Tanto los españoles como los hispanoamericanos se han encargado de vilipendiar a grandes personajes de la historia de España. Y de manera igualmente inicua, otros muchos se han idolatrado con gran fervor. Me viene a la cabeza El Cid, mitificado hasta el empacho durante siglos por todo tipo de tendencias políticas, viniendo a representar una especie de Volksgeist patrio, y al que Joaquín Costa quiso «doble llave al sepulcro» con tal de «que no vuelva a cabalgar». Don Pelayo, Isabel la Católica o más recientemente Blas de Lezo, figuras sin duda interesantísimas, han venido a erigirse en estandartes de un zafio patrioterismo. Desde hace unos años se suele compartir en forillos y redes sociales una frase atribuida a Blas de Lezo: «Todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra». Todo un alarde de españolismo. Pero sospecho que Blas de Lezo apuntaba a todas las direcciones cuando meaba, por una simple cuestión, y es que jamás pronunció esta frase. Viviendo sus últimos días en Cartagena de Indias anda que no hay que ser preciso para apuntar a la Gran Bretaña y no a la Península Ibérica. Vaya, ¡que ni con transportador de ángulos! Quien lea la correspondencia de Lezo podrá comprobar que, aunque lanzara sus pullitas, siempre mostraba una obligada cortesía propia de su grado militar. Jamás pronunció una vulgaridad de tal calibre. Estas muestras de cojonudismo español hacen más mal que bien, y contribuyen a crear rechazo y a empañar nuestra historia.

Hemos puesto algunos ejemplos de los idolatrados, ahora vayamos con los vilipendiados. La lista es infinita. Podríamos aquí hablar de muchos reyes de España, y de todos esos lugares comunes indecorosos sobre los llamados «Austrias menores» (Felipe III, Felipe IV y Carlos II) que sembraron conspicuas figuras como Cadalso, Modesto Lafuente, Cánovas del Castillo, Antonio Benavides o Juan Valera ahondando en el perpetuo mito de la decadencia española. Este último llega incluso a hablar de «tiranía» en su contestación al discurso de recepción de don Gaspar Núñez de Arce en la Real Academia Española pronunciado el 21 de mayo de 1876:

La tiranía, pues, de los reyes de la Casa de Austria, su mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio no fueron causa de nuestra decadencia: fueron meros síntomas de una enfermedad espantosa que devoraba el cuerpo social entero. La enfermedad estaba más honda. Fue una epidemia que infeccionó a la mayoría de la nación o a la parte más briosa y fuerte. Fue una fiebre de orgullo, un delirio de soberbia que la prosperidad hizo brotar en los ánimos al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles. Nos llenamos de desdén y de fanatismo a lo judaico. De aquí nuestro divorcio y aislamiento del resto de Europa.

Juan Valera inspiró a Julián Juderías a la hora de escribir La Leyenda Negra, y aunque incurriese en clichés típicos de los siglos XVIII y XIX, empezó a matizar a su manera otras cuestiones historiográficas. En el mismo discurso, a cuento de la Inquisición y del gobierno tiránico de los Habsburgo, compara y aclara:

¿Fue causa de la humillación el despotismo de los reyes austríacos? No se niega que los reyes austríacos fueron despóticos; pero este mal no fue exclusivo de España. El movimiento general en toda Europa era entonces hacia la concentración del Poder en manos de los monarcas, y nunca llegó a tanto en España como llegó en Inglaterra bajo los Tudores, y en Francia bajo el que llamaron Luis el Grande y dio nombre a su siglo. Inglaterra y Francia se levantaron con todo bajo aquellos despotismos, mientras España descendía.

¿Fue la atroz crueldad de la Inquisición la que atajó el vuelo de nuestro espíritu ahogando en sangre nuestra cultura? Miradas imparcialmente las cosas, parece que no. Pues qué, ¿en los demás países no se atenazaba, no se quemaba viva a la gente, no se daban tormentos horribles, no se condenaba a espantosos suplicios a los que pensaban de otro modo que la mayoría? La Inquisición de España casi era benigna y filantrópica comparada con lo que en aquella edad durísima hacían tribunales y gobiernos y pueblos en otras regiones, donde, lejos de decaer, se han levantado.

Cada época tiene sus mitos, pero el de la baja autoestima de los españoles no parece uno de ellos. De hecho, nuestra deficiente autoestima, es una constante en la historia si nos asomamos a las fuentes. Por una parte, habla bien de los españoles al no considerarse superiores, pero la tendencia a creerse inferiores tampoco es buena. Según algunas encuestas, los españoles no nos apreciamos demasiado si nos comparamos con otros ciudadanos de otros países. Y, sin embargo, España recibe mejor valoración de los extranjeros que de los propios españoles. Es curioso, pero andamos obsesionados con que a los españoles nos quieren poco fuera de nuestro país (cosa que no es cierta). Esta pulsión masoquista hace que caigamos constantemente en la autoflagelación. Y tendemos a buscar culpables. Por eso vemos fantasmas en nuestros enemigos de antaño: en los «perros piratas» ingleses, en los «adustos» y «jactanciosos» franceses o en los «displicentes» y «levantiscos» holandeses, que no piensan en otra cosa que, en seguir falseando nuestra historia, sin pensar que quizá somos nosotros los que nos hemos dejado la casa sin barrer.

Hace unos años a la directora de la Real Academia de la Historia Carmen Iglesias le llamaba la atención que la imagen que se tiene fuera sobre España «les ha importado mucho a los españoles, sobre todo a partir del siglo XIX y en la primera mitad del XX. Más desde luego que a otros países». Y añado yo que las cosas no han cambiado. Cada cierto tiempo, parafraseando a Julián Marías, la Leyenda Negra reverdece. Y con el reverdecer aflora —como españoles que somos— también nuestra preocupación, que mal entendida puede degenerar en acomplejamiento y en manía persecutoria.  Conviene, pues, aprender a relativizar.  Sobre todo, con los estereotipos, que poco tienen de verdad objetiva. Salvador de Madariaga decía que «en la llamada Leyenda Negra hay quizá más ignorancia que malevolencia». Por eso hay que huir del fatalismo como de la peste, extinguir el fuego de las pasiones, desprenderse de los prejuicios, pasar página… sencillamente porque no somos una sociedad putrefacta ni existe ninguna maldición histórica que nos impida avanzar. Y los comentarios lacerantes que vienen de fuera son escasos e infundados en comparación con los elogiosos. La propensión al lamento hiperbólico siempre está ahí, pero hay que tomar distancia. Y eso es lo que he tratado de hacer en mi libro España contra su Leyenda Negra. Mitos, agravios y discursos (Esfera de los Libros) con mayor o menor fortuna. Los matices lo son todo a la hora de abordar la Leyenda Negra, y cualquier cuestión que tratemos puede estar sometida a revisión.