La época de la Reconquista es el periodo histórico más largo en el que España no ha estado unida (la otra época de desunión es la que se produjo entre la invasión de suevos vándalos y alanos en el 409 y la expulsión de los bizantinos hacia el 624). Pero España continuó existiendo y, por tanto, prosiguió su historia.

Esto fue así porque la conquista musulmana no supuso una ruptura con la España anterior. La Spania visigoda continuó existiendo en el norte, como sucedió con la Hispania romana en el reino visigodo. Es más; en los Estados hispanocristianos se pretendió restaurar la España visigoda. Las leyes hispanogodas continuaron vigentes durante muchos siglos. Y las normas de la Iglesia, también. Los reinos asturleonés y navarro, que fueron los que existieron antes del siglo XI, fueron reinos neogodos. 

En esos casi ocho siglos de división, España conservó una serie de unidades, que he estudiado en Las Españas de la Reconquista. 

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No es una interpretación, los judíos de aquella época podrían testimoniarlo. Los judíos hispanos –a diferencia de los musulmanes– sí se identificaron con Hispania, a la que dieron un nombre propio ya en la Antigüedad: Sefarad. Durante la época de la Reconquista, los judíos de cualquier Estado de la Península Ibérica, fuese cristiano o musulmán, entendían formar parte de una unidad comunitario-religiosa con los judíos de los otros Estados. Es más: tras la expulsión de 1492, los judíos españoles, pese a su dispersión, conservaron una identidad que les permitió diferenciarse tanto del resto de los judíos como de las poblaciones de los territorios en los que se asentaron. Esa identidad se testimonia en un nombre específico –“sefardí”–, y tiene su mejor expresión en una lengua propia, el judeoespañol o ladino, derivado fundamentalmente del castellano y con elementos de otras lenguas españolas.

Esa unidad también fue percibida por los historiadores que escribieron historias de España. Resulta muy significativo que España, que es un producto de la Historia, se manifieste con tal claridad en la historiografía. Una unidad que permite que se puedan escribir historias medievales de España, pues no son meras yuxtaposiciones de las historias de los Estados hispanocristianos. 

Un buen ejemplo de esas unidades es la Repoblación de los territorios ocupados a los musulmanes. La Repoblación, que ha configurado la España actual, no se hizo según unas modalidades de cada reino, sino con los tipos propios de cada época. De este a oeste, en cada periodo, la colonización se hizo de la misma manera. 

Desde el siglo XI, los reinos hispanocristianos tuvieron la misma dinastía, la Jimena, de origen navarro. Desde 1369, Castilla tuvo una nueva dinastía, la Trastámara, que, desde 1412 fue también la de Aragón (y reinó en Navarra con Juan II, el padre de Fernando el Católico, entre 1425 y 1479). Los Reyes Católicos eran primos. Asimismo, muchos nobles tuvieron posesiones en varios reinos y emparentaron entre sí.

Un fenómeno que singulariza la historia de España durante la Reconquista fueron las uniones de reinos, que anticipan el reinado de los Reyes Católicos. Navarra y Aragón –que es el resultado de una unión personal a mediados del siglo XI entre Aragón, Sobrarbe y Ribagorza– se unieron tres veces. Aragón salió de su segunda unión con Navarra en 1134 para unirse definitivamente en 1137 a Cataluña, que también es el resultado de unas uniones personales en torno al condado de Barcelona. Castilla y León se separaron y se unieron tres veces para quedar unidos en un solo reino en 1230, que, además, unificó sus instituciones. Y en 1109, el matrimonio de Alfonso I el Batallador de Pamplona y Aragón con Urraca I de Castilla y León podría haber adelantado la unidad peninsular cuatro siglos, aunque con una distinta configuración, dado que quedaba excluida Cataluña. Significativamente, Portugal, el último reino en aparecer, fue el único que se mantuvo al margen de estos procesos de unión. 

España, ya con ese nombre, siguió siendo una patria. De todos los elogios que recibió cabe destacar el de Alfonso X, un rey castellanoleonés que exaltó a España y no a Castilla, e hizo una historia de España, y no sólo de su reino (y que –por cierto– es la primera historia general redactada en la Edad Media en una lengua vernácula):

“E cada una tierra de las del mundo et a cada prouincia onrro Dios en sennas guisas, et dio su don; mas entre todas las tierras que ell onrro mas, Espanna la de occidente fue; ca a esta abasto el de todas aquellas cosas que omne suel cobdiciar. Ca desde que los godos andidieron por las tierras de la una part et de la otra prouandolas por guerras et por batallas et conquiriendo muchos logares en las prouincias de Asia et de Europa, assi como dixiemos, prouando muchas moradas en cada logar et catando bien et escogiendo entre todas las tierras el mas provechoso logar, fallaron que Espanna era el meior de todos, et muchol preciaron mas que a ninguno de los otros, ca entre todas las tierras del mundo Espanna a una estremanca de ahondamiento et de bondad mas que otra tierra ninguna. [Sigue una enumeración de las maravillas de España] Espanna sobre todas es engennosa, atrevuda et mucho esforçada en lid, ligera en afan, leal al sennor, affincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien; non a tierra en el mundo que la semeje en abondança, nin se eguale ninguna a ella en fortalezas et pocas a en el mundo tan grandes como ella. Espanna sobre todas es adelantada en grandez et mas que todas preciada por lealtad. ¡Ay Espanna! non a lengua nin engenno que pueda contar su bien”.

También continuó siendo una nación. Los españoles, que desde el siglo XII ya son llamados así, siguieron siendo los descendientes de Tubal. Y el tiempo comprendido entre ese nieto de Noé y las primeras noticias históricas se completó con una prehistoria fabulosa, que fue creída durante siglos. Ciertamente, “nación” comenzó a tener otros significados en la Baja Edad Media, pero España lo siguió siendo en todos. E, incluso, fue puesta como ejemplo, como hicieron los ingleses en el Concilio de Constanza (1414-1418), organizado en cinco naciones, una de las cuales era España: “Todo el mundo sabe que no importa si una nación obedece a un príncipe o a varios. ¿No hay muchos reinos en la nación española que no rinden obediencia al rey de Castilla, el principal gobernante de España? Y, sin embargo, de ello no se sigue que no formen parte de la nación española”.

Todo ello fue acompañado, como en épocas anteriores, de un sentimiento de pertenencia, difícil de definir, pero que producía orgullo. Un buen ejemplo de ello es la idea de Ramón Muntaner, expresada en su crónica, de que una España unida sería invencible: “Si aquest quatre reys que ell nomenà, d´Espanya [Aragón, Castilla, Navarra y Portugal], qui son una carn e una sang, se tenguesem ensems, poc dubtarem e prearem tot l´altre poder del mon […] “Ca si esta gente [de España] fuese concordada e fuesen juntados en un solo corazón no se en el mundo un solo rincón que no conquistaran, con toda Granada”.

Ciertamente, va de suyo que la identificación con un colectivo suele ir acompañada de orgullo, porque, si no fuera así, no habría interés en esa identificación, que generalmente cumple la misión de redimir la poquedad de los individuos con la grandeza del colectivo. España cumplía con ese objetivo. No hay razón, pues, para pensar que un individuo nacido en un territorio que se llamaba “España” –Al-Ándalus fue otra cosa– no considerara que era español. Es algo que no puede ser contradicho con ningún testimonio. También los extranjeros lo veían así; de hecho, no puede ser más significativo que la forma definitiva de ese gentilicio surgiera en Francia.

La misma Reconquista –un fenómeno sin parangón– es prueba de todo ello, pues, como sentenció brillantemente J.A. Maravall, “el qué de la Reconquista […] se define con una sola palabra: Hispania”. La Reconquista, además, contribuyó a dotar de caracteres comunes a las sociedades hispanocristianas y a singularizar a España en Occidente. 

Todas esas unidades que tenía España, de las que no puede dar cuenta la influencia de un Estado, explican por qué la unión de reinos producida por el matrimonio de los Reyes Católicos ha podido perdurar hasta nuestros días.      

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Armando Besga Marroquín nació en Bilbao en 1956. Se licenció en Geografía e Historia y se doctoró en la Universidad de Deusto. En 1983, obtuvo una cátedra de enseñanza media en las últimas oposiciones para cátedras y desde 1987 es profesor de historia medieval de la Universidad de Deusto. Su tesis de licenciatura ("Consideraciones sobre la situación política de los pueblos del Norte de España durante la época visigoda del Reino de Toledo") supuso la primera refutación de la teoría indigenista sobre los pueblos del norte de España, que culminó con la tesis de doctorado ("Orígenes hispanogodos del Reino de Asturias"), que demostraba que la monarquía asturiana era un reino neogodo, que aseguraba la continuación de la historia de España, iniciada con la conquista romana. Sus investigaciones, que abarcan medio centenar de monografías, se han centrado en la Alta Edad Media, particularmente en el reino visigodo, el reino de Asturias y los Países Vascos. También ha publicado más de treinta artículos de divulgación. En Letras Inquietas ha publicado los ensayos Hispania: La primera España, Spania: La España visigoda, El fraude de Amaiur: Verdades y falsedades sobre la conquista española de Navarra y La Reconquista: La restauración de España.