
La democracia antigua, que existió sólo en una parte de entre mediados del siglo VI y finales del siglo IV a.C., no tuvo el apoyo de los pensadores de la época. La palabra “democracia” no tuvo en la antigua Grecia el carácter eulogístico que tiene ahora, sino todo lo contrario, como ha destacado Luciano Canfora:
“Todo hace pensar que, en realidad, demokratia nació como término polémico o violento, acuñado por los enemigos del demo. No es casualidad que, en el siglo V, los usos más abundantes del término sean los más hostiles y despreciativos, que aparecen en la Athenaion Politeia y en el discurso de Alcibiades a Esparta, o los cautelosos y restrictivos del epitafio de Pericles […].
Demokratia no nace como palabra de conveniencia política sino de ruptura, y expresa el predominio de una parte más que la participación en igualdad de condiciones de todos, indistintamente, en la vida de la ciudad (que se expresa mejor con isonomia). La democracia nace en todo caso, según Platón, con un acto de violencia: «la democracia nace cuando los pobres obtienen la victoria y a los del otro bando a unos los matan, a otros los obligan a exiliarse, y al resto los hacen partícipes en igualdad de condiciones del gobierno de la ciudad y de los cargos que por lo general en este sistema son por sorteo»; y continúa observando que esta instauración violenta se realiza o bien directamente con las armas o bien por una espontánea autoexclusión del partido adverso «que se retira preso del terror». Demokratia no encierra en sí ni siquiera la implícita legitimación del concepto de «mayoría»; concepto éste más presente en plethos” [El mundo de Atenas, pp. 158-160].
Y la hostilidad hacia la democracia aumentó en el siglo IV, entre otras razones, por la degeneración del sistema desde la muerte de Pericles en el 429 a.C. [v.: Robert Cohen, Atenas, una democracia, cuyo capítulo XII se titula “La victoria de la demagogia”; y Claude Mossé, Las doctrinas políticas en Grecia, pp. 44 y ss.].
La realidad es que los que escribieron sobre la democracia fueron contrarios, con muchos matices, a este régimen político, lo que relativiza su testimonio, aunque también es cierto que todos los regímenes políticos fueron muy criticados. Y es que preocupados por la cuestión de cuál era el mejor gobierno –cuando no por la de los mejores gobernantes–, resultaba imposible demostrar, independientemente de los condicionamientos sociales de los que se dedicaban a ello, que fuera el de la mayoría por el único mérito de ser mayoría (y mucho menos el del “demos”, entendido como plebe, que es uno de sus significados de la palabra, sólo por ser más). La excepción más relevante es la de Demócrito (c. 460-370 a.C.) y consiste únicamente en una frase consercada sin contexto: “La pobreza bajo la democracia es preferible que al supuesto bienestar que ofrece la autocracia; tanto como se prefiere la libertad a la esclavitud” [Fragmento 251, ed. H. Dielz, Die Fragmente der Vorsokratiker, Berlín, 1972, t. II, p. 195]. Ahora bien, es evidente que la democracia antigua tuvo sus defensores. Pero no han dejado obra escrita que dé cuenta de sus razones (lo que significa, y es importante subrayarlo, que no tuvo, salvo la excepción mencionada de Demócrito, partidarios entre los intelectuales, algunos de los cuales figuran entre los pensadores más importantes de la historia). Uno de ellos fue Pericles, del que sabemos algo de sus convicciones democráticas gracias al testimonio de Tucídides, que no era un demócrata, aunque aceptaba la democracia moderada de Pericles, al que admiraba por controlar a las masas, a las que tanto aborrecía (de hecho, se mostró muy crítico con la democracia ateniense tras la muerte de Pericles) [Refiriéndose a la Atenas de Pericles, Tucídides concluyó que “aquello era de nombre una democracia, pero, en realidad, un gobierno del primer ciudadano” (Historia de la guerra del Peloponeso, II, 65, p. 389)]. Es muy poco, pero constituye el alegato antiguo más sobresaliente y famoso en favor de la democracia:
“Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos y más que imitadores de los demás somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos, sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad conforme a nuestras leyes alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad, y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida” [Historia de la guerra del Peloponeso, II, 37].
Se trata de un pasaje del discurso fúnebre de Pericles pronunciado por los caídos en el primer año de la guerra del Peloponeso, conocido como “Epitafio de Pericles”, uno de los discursos más famosos de la Historia. No hay duda de que su autor, como en otros discursos de la obra, es Tucídides, pero tampoco la hay sobre su veracidad, pues se considera que refleja perfectamente el pensamiento de Pericles. Por lo demás, hay que señalar que el discurso continúa con los logros de la Atenas democrática. En la obra de Tucídides también se encuentra otro interesante pasaje de un discurso en defensa de la democracia. Es el que pone en boca de Atenágoras de Siracusa (415.a.C.):

“Demócrata en política, con Pericles, se mantuvo aristócrata por temperamento (el paralelo con Alexis de Tocqueville merece ser recordado). Formaba parte de la élite ateniense, surgida de Solón, que buscaba la justa medida, la conciliación de la libertad; le encontramos tan hostil a los grandes y a sus privilegios como a la masa y sus apetitos sin límites” (Ch.Lichtenthaeler, Thucydide et Hippocrate vus par un historien-médecin, Ginebra, 1965, pp. 223-224).
Cuando desapareció a finales del siglo IV a.C. (en Atenas en el año 322 a.C.), nadie que escribiera lamentó su pérdida. Para comprender esto mejor y lo que sucedió después, cabe recordar que la democracia antigua, una democracia sin liberalismo, era casi completamente diferente de la actual [Sobre la democracia griega v. el artículo “La democracia ateniense”, que publiqué en Academia Play! ]. De hecho, hoy no sería considerada una democracia [ Lo he justificado en La democracia y el llamado “derecho a decidir” ].
Los dos mil años siguientes fueron de olvido y, cuando se la recordaba, de desprecio, pues la democracia fue considerada como un sistema absurdo, dado que la melior pars se estimaba mejor que la maior pars, y nefasto: “En el de De Regimene Principum, santo Tomás sienta cátedra por todos: «Cuando un régimen inicuo es llevado por muchos (per multos), se le llama democracia»” (G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 177). Eso da cuenta del gran fracaso que supuso la democracia griega: “Si la historia de las palabras y de sus significados refleja la historia a secas, el rechazo de la palabra democracia hasta el siglo XIX atestigua lo memorable y definitivo que fue el derrumbe de la democracia antigua” [G. Sartori, La democracia en treinta lecciones, p. 60]. Por ello, la palabra “democracia”, en las raras ocasiones en que era utilizada, tuvo un carácter peyorativo, lo cual resulta más significativo si se tiene en cuenta que no sucedió lo mismo con “dictadura”, prestigiada por una figura como Julio César:
“El caso es que el término «dictadura» se transmite a lo largo de la historia como expresión positiva, no como un término negativo. Maquiavelo y Rousseau elogiaban la dictadura romana; y todavía Farini en Emilia (en 1859) y Garibaldi en Sicilia (en 1860) se proclamaron «dictadores»; lo que implica que la palabra todavía era, para ellos, apreciativa” [G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, pp. 156-157. Súmese a ello el prestigio que tuvo “la dictadura del proletariado”, que concitó tantas esperanzas. Ese prestigio tuvo un último esplendor hace menos de cien años, durante el periodo de entreguerras (1919-1939), que contempló el aumento de las dictaduras y el retroceso de las democracias. Y es que hubo que esperar a la Segunda Guerra Mundial para que la dictadura quedara desprestigiada, como atestigua el régimen de Franco, que no sólo abandonó las referencias a la dictadura, sino que acuñó el concepto de “democracia orgánica”].
En esos dos mil años el régimen óptimo, el sistema ideal, fue llamado “república” (que no hay que entender como opuesto a monarquía, sino a tiranía, de tal manera que un reino podía ser una república, y lo que llamamos “república” podía ser tiranía, como lo han sido la mayoría; por eso, para evitar malentendidos, ese tipo de república aparecerá en lo sucesivo subrayada):
“Res publica es «cosa de todos», mientras que Democracia, en Aristóteles, quería decir «cosa de una parte» (el
demos como parte pobre del todo). Y si democracia alude al «poder de alguien» (de una parte), res publica en cambio alude al interés general, al bien común. Respublica designa pues un sistema político de todos en el interés de todos. De hecho, en inglés se convierte en common weal y más tarde en commonwealth, bien y bienestar común. En substancia, «república» se proyecta –semánticamente hablando– en un sistema político uniformemente equilibrado y distribuido en todos sus componentes, en un justo medio entre los dos extremos de la «cosa de uno solo», por un lado, y de la «cosa del pueblo» por el otro” [G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 177].
Por ello, el objetivo de los líderes de la revolución que inicia la Edad Contemporánea, que va a ser la era de la democracia, la revolución estadounidense, no buscaron la democracia, sino la república, entendida también como un sistema representativo: “Democracia” “no pertenecía, por ejemplo, al vocabulario de los revolucionarios franceses y de los padres fundadores del régimen norteamericano : para calificar su ideal, ellos hablaban de gobierno representativo” [Pierre Rosanvallon, El siglo del populismo, pp. 154-155].

Y es que la democracia seguía concibiéndose al modo antiguo, como una democracia directa, la única que había existido, y, por tanto, impracticable en un país de cierto tamaño. Es más: según G. Sartori, “la Constitución de Estados Unidos pretendía crear una república que estuviese a salvo de los peligros democráticos” [¿Qué es la democracia?, p. 178]. Y es que, como ha escrito Pierre Rosanvallon, “al iniciarse el siglo XIX, ser tratado de «demócrata» en ese país era un insulto. El término equivalía a «demagogo», y por entonces democracia quería decir, en boca de los padres fundadores y sus descendientes «poder del motín» o «reinado de las pasiones del populacho»” [El siglo del populismo, p. 14, n. 1].
La república fue también el objetivo inicial de la Revolución Francesa. Y hay que precisar inicial porque en la Revolución Francesa se anunciaron las tres revoluciones de la Edad Contemporánea: liberal, democrática y comunista:
“En el breve espacio de tiempo que va de 1789 a 1793 se produjeron tres revoluciones seguidas [liberal, democrática y socialista], constituyendo cada una de ellas el complemento y la antítesis de la otra. Tales revoluciones son como la anticipación y el resumen de todas las luchas políticas del siglo XIX” [Guido de Ruggiero, Historia del liberalismo europeo, p. XCIX].
Efectivamente con la Constitución del año I (1793), que reconocía el sufragio universal, Francia se convertía en una república democrática. Pero lo fue sólo en teoría, porque la Constitución no entró en vigor [En realidad, fue una promesa para terminar con las revueltas federalistas de varias ciudades importantes; aprobada la Constitución, incluso con un referéndum, no entró en vigor con el pretexto de que seguía habiendo guerra]. Lo que vino fue El Terror, que desprestigió aún más a la democracia. Eso sí, sirvió para fundamentar un nuevo tipo de democracia, aplicable a un país grande.

Hubo que esperar a Rousseau (1712-1778), que provenía de una Suiza que el primer diccionario de la Real Academia Española (1780) ponía como único ejemplo de democracia, para tener una valoración positiva de la democracia. Pero este dato hay que matizarlo mucho, porque con demócratas como Rousseau la democracia no necesita enemigos. Primero: hay que recordar que el filósofo suizo era admirador de Esparta, lo que –por cierto– no es una excepción, sino todo lo contrario, ya que mientras la Atenas democrática no tuvo ningún defensor, el régimen espartano tuvo muchos admiradores, incluso en la Atenas democrática, quizá porque el Estado espartano tenía unos fines considerados más altos que los de regular la convivencia y buscar el mayor bienestar posible; y de Roma, que nunca fue una democracia. Segundo: Rousseau criticó muy negativamente la democracia ateniense, que, como mucho, habría sido una mala democracia. Tercero: Rousseau también era partidario de la
república y del imperio de las leyes, a las que debía subordinarse la democracia (y en esto sí puede considerarse el más importante precursor de la democracia moderna, que no es el imperio de la mayoría). Cuarto: Rousseau era contrario a la deliberación, que es un elemento fundamental de la democracia, porque temía que los argumentos interfirieran en la
voluntad general (otro fantasma aparecido en la misma época que el Volksgeist), que es el que debía estar representado y gobernar. Y quinto: Rousseau era contrario a la democracia representativa, la única posible:
“La soberanía no puede ser representada por la misma razón de ser inalienable; consiste esencialmente en la voluntad general y la voluntad no se representa: es una o es otra. Los diputados del pueblo, pues, no son ni pueden ser sus representantes, son únicamente sus comisarios y no pueden resolver nada definitivamente. Toda ley que el pueblo en persona no ratifica, es nula. El pueblo inglés piensa que es libre y se engaña: lo es únicamente durante la elección de los miembros del Parlamento: tan pronto como éstos son elegidos, vuelve a ser esclavo, no es nada. El uso que hace de su libertad en los cortos momentos en que la disfruta es tal, que bien merece perderla.
La idea de los representantes es moderna; nos viene del gobierno feudal, bajo cuyo sistema la especie humana se degrada y el hombre se deshonra” [El Contrato social, Universidad Nacional Autónoma de México, p. 125].
Ciertamente, a Rousseau se atribuye la idea de soberanía nacional (o mejor, popular), pero su carácter democrático deja mucho que desear, como ha argumentado Philipp Blom:
“A Rousseau todavía se le venera como la voz de la libertad humana y de la honradez personal radical, un amigo sensato que conduce a las sociedades hacia la libertad, un pionero inconsciente y un investigador incansable de la dimensión emocional de la vida”.
“La sociedad ideal defendida por Rousseau se basaba en la manipulación ideológica, en la represión política y en la violencia, y en una filosofía de la culpa y la paranoia que resultó muy apropiada para justificar los regímenes totalitarios de todas las tendencias. No es casual que Rousseau fuese, en materia filosófica, el ídolo de Maximilien Robespierre, el más terrible de todos los dirigentes de la Revolución Francesa y cuyo instrumento político preferido fue la guillotina”.
“En el fondo, los utópicos siempre son religiosos, y no sorprende mucho que Rousseau fuese una fuente de inspiración directa no sólo para Robespierre, sino también para Lenin y Pol Pot, que estudió la obra de Rousseau en París en la década de 1950, antes de que su campaña asesina llevase a Camboya de vuelta a la Edad de Hierro, simulando crear una sociedad de campesinos virtuosos aislados de las corruptoras influencias de una sociedad superior” [Gente peligrosa, pp. 19, 20 y 22; el autor recuerda que Rousseau era “un mentiroso compulsivo”, lo que no es discutible, y que tenía “una mente mucho más siniestra, interesada y autodestructiva”].
A lo que cabe añadir, dada la inmerecida fama de Rousseau, enterrado en el Panteón de hombres ilustres de París, el siguiente juicio de Jean-François Revel:
“Para Rousseau, el ciudadano ideal es un esclavo que actúa libremente [lo que podría predicarse de los antiguos espartanos, a los que tanto admiraba]. La ciudadanía se define como la condición de un hombre que «por contrato» renuncia a todos sus derechos personales y la libertad individual, bajo el pretexto de que se ha convertido en una parcela de la voluntad general. […]
Si se pretende, según la tradición de Rousseau y jacobina, que una asamblea elegida por todos tiene todos los poderes por encarnarla voluntad general, y en particular el poder de destruir y reconstruir a su guisa la lista de derechos del hombre, entonces también la democracia puede llegar a ser una amenaza para las libertades fundamentales” [El renacimiento democrático, p. 83].

Sí: en la antigua Esparta en la asamblea ganaban los que más gritaban.
Y es que lo más importante es que Rousseau, un partidario de la sociedad cerrada para preservar la armonía, era contrario al individuo y su libertad, que es lo que protege la democracia, que no tiene otros fines mayores:
“Rousseau tenía dos recetas distintas para hacer retroceder a la humanidad de esta catástrofe de desigualdad y violencia. La primera la describió en El contrato social […], una solución política en la que los ciudadanos regresan a su igualdad natural a través de la aparición de una «voluntad general» [que él descubrió en esa obra] que los une en la virtud republicana. Cooperan entre sí en una unión política que no admite desacuerdos o pluralismo. Esta solución ha sido criticada con razón como cuasi totalitaria, al anular la diversidad y requerir una estricta uniformidad de pensamiento”
[Francis Fukuyama,Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, p. 46].

“Admirador de Platón y de Esparta, Rousseau era partidario del totalitarismo, para imponer la sociedad cerrada que consideraba justa y perfecta (v. Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos , donde se le cita treinta veces). «Bajo el contrato social, el individuo estaba obligado a «enajenarse con todos sus derechos, a la comunidad total» (es decir, al Estado)» (P. Johnson, Intelectuales, p. 40). Y no se quedó en la teoría, pues redactó un proyecto de Constitución para Córcega, que afortunadamente se quedó en eso, pues establecía el siguiente juramento: «Me uno en cuerpo, bienes, voluntad y todos mis poderes a la nación corsa, otorgándole propiedad sobre mí, sobre mí mismo y todos aquellos que dependen de mí». Una nueva servidumbre, la del Estado, para que funcionara una sociedad espartana, enemiga del lujo, y en la que para entrar en las ciudades se precisaba una autoridad especial. Sí: este (primer) progresista era también contrario al progreso. […] Para Paul Johnson, Rousseau no sólo «fue el primero de los intelectuales modernos, su arquetipo y en muchos sentidos el más influyente de todos», sino también el primero de los prometeos que habrían de venir, pues fue «el primero en combinar todas las características destacadas del prometeico moderno; afirmación de su derecho a rechazar el orden existente en su totalidad; confianza en su capacidad para rehacerlo desde los cimientos de acuerdo con principio ideados por él mismo; creencia en que esto podía lograrse por medio del proceso político […]. Creía tener un amor especial por la humanidad y que había sido investido con dones y percepciones sin precedentes para aumentar su felicidad. Una cantidad asombrosa de gente, en su día y desde entonces, lo ha aceptado según su propia estimación» (op. cit., p. 14)” (A. Besga, “Rousseau, patrono de progres y pedagogos”).
Todavía en 1795, cuando acababa de fracasar estrepitosamente el ensayo democrático de la Revolución francesa, Kant (que es un filósofo mucho más importante que Rousseau, pero que desgraciadamente ha sido menos influyente), “criticaba a quienes habían comenzado a «confundir la constitución republicana con la democrática», observando que –en cuanto al ejercicio del poder– todo régimen es «republicano o despótico», y que la democracia en el sentido propio de la palabra «es necesariamente un despotismo»” [G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 177].
En cambio en nuestra época, salvo algunas regiones del mundo, la democracia goza de un extraordinario prestigio:
“Si la geografía de la democracia como forma política se circunscribe a la mitad del planeta Tierra, es más extensa y más importante –repito– la victoria de la democracia como principio de legitimidad. En ese frente sólo resisten el islam y las sociedades donde el tradicionalismo todavía no se ha visto corroído. Pero en el mundo «avivado» y tocado por la modernidad cada vez es más cierto que el único poder legítimo –el único poder al que le es debida la libre obediencia– es el poder de investidura popular, elegido desde abajo” [G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 305].
Un éxito reciente porque todavía la democracia fue muy criticada en la época del periodo de entreguerras (1918-1939), un periodo que contempló el avance de los regímenes autoritarios, de los que se contaba que resolvían problemas, y de retroceso de los regímenes parlamentarios, en los que se hablaba mucho y no se hacía nada, según se decía; una época en la que las dictaduras no necesitaron disfrazarse de democracias. Sin embargo, ahora, la democracia no sólo está considerada como el mejor régimen político, sino como el único legítimo.
Ese enorme éxito es la causa principal de la confusión reinante en el concepto de democracia, pues ahora todos y todo tiene que ser democrático para tener legitimidad, hasta terroristas reconocidos internacionalmente como tales se presentaron como demócratas. Es la aplicación descarada del método Humpty Dumpty (“cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty–, significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos”), en el que la clave no es ya sólo quien tiene el poder, como sucedía en Alicia en el país de las maravillas, sino también quien pretende ejercerlo. Un fenómeno muy extendido pues, como ha señalado, Félix Ovejero, “la perversión del lenguaje político no es un vicio, es un procedimiento” [Contra Cromagnon, p. 162]: “El lenguaje político –y con variaciones esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas– está pensado para hacer que las mentiras suenen a verdaderas y el asesinato parezca respetable, y para dar una apariencia de solidez y el asesinato a lo que no la tiene” [Robert Hughes, La cultura de la queja, p. 29; es importante destacar que esa constatación forma parte su crítica al lenguaje políticamente correcto, que no es sólo una perversión del lenguaje –la más extendida actualmente en Occidente–, sino también una agresión liberticida]. El método Humpty Dumpty sólo es la mayor perversión de ese lenguaje.


Dado que, como observó Talleyrand, “la palabra se ha dado al hombre para que pueda encubrir su pensamiento”, no ha habido ningún problema para presentar las dictaduras comunistas como “democracias populares”, aunque sólo desde finales de la Segunda Guerra Mundial (fue un invento de Stalin en 1944). Baste recordar que la Alemania comunista, que tenía prisioneros y vigilados por porteras y otros sujetos a sus súbditos, quienes no podían escapar del país, se hacía llamar “República Democrática de Alemania” (lo mismo sucede con otras dos dictaduras comunistas: Corea del Norte y Laos). La argucia se basaba en que el poder se ejercía en nombre del pueblo y para promover los verdaderos intereses del pueblo:
“Democracia ya quiere decir «poder popular». Por tanto la fórmula democracia popular es una redundancia que se repite. Traducida dicha fórmula quiere decir «poder popular popular», o sea poder bipopular. Por ese camino podemos acuñar «democracia popular del pueblo», que sería tres veces tautológico sin añadir con ello nada al puro y simple concepto de democracia. Marx señalaba, en su Crítica al programa de Gotha, que «no será desde luego combinando la palabra pueblo con la palabra Estado como se conseguirá avanzar ni en el grosor de un cabello en la resolución del problema». Santas palabras. No será desde luego repitiendo la palabra «pueblo» mil veces como conseguiremos añadirle ni un solo cabello” [G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 285. El autor ha señalado antes (p. 32) que hay que desconfiar de los que se llenan la boca con la palabra “pueblo”. Y, después (p. 291) que “la doctrina comunista se resuelve con la pura y simple exhibición (fraudulenta) de ideales como si se tratara de hechos, de realidades inexistentes, como si existieran”, lo que constituye una buena definición del timo del comunista, que, a diferencia de otros timos, no causa sorpresa que siga teniendo éxito (he tratado el asunto en “El perfeccionismo: base del timo del comunista”)].

democracia en su nombre oficial, como la República Popular Democrática de Corea (también denominada Corea del Norte) o la República Democrática de Alemania (también denominada Alemania Oriental) no es tal” (Steven Pinker, En defensa de la Ilustración, p. 256). Lo mismo sucede con otras dos dictaduras comunistas: Corea del Norte y Laos; hay otras cinco repúblicas democráticas , de las que tres claramente no son democracias.
No es nada nuevo porque el despotismo ilustrado se justificó con el famoso lema “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, sin caer en el cinismo de presentarlo como una democracia, quizá, porque entonces este régimen estaba completamente desprestigiado. El cinismo era aún mayor si se tiene en cuenta que las democracias eran descalificadas como democracias burguesas. No importaba que en ellas el pueblo eligiera a sus gobernantes, porque estaba alienado y se dejaba engañar por la burguesía, que merecía, por tanto, una mayor consideración intelectual; y lo seguiría estando hasta que votara como es debido, en lo que no se confiaba nada, por lo que el partido de los buenos debía convertirse en vanguardia y apoderarse del poder para dar al pueblo lo que necesitaba, entre lo que primaba una educación adecuada con los métodos que fuera menester. En todo caso, debe quedar claro que demofilia, de la que puede alardear cualquier tirano, no es democracia, como tampoco lo es la
demolatria [Se ha abusado tanto por parte de políticos e intelectuales del término “pueblo”, que cada vez me parece más acertada la expresión de “pueblo inencontrable” de Pierre Rosanvallon (Le Peuple introuvable: Histoire de la représentation démocratique en France, Gallimard, París. 1998]. La democracia es un sistema político; la demofilia, no. Y, sobre todo, ningún derecho es efectivo o real si depende de la benevolencia de otro por muy buena persona que sea. Es algo que ya sabía Francesco Guicciardini a principios del siglo XVI: “La seguridad fundada en la buena voluntad y discreción de los demás es falsa” [Ricordi,27, trad. de Guillermo Fernández,Aforismos políticos y civiles,UNAM, México, 1985, p. 59]. Por todo ello, se puede concluir con G. Sartori que “«Democracia popular» fue puro y simple camuflaje. Dejémosla descansar en el cementerio de las patrañas al que pertenece” [¿Qué es la democracia?, p. 285]. Es más: también fue mentira la “dictadura del proletariado”; fue una dictadura sobre el proletariado, ejercida por intelectuales y políticos, que salvo rara excepción no provenían de familias obreras [Porque, aunque el proletariado, apenas llegaba al 5% en Rusia en 1917 (y menos en China al comienzo de la revolución), los regímenes comunistas han provocado la completa proletarización de la clase gobernada]. Otra es la del “centralismo democrático”, que llegó a encubrir la dictadura totalitaria de un individuo que tenía aterrorizados a todos los demás [“Centralismo burocrático” lo llamó Jean-François Revel (La tentación totalitaria,p. 113), una definición que sí se ajusta a la realidad]. Unas mentiras más en un régimen en el que no pudo ser mayor la diferencia entre la teoría y la realidad, lo que se ocultaba con una propaganda que costará superar: “De este modo el vocablo «democracia» ocultaba la tiranía, el terrorismo de estado, la falta de libertad, en franca contradicción con el verdadero significado del término. Esa desfiguración era denunciada en1984, la sátira de George Orwell; allí el imaginario régimen totalitario se regía por tres consignas: «La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza»” [Juan José Sebreli,El malestar de la política, p. 20].
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Ahora bien, como no hay imposible que no pueda ser vencido mediante palabras cuando se está suficientemente motivado y no se tienen escrúpulos, “el fundador del Partido Comunista francés estimó en términos sorprendentes que el régimen soviético era la «única forma conocida de una representación directa (sic) del proletariado en su conjunto»” (P. Rosanvallon, El siglo del populismo, p. 176). No es que fuera un político. Una gran parte de los intelectuales del siglo XX que figuran hoy en los libros –y, por tanto, son hoy una referencia– justificaron las dictaduras comunistas.
El comunista no ha sido el único caso de apropiación indebida de democracia, sólo el más importante con diferencia. No hay que ir lejos para encontrar otros casos. En España, la dictadura franquista llegó a presentarse como una “democracia orgánica”, tal como recoge el Diccionario de la Real Academia. De hecho, incluía –como otras dictaduras– el referéndum, que se llegó a celebrar en dos ocasiones. Y se justificaba porque estaba basada teóricamente en órganos naturales de asociación, lo que no eran los partidos políticos, que sólo hacían políticas partidistas que no buscaban el bien común –el interés nacional–, con la agravante, además, de las malas artes. Esos órganos naturales eran tres: la familia, donde se nace; el municipio, donde se vive; y el sindicato, donde se trabaja. Pero ni siquiera eso era cierto porque no había libertad para familias, municipios y sindicatos; sólo fue la mejor fórmula que se encontró para justificar una dictadura a esas alturas del siglo XX, y que se halló en el corporativismo del fascismo. Esa justificación lo único que prueba –una vez más– es el peligro de las concepciones organicistas de la sociedad, que sólo es un agregado de personas, y de la introducción de lo que se llama “natural” en la política.
Lo único bueno de estas democracias antidemocráticas es que revalidan la superioridad de la democracia, puesto que, como señaló La Rochefoucauld y es conocido, la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud.
Bibliografía citada
- Besga Marroquín, Armando: “El perfeccionismo: base del timo del comunista”. Adáraga, 12, 2023, pp. 3-15.
- Besga Marroquín, Armando: “La democracia ateniense”. Academia Play!, 20 de noviembre de 2025 (https://academiaplay.net/la-democracia-ateniense/).
- Besga Marroquín, Armando: La democracia y el llamado “derecho a decidir”. SpaniaXXI, Castro Urdiales, 2025, 309 pp.
- Besga Marroquín, Armando: “Rousseau, patrono de progres y pedagogos”, Academia Play!, 23 de agosto de 2023 (https://academiaplay.net/rousseau-patrono-de-progres-y-pedagogos/).
- Blom, Philipp: Gente peligrosa: El radicalismo olvidado de la Ilustración europea. Anagrama, Barcelona, 3ª ed., 2018, 465 pp.
- Canfora, Luciano: El mundo de Atenas. Anagrama, Barcelona, 2014,514 pp.
- Cohen, Robert, Atenas, una democracia. Orbis, Barcelona, 1985, 211 pp.
- Fukuyama, Francis: Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento. Deusto, Barcelona, 2019, 206 pp.
- González, Santiago: Lágrimas social-demócratas: El desparrame sentimental del zapaterismo. La esfera de los libros, Madrid, 2011, 395 pp.
- Hughes, Robert: La cultura de la queja: Trifulcas norteamericanas. Anagrama,Barcelona, 2ª 2d, 2005, 222 pp.
- Johnson, Paul: Intelectuales. Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1998, 447 pp.
- Mossé, Claude: Las doctrinas políticas en Grecia. Barcelona, 1971, 127 pp.
- Ovejero Lucas, Félix: Contra Cromagnon: Nacionalismo, ciudadanía, democracia. Barcelona, Montesinos, 2006, 286 pp.
- Pinker, Steven: En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Paidós, Barcelona, 2018, 741 pp.
- Revel, Jean-François: El conocimiento inútil. http://tarija-digital.com/wp-content/uploads/2014/10/el-conocimiento-inutil.pdf, 237 pp.
- Revel, Jean-François: El renacimiento democrático. Plaza-Janés, Barcelona, 1992, 480 pp.
- Revel, Jean-François: La tentación totalitaria. Plaza-Janés, Barcelona, 1976, 259 pp.
- Rosanvallon, Pierre: El siglo del populismo: Historia, teoría, crítica. Galaxia-Gutemberg, Barcelona, 2020, 264 pp.
- Rousseau, Jean-Jacques: El Contrato social. Universidad Nacional Autónoma de México, 1984, 187 pp.
- Ruggiero, Guido de: Historia del liberalismo europeo. Madrid, 1944, 475 pp.
- Sartori, Giovanni: La democracia en treinta lecciones. Santillana, Madrid, 2009, 150 pp.
- Sartori, Giovanni:¿Qué es la democracia? Santillana, Madrid, 2007, 450 pp.
- Sebreli, Juan José: El malestar de la política, Sudamericana, Buenos Aires, 2012, 512 pp.