuó operativo minando la entrada al puerto de Bilbao, mientras llegaba el enemigo). El 24, el grueso de la armada fondeó en Gijón. Al día siguiente, tres destructores, lo hicieron en Santander. El 26, llegaba a Bilbao el José Luis Díez, encabezando una flotilla de destructores. En los días siguientes llegaron a la ría del Nervión los barcos restantes. Y el día 30, amerizaron en Santander, cuatro hidroaviones, que habían partido de Rosas y bordeado la frontera francesa.

Pero esta medida resultó un desastre. Según Michel Alpert, la decisión de Prieto fue “la peor de toda la guerra civil”. Los rebeldes aprovecharon la ocasión para hacerse con el control del estrecho de Gibraltar, vital para las comunicaciones con el Marruecos español, tan importante para ellos, porque se cometió la negligencia de no defenderlo con los medios que disponía el gobierno republicano. El 27 de septiembre, partieron de El Ferrol los cruceros Canarias, terminado de construir en agosto, y Almirante Cervera. Dos días después, pillaban por sorpresa a los dos destructores que custodiaban el Estrecho, sin cobertura aérea (una negligencia más). El Gravina pudo aprovechar su mayor velocidad y refugiarse en Casablanca, pero el Almirante Ferrándiz fue hundido por el Canarias. Y lo peor fue que a partir de entonces los rebeldes controlaron sin problemas el Estrecho (en los días siguientes fueron transportados a la Península unos seis mil soldados y abundante material).

Antonio Domínguez Benavides comisario de la flota republicana, en su libro La escuadra la mandan los cabos (1944), hizo el siguiente balance de la actuación de Indalecio Prieto como ministro de Marina y Aire: “De su gestión puede decirse lo que se dice del rayo de sol que entra por el cristal sin romperlo, Prieto entró en la Armada y salió de ella sin enterarse y sin haber puesto el pie en la cubierta de un buque. Ahora bien, a diferencia del rayo de sol que no mancha el cristal, Prieto manchó la Marina, peor aún, la pringó” (p. 366). Sin embargo, el 17 de mayo de 1937 fue ascendido a ministro de Defensa.

El precio no sólo fue muy alto, sino que se pagó por nada: la expedición al mar Cantábrico fue un completo fracaso. La flota republicana “no efectuó […] ninguna acción para conseguir el dominio del mar o interceptar las comunicaciones enemigas, ni tampoco aprovechó su supremacía temporal para desencadenar contraataques en los sectores costeros”, en un momento en que el enemigo estaba completando la conquista de Guipúzcoa (Juan Pardo San Gil, Crónica de la guerra en el Cantábrico: Las fuerzas navales republicanas (1936-1939), Txertoa, San Sebastián, 2004, p. 53). Únicamente, se realizaron tres ineficaces bombardeos: entre el Deva y el monte Arno (27 de septiembre), en Avilés (29 de septiembre-1 de octubre) y en la zona de Ondárroa, perdida el 6 de octubre (10 de octubre). En realidad, el hecho de armas más importante de esa flota fue la participación de los marineros del Jaime I, el barco más importante, en la matanza de los prisioneros del Cabo Quilates, atracado en el puerto de Bilbao, el 2 de octubre, una semana después de las masacres realizadas en ese barco y en el Altuna Mendi por sus guardianes en represalia a un bombardeo (79 muertos en total). Los marineros del Jaime I, con el consentimiento de los guardias, mataron a 31 presos en venganza por el hundimiento del Almirante Ferrándiz (he tratado el asunto en “La masacre de las cárceles de Bilbao del 4 de enero de 1937 según el relato falaz del periodista Georges L. Steer”, Academia Play, 13 de diciembre 2024). Por cierto, esa fue la gesta más importante del principal buque de guerra republicano durante la Guerra Civil (también efectuó algunos bombardeos sobre ciudades, como Almería, Málaga y Ceuta), que fue destruido en Cartagena, el 17 de junio de 1937, por una explosión accidental, que causó unos trescientos muertos.

Ciertamente, se logró, al principio, levantar la moral de la población leal de la cornisa cantábrica, que se sentía aislada. Ése, sin duda, no sólo fue un objetivo fundamental de la expedición, sino que también está relacionado con las negociaciones que se tenían entonces para convencer al PNV de Vizcaya, que mantenía una actitud pasiva y era tentado por el enemigo, para que interviniera en la guerra (el estatuto de autonomía fue aprobado por unas disminuidas Cortes en Valencia el 1 de octubre). Pero la elevación de la moral de la población duró muy poco, no sólo porque la flota se limitó a pasear, sino, sobre todo, porque pronto se marchó.

Y es que, en esas circunstancias, Prieto ordenó la retirada de casi toda la flota del mar Cantábrico. El 2 de octubre, día de la masacre protagonizada por marineros del Jaime I, partían de Bilbao tres submarinos. Y el día 13, desde Santander y Bilbao, salió el resto de la flota que había llegado menos de tres semanas antes, con la excepción justificada del José Luis Díez. Gracias a la mala visibilidad, pudieron eludir la vigilancia en el estrecho de Gibraltar del Canarias y Almirante Cervera, y con el Gravina, que se les unió con dos mercantes procedentes de Casablanca, llegar a Cartagena.

La flota republicana del Cantábrico quedó reducida al José Luis Díez, el torpedero nº 3, capturado en Pasajes, y dos submarinos, el C-2 y el C-5, llegados mes y medio antes. Todos ellos amarrados en el puerto de Bilbao. En Santander quedaron tres hidroaviones. Si con una gran flota no se había hecho nada, poco podía esperarse de esas cuatro naves. Además, esa tropa era mucho menos de lo que representaba en el papel: el torpedero carecía de mandos profesionales; el C-2 sólo podía permanecer dos horas sumergido; el C-5 tenía un comandante que simpatizaba con los rebeldes y que pudo ser el responsable de su misteriosa desaparición el 30 de diciembre; y el José Luis Díez, como comprobaremos, podría figurar en cualquier historia sobre la cobardía.

En esas condiciones, José Antonio Aguirre y Lecube creó el 22 de octubre la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, que puso al mando Joaquín de Eguía y Unzueta, un capitán de la marina mercante. Fue una usurpación más –“superaciones” las llamaba el presidente– en este caso completamente justificada. La fuerza principal fueron 9 bacaladeros artillados (a los que hay que sumar naves más pequeñas utilizadas como dragaminas y patrulleros). Sus tripulaciones fueron formadas por marinos voluntarios. Poco podían hacer contra la superioridad abrumadora del enemigo. Pero, al menos, lo intentaron con valor. Y fueron más útiles que los buques de la flota republicana.

Ante las peticiones de Aguirre, Prieto envió en abril de 1937, cuando se había iniciado la ofensiva rebelde para conquistar Vizcaya, un destructor más, el Ciscar (antes se había enviado al crucero ligero Almirante Cervera, que terminó regresando). Salió de Cartagena, camuflado como un buque británico, el 8 de abril y, tras recalar en Santander el día 11, llegó a Bilbao el 17. Al entrar en el puerto rompió la hélice. No sería su único incidente en la entrada al Abra: el 21 mayo, al regresar de una misión, chocó con un dragaminas, el D-18, y lo hundió. No volvería a hundir a otra embarcación y no sólo porque saliera muy poco al mar. El comportamiento del barco y el de sus compañeros motivó la queja amarga de Aguirre a Prieto el 24 de mayo:

“Puede decirse, sin temor a incurrir en mentira ni es pasión, que las únicas acciones desarrolladas a lo largo de los meses de guerra corresponden a estos «bous» puestos por el Gobierno Vasco y cuyo mérito ha sido sacrificar sus vidas en pro de la causa. En la Marina de Guerra no hemos visto más que continúas averías, algunas intencionadas, otras que parecían serlo por su reiteración. Todavía no están los buques listos. Sin referirme a lo sucedido en los últimos meses, lo que acontece actualmente es bochornoso.

El Comandante del «Ciscar» [José María García-Presno], cocainómano, frecuentador de cabarets, habla más de la cuenta, se deja acompañar de un cabo, que es el segundo Comandante del barco y de la marinería, con grave desprestigio de su autoridad. La anarquía y la indisciplina a bordo del «Ciscar» son evidentes, siendo muchas las protestas que llegan hasta mí para que adopte resoluciones radicales […]

Como detalles que quizá pertenezca al género pueblerino, pero que causan un daño muy grande, puedo advertirle que el Comandante del submarino que está en Portugalete se pasa el día en el refugio con una silla, provocando la hilaridad de cuantos se acogen aquel lugar: que la tripulación ha recibido órdenes de abandonar el submarino en cuanto haya bombardeos; que numerosos servicios solicitados, verbigracia últimamente la escolta al «Habana», no se realizan a pesar de ser avisado con seis y siete horas de anticipación, etc., etc.” (Carlos María Olazabal Estecha, Pactos y traiciones: Los archivos secretos de la guerra en Euzkadi, Fundación Popular de Estudios Vascos Bilbao, 2009, II, p. 92).

Y es que cuando llegó a Bilbao, el Ciscar emuló el comportamiento del José Luis Díez.

El José Luis Díez no regresó con la flota que había venido y se quedó en Bilbao porque tenía una avería. Así inicio un curioso historial clínico que le llevaría a enlazar baja tras baja hasta marcharse de Bilbao el 15 de junio de 1937. Esta primera baja duró hasta diciembre de 1936. No fue, desde luego, una racha de mala suerte lo que llevó a la población a llamar al destructor “Pepe el del puerto”, porque casi siempre estaba ahí (también fue conocido, por razones obvias, como el “Comité de no Intervención”, creado por las potencias europeas en agosto de 1936, cuya inoperancia se hizo célebre). Era la propia tripulación, cuya cobardía se hizo legendaria, la que provocaba las averías. Tal es así que se sospechó en su día y se sigue sospechando hoy que, cuando se produjo un bombardeo en la ría de Bilbao, se disparó intencionadamente contra la chimenea del barco, produciendo daños considerables. Ciertamente, esa acción pudo ser consecuencia de la incompetencia de una tripulación indisciplinada, pues consta que durante otro bombardeo se introdujo un proyectil en un cañón que ya estaba cargado, lo que provocó una explosión que mató a un artillero y arrancó el brazo de un cabo. Su incompetencia era tal que muchos autores han dado crédito a la versión de testigos presenciales de que, durante un bombardeo alemán, artilleros del José Luis Diez abatieron y mataron el 22 de abril al as de la aviación republicana, Felipe del Río, que tenía 24 años (el asunto sigue discutiéndose, lo que prueba, en todo caso, la verosimilitud de la versión).

Y cuando no podía evitar salir en misión, tomaba toda clase de precauciones para no correr riesgos. Así pudo evitar participar en la batalla del cabo Machichaco (5 de marzo de 1937), la más importante de toda la Guerra Civil en el Cantábrico, con la propina adicional de más de tres meses de baja (quizá aprovechó la experiencia que había tenido el 22 de diciembre cuando se le había mandado acompañar al Bizkaya, Gipuzkoa y Nabarra en una misión similar y nadie vio al destructor). La historia fue la siguiente. El 3 de marzo, Aguirre ordenó al José Luis Díez que formara parte del convoy que había de salir al día siguiente para escoltar al Galdames, barco que utilizaba el gobierno vasco como correo, desde Bayona, donde se encontraba hacía tiempo (entre la carga que contenía había cinco toneladas de moneda fraccionaria de las pesetas de Euzkadi, acuñadas en una ceca de Bruselas). Pues bien, el José Luis Díez se las arregló para partir antes que los cuatro pesqueros artillados que debían acompañarle (otra vez el Bizkaya, el Gipuzkoa y el Nabarra, a los que se unió el Donostia, que era mucho más pequeño). Luego aprovechando su mayor velocidad, que triplicaba la de los pesqueros, se perdió en el horizonte y navegó muy al norte para reducir las posibilidades de tener un encuentro no deseado. Cuando el convoy de pesqueros avistó hacia las nueve y media de la noche al Galdames, que estaba esperándole fuera del puerto, el José Luis Díez no estaba ni se le esperaba (había recibido la noticia de que el crucero Canarias, que tenía la orden de interceptar al Galdames, se acercaba al litoral vasco). El navegar con las radios en silencio y la luces apagadas por la noche, y, sobre todo, el mal tiempo y la marejada dispersó al convoy. Al día siguiente, los pesqueros se enfrentaron por separado con el Canarias. Cuando tuvo noticias del enfrentamiento de sus compañeros con el Canarias, el comandante del José Luis Díez alegó el mal estado de la mar, lo que era cierto, y una avería en el ventilador de las máquinas, provocada, para no dirigirse al lugar de la batalla. Es más: avanzó en dirección contraria, hacia Burdeos, con la excusa de hacer unas reparaciones necesarias. Al acceder el puerto francés, se encontró con el Aloña Mendi y el Briquetas de Zorroza que salían a la mar, y a los que se le había ordenado escoltar; no sólo no lo hizo, sino que ni siquiera les advirtió de la presencia del Canarias. En Burdeos, el comandante, Carlos Moya Blanco, alférez de navío (cargo que equivale al de teniente en el ejército de tierra), desertó. Le acompañaron en la fuga otros cinco miembros de la tripulación: un capitán de la marina mercante enrolado forzosamente (un monárquico que se había afiliado a la CNT para no despertar sospechas), el comandante médico, el jefe de máquinas y dos maquinistas (uno de ellos también afiliado a la CNT). Antes de abandonar el barco colocaron limas y varillas de hierro en los engranajes ocultos de las turbinas de propulsión, lo que produjo grandes daños cuando se pusieron en movimiento. Eso obligó al barco a permanecer tres semanas en Burdeos para hacer una primera reparación y luego otros dos meses atracado en la ría de Bilbao mientras se sustituían las piezas dañadas. Volvió al servicio activo el 9 de junio, seis días antes de que abandonara definitivamente Vizcaya, cuando Bilbao estaba a punto de ser conquistado.

En realidad, lo que hizo Carlos Moya Blanco fue aprovechar la ocasión que tanto había buscado para desertar. Y es que, detenido al principio de la Guerra Civil, se había salvado milagrosamente en dos ocasiones de las masacres de la cárcel de Mahón del 2 y 3 de agosto de 1936. Él lo contó así:

“A las 8 de la tarde del día 3 de Agosto, cuando la mayoría de los detenidos estábamos paseando por el patio, hicieron irrupción en él muchísimos soldados, cabos y sargentos de Artillería y de Infantería (no vi a ningún marino) armados de fusiles, pistolas y ametralladoras que con una intensidad salvaje nos ametrallaron a mansalva. Ante lo inesperado del ataque, su superioridad numérica y nuestra absoluta indefensión, era inútil e imposible toda resistencia. De las primeras descargas quedaron muchos muertos y heridos en el patio y los demás pudimos refugiarnos en los pabellones laterales escondiéndonos la mayoría en los retretes del fondo, otros en una pequeña habitación del extremo del patio, algunos, como yo, nos tumbamos entre los camastros fingiéndonos muertos entre los heridos y los cadáveres; todo ello en medio de una lluvia de incesantes balas que nos disparaban desde la puerta y ventanas.

Cuando los asesinos entraron en los pabellones, muchos fueron acribillados en el sitio donde fueron sorprendidos como el almirante que murió en el camastro donde se encontraba y otros eran sacados al patio en donde eran asesinados entre golpes e insultos, ensañándose especialmente con algunos del Ejército; con los de marina no vi que se ensañaran con ninguno porque no nos conocían.

[…] hubo tiroteo casi incesante hasta aproximadamente las tres de la madrugada […] a esa hora cerraron las puertas de los pabellones y después de un pequeño descanso se dedicaron a rematar a los heridos del patio e ir sacando los cadáveres fuera. Ya de madrugada encontraron al teniente Casares que había estado fingiéndose el muerto entre los cadáveres del patio, matándolo un cabo de artillería.

[Hacia las 6 de la mañana entraron en el pabellón]. Al encontrarnos nos hicieron salir a un grupo de cuatro, y cuando nos iban a matar a tiros, llegó un individuo vestido de paisano con varios guardias de Asalto que tras una breve discusión les convenció de que no debían matarnos sin juzgarnos por lo que nos introdujeron de nuevo en la habitación donde llevaron también a los supervivientes de otro pabellón siendo por lo tanto dieciséis los que quedamos de los 148 que en total creo estábamos”.

La deserción de Carlos Moya Blanco sólo fue una más. El problema de la flota republicana no fue sólo que tuviera pocos oficiales: “Después del alzamiento de julio, tan sólo 110 de los 721 oficiales del Cuerpo General de la Armada, el cuerpo de mando por excelencia, continuaron sirviendo en la Marina gubernamental; el resto murieron en la sublevación, fueron ejecutados o se pasaron al enemigo. Y de los 110, según investigaciones recientes, tan solo 47 podían considerarse realmente leales a la República, los demás se encontraron en el lado republicano forzados por las circunstancias, esperando una oportunidad”. La flota republicana del Cantábrico no fue diferente: “más de la mitad de los oficiales del Cuerpo General que estuvieron destinados en las Fuerzas Navales del Cantábrico se pasaron al enemigo en diversos momentos de la contienda, entre ellos el Jefe de las FNC, varios miembros del Estado Mayor, tres comandantes de destructores y dos de submarinos y otro más que se sospecha que provocó el hundimiento de su submarino, muriendo con él” (J. Pardo, op. cit., pp. 29 y 59). Con semejantes mandos, no es de extrañar la escasa utilidad que tuvo la superioridad de la flota republicana. Pero tampoco lo es que Prieto hiciera de la necesidad virtud, y readmitiera en la Armada a oficiales como Carlos Moya que pasó de estar detenido y a punto de ser ejecutado a mandar poco después, el 27 de octubre de 1936, un destructor como el José Luis Díez, lo que suponía un ascenso (hay que añadir que en julio de 1936, cuando estaba destinado en el crucero Libertad, no había hecho nada para ser detenido).

Eso sí: la deserción de Carlos Moya Blanco inició otra historia singular del José Luis Díez, como comprobaremos enseguida.

Las deficiencias del José Luis Díez no se limitaban sólo a la cobardía. También incluían la incompetencia. Ya se han señalado algunos ejemplos. Ahora conviene recordar que en el combate más importante que tuvo en el mar Cantábrico ninguno de los 206 disparos que hizo dio en el blanco. Sucedió el 9 de agosto y el barco enemigo fue el Galerna, un pesquero artillado con dos cañones de 101,6 mm, la nave de ese género que tuvo una actuación más destacada en el mar Cantábrico. Dado que la velocidad del destructor (36 nudos) triplicaba a la del Galerna, podría haberse acercado más para hacer mejor puntería. Pero prefirió quedarse a 8 km con sus cinco cañones de 120 mm. En otra ocasión, “por falta de agua en una de sus calderas, llegó a quemarla, pero no sin haber sido advertido anteriormente el jefe de máquinas, quien haciendo caso omiso siguió formando solitarios con la baraja en su camarote” (El informe del presidente Aguirre al gobierno de la República: sobre los hechos que determinaron el derrumbamiento del frente del norte, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1978, p. 411). “El estado de abandono era tal que, como reveló uno de los mandos de la Armada destacado en Bilbao en el mes de junio, las calderas del «Díez» tenían varios tubos taponados. Las placas del condensador rezumaban y los servicios auxiliares no estaban en buen estado, así como los circuitos eléctricos de artillería, torpedos, etc. De éstos, sólo dos llevaban puestas las cabezas de combate… los torpedos del «Díez» no se han regulado desde el Alzamiento. Las botellas de aire de artillería perdían presión. El radiogoniómetro no funcionaba y las lámparas que tenían en buen estado se las fundió a posta por uno de los ingenieros subalternos con el pretexto de repararlo… De toda la dirección de tiro estaba encargado un cabo que no tenía idea de lo que era y para que servían el Roccord, el reloj de alcances, el inclinómetro, etc., estando todos estos aparatos abandonados” (Vicente Talón, Memoria de la guerra de Euzkadi de 1936, Plaza&Janés, Barcelona, 1988, III, pp. 792-793).

Pero lo más grave fue la indisciplina. Lo contó así Joaquín de Eguía y Unzueta, jefe de la Marina de Guerra Auxiliar de Euskadi, en el “Informe sobre la Armada Auxiliar de Euzkadi en su constitución, personal etc., y Armada oficial”:

“Si interiormente, tanto en el aspecto de disciplina como en el de moral y aun aseo de la dotación del Díez, era desastrosa la falta de limpieza y conservación de dicho buque; pues mostraba al exterior un aspecto harto lamentable; era corriente ver en pleno día pendiendo de sus cañones ropa tanto interior como exterior puesta a secar” (El informe del presidente Aguirre al gobierno de la República: sobre los hechos que determinaron el derrumbamiento del frente del norte, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1978, pp. 411-412).

No era un problema únicamente del José Luis Díez; en el mismo informe Eguía relata que el comandante ruso del C-6 se quejaba de la indisciplina de la tripulación, quien como ejemplo refería que unos días antes “hallándose él comiendo a bordo, pasó un cabo junto a la mesa, el que metiendo los dedos en su comida le quitó algunas viandas, comiéndoselas”; y eso que el citado submarino era el único que tenía moral de combate).

Tampoco el testimonio de Eguía es una declaración aislada. Así contó Juan Antonio Castro Izaguirre, que en 1938 redimiría la historia del José Luis Díez, su primera llegada al Ciscar:

Juan Antonio Castro Izaguirre (1911-1994). Nacido en Tolosa y recién graduado como alférez de fragata, tras cinco años de estudios en la Academia de San Fernando de Cádiz, la guerra le sorprendió en Guipúzcoa. Tras participar en la defensa de este territorio, se marchó en octubre de 1936 con la flota republicana a Cartagena, donde fue destinado como segundo comandante del crucero Méndez Núñez y se afilió al Partido Comunista. En julio de 1937, se hizo cargo del Ciscar , cambiando su lamentable comportamiento. Tras el hundimiento de ese destructor en Gijón, se trasladó a Francia donde, como teniente de navío, le fue confiado el mando del
José Luis Díez, convirtiéndolo en lo que era, un buque de guerra. Tras la Guerra Civil desarrolló una brillante carrera en la Armada francesa, después de haberse unido a la Francia Libre de De Gaulle. Murió en Biarritz, con el grado de Contraalmirante.

“Al subir a bordo, de uniforme por supuesto, me encontré con que el centinela tenía el fusil a su lado mientras fumaba tranquilamente un cigarrillo, sin dignarse saludarme. Al contrario me echó una mirada de mal agüero. En la cámara del comandante estaban bien repantigados dos cabos de marinería que no se levantaron ni para hablarme, indicándome que el comandante [José García Presno, bebedor y cocainómano] dormía en el camarote. No pude hablar con él pues aún se encontraba preso de los vapores de la borrachera de la noche anterior. Pronto me di cuenta de que era adorado por sus hombres con los que se emborrachaba concienzudamente todos los días en el sollado de fogoneros” (cit. por V. Talón, op. cit.,p. 792).

Y es que el comportamiento del José Luis Díez sólo fue un caso muy extraordinario. El torpedero nº 3 estuvo reparándose entre el 1 de noviembre de 1936 y el 14 de abril de 1937, casi medio año. Y el submarino C-2 estuvo inactivo por distintas averías entre el 2 de enero hasta casi su marcha de Bilbao. Las largas reparaciones tienen una explicación en la falta de repuestos, que obligaba a labores de artesanía. También es posible que hubiera sabotajes, como los hubo en los barcos. Y, en todo caso, cabe recordar el brutal descenso de la productividad que se produjo en Vizcaya hasta que fue ocupada por los rebeldes. Así, por ejemplo, “la producción minera y siderometalúrgica llegó sólo al 10% de la producción anterior a la guerra” (José Luis de la Granja, “El Gobierno vasco”, “El Gobierno vasco”, La campaña del norte (abril-octubre de 1937), vol. XII de La Guerra Civil, Historia 16, Madrid, 1986, p. 62). En un estudio monográfico, José Manuel González Portilla y José María Garmendia Urdangarín han mostrado que el responsable principal de ese desplome fue el gobierno vasco (La guerra civil en el País Vasco: Política y economía, Siglo XXI, Madrid, 1988, 154 pp.). Lo cierto es que en menos de un año en poder de Franco, la producción de los Altos Hornos, por ejemplo, superó los cifras anteriores a la guerra (v. Manuel González Portilla, “La economía de guerra en el País Vasco al servicio de Franco”, La Guerra Civil en el País Vasco: 50 años después, Universidad del País Vasco, Bilbao, 1987, pp. 277-286). Lo reconoció Dolores Ibarruri: “Lo que no se hizo mientras en Euzkadi se luchaba contra los facciosos, lo hicieron éstos al conquistar el País Vasco. Toda la industria, con ritmo fabril, comenzó a trabajar para la guerra dando al Ejército franquista lo que no dio a los defensores de la República” (cit. por V. Talón, op. cit., II, p. 491).

En noviembre de 1936 el Gobierno Provisional del País Vasco compró un hidroavión Sikorky S-38 a la empresa sueca Sven Flygtjänstel (en la foto el avión durante una estancia anterior en Egipto). Cuando llegó a Bilbao, el avión tenía múltiples deficiencias. Las reparaciones, al no tener repuestos adecuados duraron más de medio año. Cuando, por fin, hizo un pequeño vuelo de prueba, el 30 de julio de 1937, fue derribado cerca de la Punta del Dichoso (Suances) por el fuego amigo de una escuadrilla republicana, muriendo cinco de sus seis tripulantes (tanta tripulación se explica porque el vuelo también se concibió como un paseo por la costa santanderina). Dos negligencias explican el fatal desenlace: Por una parte, no se comunicó a la jefatura de las de las Fuerzas Aéreas del Norte; por otra, se habían olvidado de pintar las insignias correspondientes. Por cierto, al día siguiente, murió el autor del derribo, el teniente Miguel San José, por fuego antiaéreo en el frente de Oviedo.

En cambio, en la flota enemiga sucedía todo lo contrario:

“Los buques sublevados contaron con una abundante y entusiasta oficialidad. […] Los mandos sublevados mantenían sus barcos constantemente en el agua, regresando solo para repostar combustible, agua potable y víveres y para realizar las más urgentes reparaciones, con lo que, desde el principio, actuaron al límite de sus posibilidades” (Michel Alpert, “La contienda naval en el Cantábrico”, La Guerra Civil en Vizcaya, 1937, Desperta Ferro: Contemporánea, 9, 2015, pp. 46-47).

Aguirre trató de mejorar el rendimiento deplorable del José Luis Diez. Primero, con el acuerdo del Jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico, intentó que embarcaran en el destructor diez marineros de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi para cubrir las bajas producidas, ninguna en combate y varias por deserción, como ya sabemos. Pero el comité del barco se opuso. El gobierno republicano había acabado con ese cáncer, con el que las tripulaciones imponían su criterio sobre los asuntos de servicio, las salidas a la mar y el cumplimiento de las órdenes recibidas. Pero se mantenían en la flota del Cantábrico, lejos del gobierno republicano. Así contó su comportamiento Juan Antonio Castro Izaguirre, que fue comandante de los dos destructores que estuvieron destinados en Bilbao:

“Cada barco tenía un comité y en la unidad el presidente del mismo y el comandante de la nave tenían los mismos deberes y prerrogativas. Por regla general los miembros de esos comités se daban la gran vida y sobre todo no imponían castigos ni por casualidad ya que como eran reelegibles todos los meses les convenía estar a bien con las dotaciones. La única excepción eran los comunistas, que ésos sí cumplían bien y se tomaban en serio su trabajo. Luego los comités fueron sustituidos por comisarios, lo que cambió bastante el panorama, pero no en el Norte donde, por su aislamiento, eran prácticamente imposibles de desarraigar” (cit. por V. Talón, op. cit.,p. 792).

Esa negativa colmó la paciencia de Aguirre que, a instancias del jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico, ordenó la sustitución de las tripulaciones del José Luis Díez y el Ciscar. Así, en la noche del 31 de mayo, fuerzas de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi y de la Ertzaña, que así se llamaba entonces la policía autonómica, se apoderaron los destructores sin oposición. Contribuyó a ello no sólo que estuvieran dormidos los tripulantes, sino también los centinelas. Las tripulaciones fueron detenidas y confinadas en Deusto, salvo unos pocos especialistas, que no podían ser sustituidos.

El comandante del José Luis Díez conservó el puesto, pero el del Ciscar fue sustituido por Juan Antonio Castro Izaguirre, un competente y leal guardiamarina guipuzcoano. Se suprimieron los comités y se nombraron comisarios políticos que fueron dos comandantes que habían demostrado su competencia y valor a bordo de los bous Bizkaya y Gipuzkoa: Alejo Bilbao en el Ciscar y Manuel Galdós en el José Luis Díez. Y aproximadamente cien marinos procedentes de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi pasaron a servir en el Ciscar y 114 en el José Luis Díez, lo que hizo que los bousartillados quedaran inactivos hasta el 14 de junio, cuando se completaron sus tripulaciones con voluntarios sin experiencia.

El Ciscar comenzó a hacer con regularidad labores de escolta. Y el José Luis Díez, reparada completamente la avería producida por su antiguo comandante, volvió al servicio activo el 8 de junio. Pero, pese a que el 10 de junio se enfrentaron sin consecuencias al crucero Almirante Cervera, poco pudieron hacer porque Bilbao sería conquistada el 19 de junio. Así, cuando la conquista de la capital vizcaína era inminente, en la madrugada del 15 de junio tanto el Ciscar como el José Luis Díez abandonaron definitivamente la ría de Bilbao. Tenían la misión no sólo de ponerse a salvo, sino también la de evacuar refugiados. Los oficiales de los destructores trataron de comprobar la identidad de los hombres que pretendían subir a los barcos para evitar que huyeran los que estaban en edad militar. Pero entonces los Jefes de las Fuerzas Navales del Cantábrico, que pretendían desertar, ordenaron que no se impidiera el acceso de los refugiados. Así subieron a los destructores 110 mujeres, 34 niños y 144 hombres, 122 en edad militar. Entre ellos estaban un buen número de jefes y oficiales de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, del ejército y de la policía autonómica. “Habían acudido a los muelles del puerto de Santurtzi con el pretexto de despedir a sus familiares que embarcaban rumbo a Francia en los destructores José Luis Díez y Ciscar, incluyendo al jefe de las Fuerzas Navales del Cantábrico, al responsable de la artillería vasca, de la Sanidad Militar, de la Marina Auxiliar, de la Policía Motorizada, de la I y IV secciones del Estado Mayor y un largo etcétera que alcanzaba a todos los departamentos, lo que aceleró el derrumbe de la maquinaria burocrática vasca, que hizo imposible hacer cumplir las órdenes” (Guillermo Tabernilla, “La caída de Bilbao: El principio del fin del frente norte”, La Guerra Civil en Vizcaya, 1937, Desperta Ferro: Contemporánea, 9, 2015, p. 43). En otros barcos, otros muchos consiguieron huir al extranjero, como el recién nombrado comandante del Bizkaya, Ramón Garrastazu, que huyó en yate acompañado del telegrafista y algún tripulante más. En el informe que recibió Prieto tres días después de la caída de Bilbao, se incluyó este párrafo:

“La traición de una gran parte de los jefes de servicios del Ejército Vasco, la del Jefe de Artillería, la del de Fuerzas Navales del Norte y la del Teniente Coronel Naranjo, Jefe de la Sección de Organización del Estado Mayor Vasco, así como la conducta observada por la mayoría de los médicos y farmacéuticos y buena parte de los jefes y oficiales nacionalistas, demuestra que el enemigo ha contado con auxiliares poderosos en nuestro campo, auxiliares que, con sus dilaciones, informes tendenciosos a los Mandos, con su constante cultivo del recelo y desconfianza hacia los verdaderos republicanos y con sus documentados y asiduos informes al fascio ha cooperado de modo importante a la caída de Bilbao” (C. Olazabal, Pactos…, II, pp. 217 y 218).

Cuando las tripulaciones de los destructores se dieron cuenta de la cantidad de desertores que habían embarcado, protestaron. Y llegados a Burdeos, se opusieron al desembarco de los refugiados hasta que no se comprobara la situación de cada uno. Pero las autoridades francesas presionaron para que se dejara desembarcar a todos lo que lo quisieran. Para conseguir ese objetivo se situaron fuerzas de marinería y gendarmería en los muelles. Y dos destructores se colocaron junto al Ciscar y al José Luis Díez para evitar que se hicieran a la mar. Finalmente, se tuvo que permitir el desembarco de todos los refugiados, aunque sin el oro, joyas y piedras preciosas que traían; varias cajas se llenaron con esos efectos.

La confusión fue aprovechada por Evaristo López, el nuevo comandante del José Luis Díez, que había sustituido a Carlos Moya, para desertar. Le acompañaron tres oficiales.

El José Luis Díez abandonó Burdeos el 20 de junio con destino a Santander. En la capital cántabra, regresó a bordo la tripulación original, aunque permaneció a bordo un tercio de los marineros vascos que la habían sustituido (lo mismo sucedió en el Ciscar).

Sin haber protagonizado nada de particular ni para mal ni para bien, el José Luis Díez abandonó Santander la noche del 24 al 25 de agosto, cuando la ciudad estaba a punto de caer en manos del enemigo.

Gijón fue el último destino español del José Luis Díez. Allí se comprobó pronto que no se daban las condiciones para volver a ser Pepe el del Puerto. Los bombardeos del puerto, que apenas tenían defensa antiaérea, resultaban muy peligrosos; en uno de ellos sufrió algunos impactos. Así, cuando el 30 de septiembre salió en misión con el Ciscar, el nuevo comandante, José María García-Presno, el cocainómano que había mandado con tanta incompetencia el Ciscar, decidió no regresar y navegar hacía Inglaterra, con la aprobación de la mayoría de la dotación. El Ciscar sí regresó a Gijón, donde fue hundido por un bombardeo aéreo el día 20 de octubre, un día después de que lo fuera el submarino C-2 y un día antes de la entrada de los rebeldes en la ciudad (el destructor no fue hundido completamente, quedó varado de costado).

El José Luis Díez llegó a Falmouth el 31 de agosto. Allí, García-Presno aprovechó la ocasión para desertar, completando una historia singular, la deserción de los tres comandantes que tuvo durante medio año (exceptuando a los que se hicieron temporalmente con el mando tras las deserciones anteriores). En esta ocasión, además, la deserción fue masiva: 69 personas, entre las que se encontraban el comisario político, Manuel Galdós, y la mayoría de los oficiales. Y es que se temió que las autoridades republicanas abrieran un juicio si regresaban.

Esta vez, la huida del José Luis Díez fue la última de la desbandada que se produjo a consecuencia de la caída de Santander, que incluyó quince dragaminas, tres patrulleros, tres bous y dos submarinos.

La historia del José Luis Díez durante la Guerra Civil tuvo todavía un epílogo, aunque no entra dentro de una crónica sobre la cobardía.

El gobierno republicano envió a Falmouth al capitán de corbeta Horacio Pérez y Pérez con la misión de trasladar al destructor al puerto de Le Havre, lo que hizo el 26 de septiembre (ya había sido el encargado de devolver el barco a Bilbao tras la deserción en Burdeos de Carlos Moya Blanco medio año antes). Allí, para hacerse cargo del del destructor y trasladarlo a Cartagena, llegó el alférez de fragata Juan Antonio Castro Izaguirre, un competente marino tolosarra de 26 años (tras la Guerra Civil desarrolló una brillante carrera en la Armada francesa, después de haberse unido a la Francia Libre de De Gaulle).​ El nuevo comandante completó la tripulación del barco con marineros vascos de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, que se habían refugiado en Francia. También hubo que hacer reparaciones que prolongaron la estancia en el puerto francés hasta agosto de 1938, casi un año después de la llegada del destructor a Inglaterra.

Mientras se hacían las reparaciones, Juan Antonio Castro Izaguirre, que rechazó las ofertas de soborno que le hicieron para cambiar de bando, se desplazó a Barcelona para conseguir el apoyo de algunos destructores cuando tuviera que atravesar el estrecho de Gibraltar. No tuvo éxito. En cambio, Prieto, al parecer, le propuso un “quimérico plan” (V. Talón, op. cit., p. 848):

“Parece ser que consistía en efectuar un desembarco por sorpresa en Santoña con el José Luis Díez, los submarinos C-2 y C-4 y varios bous armados para apoderarse por sorpresa del penal del Dueso y liberar a los 12.000 gudaris vascos se encontraban prisioneros. Una vez armados, avanzarían sobre Bilbao para tomarlo y liberar a varios miles más de recluidos en las cárceles de la villa y otras localidades. En ese momento se enviaría aviación y se habría conseguido abrir de nuevo el Frente Norte. Aparte de este plan, sin duda bastante fantasioso, hubo otro mucho más realista consistente en efectuar una incursión por la costa cantábrica con alguno de los bous con el fin de atacar los buques mercantes y pesqueros franquistas que operaban en aquellas aguas” (Juan Pardo San Gil, op. cit., p. 200).

El 20 de agosto de 1938, el José Luís Díez abandonó Le Havre con destino Cartagena, simulando que lo hacía hacia la Unión Soviética, lo que no engañó a los rebeldes, que reforzaron el control del estrecho de Gibraltar. En alta mar, el José Luis Díez, que anteriormente ya había sido confundido varias veces como un destructor de la Royal Navy, lo que le salvó de ser atacado, se camufló como el Grenville, un destructor británico (con su número de identificación D19, la bandera británica en la torre de proa, las chimeneas habían pintadas con dos franjas negras que correspondían a una flotilla británica, con el cañón de 76,2 mm alterado para que pareciera de 101 mm y otros cambios). Para evitar ser detectado, navega muy alejado de la costa portuguesa. El 25 de agosto fue reabastecido por un carguero republicano. Llegado el 26 a las cercanías del estrecho de Gibraltar, intentó cruzarlo durante la noche con las luces apagadas. A las 12, está a la altura de Tánger y ha sobrepasado, sin saberlo, a los cruceros Navarra y Almirante Cervera. Ya de madrugada se cruzó con tres destructores, que lo reconocieron al ser sobrepasados. Inmediatamente esos buques giraron sobre sí mismos, y uno de ellos comenzó a disparar. El José Luis Díez no respondió y, aprovechando su mayor velocidad, fue poniendo distancia. Pero se ha dado aviso ya a los buques que se encuentran en la bocana oriental del Estrecho. Alertado el crucero Canarias, el buque con mejor historial de toda la Guerra Civil y con el que el José Luis Díez no quiso combatir en la batalla del cabo Machichaco, comenzó a disparar, con la ayuda de los proyectiles iluminantes de las baterías de Ceuta, a una distancia de 4 km cuando el destructor republicano está a punto de llegar a Punta Europa y salir del Estrecho. Un primer impacto de rebote en la jarra de pólvora del cañón de proa del José Luis Díez, que contenía 90 kilos de explosivos, lo hizo estallar matando a todos sus sirvientes menos a uno que fue despedido al agua (y, luego, fusilado). Un segundo impacto abrió un enorme boquete de tres metros de anchura sobre la línea de flotación en la proa, rompiendo uno de sus depósitos de combustible, lo que provocó una caída de la potencia de los motores. La única forma de salvar al barco era dirigirlo al puerto de Gibraltar, lo que se consiguió gracias a la pericia de los maquinistas, que cambiaron la alimentación de los motores. Así se salvó, por ahora el destructor. Ocho tripulantes han muerto (seis de ellos desaparecidos) y diez se encuentran heridos. Pero mucho peor es el balance entre los 24 prisioneros que había como consecuencia del hundimiento de dos pesqueros gallegos con bandera rojigualda durante la travesía por el Atlántico (fueron los dos únicos barcos que hundió durante la guerra). Estaban encerrados en el sollado que había donde se había abierto el gran boquete provocado por el cañonazo del Canarias. Sólo se encontró un cuerpo.

Boquete producido por el Canarias en el José Luis Díez

Ahora la situación era mucho peor que cuando partió de Le Havre, pues su salida de Gibraltar estaba muy vigilada, aunque si lo conseguía, su mayor velocidad en aguas abiertas le daba muchas posibilidades de llegar a Cartagena. Además, las autoridades gibraltareñas no pusieron más que dificultades. Y el gobierno republicano no estuvo dispuesto a desplazar al Estrecho a dos destructores para ayudar en la huida, como pidió Juan Antonio Castro, que viajó a Barcelona con ese fin (y que, dado como se desarrolló el último combate, habrían sido de gran utilidad). Lo positivo fue que ningún miembro de la tripulación desertó, pese a las facilidades que dieron (los marineros fueron entrevistados uno a uno con ese fin). Reparados los graves daños, con materiales y personal traídos de España, el José Luis Díez, con combustible también español, intentó sorprender al enemigo saliendo a la una de la noche del día 30 de diciembre. Pero, desde el mismo Peñón, los espías que vigilaban al destructor avisaron a la flota rebelde con dos bengalas. Pegado todo lo que puede a la costa del Peñón y a toda máquina, el José Luis Díez alcanzó Punta Europa, dejando atrás a los enemigos que le esperaban en la bahía de Algeciras. Pero, cuando estaba a punto de abandonar el Estrecho, un reflector de Punta Carnero, el extremo occidental de la bahía de Algeciras, le iluminó por completo. Dos minadores, el Vulcano y el Neptuno, estaban muy cerca (España no reconocía la jurisdicción británica sobre las aguas de la costa gibraltareña). El José Luis Díez disparó contra el Neptuno y trató de pasar entre la costa y el Vulcano. Al no haber espacio suficiente, se abarloó con él unos segundos mientras se disparaban. La mayor velocidad del José Luis Díez le permitió zafarse, Pero, cuando superaba Punta Europa, dos disparos rompieron las conducciones de vapor del destructor republicano. Para evitar la captura, el comandante Juan Antonio Castro consiguió varar el José Luis Díez en la playa de los Catalanes en la costa oriental de la colonia británica (un disparo de los rebeldes destruyó una casa gibraltareña, matando a uno de sus habitantes e hiriendo al resto). En este combate, el destructor republicano tuvo cuatro muertos, un desparecido y doce heridos. Once días después, los 153 supervivientes, encarcelados al principio, fueron trasladados en dos destructores británicos a Almería. Desde allí fueron llevados a Cartagena, donde fueron recibidos como héroes. Cuando finalizaba la Guerra Civil, el 25 de marzo de 1939 el gobierno británico entregó el José Luis Díez a los vencedores. Reparado, estuvo en servicio hasta 1965, sin mayor historia.

Esos dos combates –con un comandante y una tripulación distintos– han permitido redimir el comportamiento del José Luis Díez, hasta terminar dando el nombre a una batalla, propiciar la publicación de dos libros con el título “La odisea del José Luis Díez” y un pequeño documental con ese nombre (https://www.youtube.com/watch?v=Y_IARM-8Iec&t=278s.). En esa película, se dice que “la actuación de la flota republicana durante la Guerra Civil no fue precisamente brillante si exceptuamos el hundimiento del crucero Baleares y los bravos combates del José Luis Díez, nada más puede destacarse de los buques de guerra republicanos” (en la conclusión, se señala que la batalla del José Luis Díez fue “una de las gestas más destacadas de la marina republicana en la toda la Guerra Civil”). Semejante valoración enfatiza, realmente, hasta qué punto fue lamentable la actuación de una flota que tuvo una abrumadora superioridad numérica.

Lo narrado no es una historia menor. Trata de una de las causas del desenlace de la Guerra Civil: la incompetencia suma de uno de los dos bandos.

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